DIE NACHT DES LANGEN MESSERS!
Nuestra cita con el Dessafío siempre debe ser especial. Ya sea el barro, un calor sofocante o la noche, siempre hay un nuevo aliciente, algo que nos empuja a disfrutar de todo el esplendor de este recorrido, en cualquier circunstancia.
Ya en la Brevet 300 de Algete había disfrutado del amanecer y anochecer en bicicleta. En aquella ocasión el alba nos sorprendió a escasos 15 km de la salida y la noche se cernió sobre nosotros a 25 km de meta.
Esta vez fue distinto. Había que pasar toda la noche pedaleando, con la incertidumbre de no saber hasta que punto el cansancio, la falta de sueño, haría mella nuestros cuerpos. Hemos sido entrenados para este tipo de retos, pero aún así no todos lograron superarlo…
En 1934 el régimen nazi realizó una serie de asesinatos políticos para apoderarse de todas las estructuras socio-políticas del estado alemán. Hitler sentía la amenaza de la facción más militarizada de su partido, dirigida por Ernst Julius Röhm, cuyo infortunio le llevó a la cárcel, donde fue visitado por 2 oficiales de las SS que le entregaron una pistola cargada y le dieron 10 minutos para suicidarse. Al no oír ningún disparo, los oficiales entraron de nuevo en la celda y Röhm se hallaba en ella con el pecho descubierto y actitud desafiante y les dijo: “Si es a mí a quién queréis, aquí estoy. Pero si tengo que morir que sea Hitler en persona quien me mate”.
Veinticuatro valientes nos dimos cita en el paraje del Vadillo de Valdepeñas de Jaén. A las 21:21 horas del sábado 24 de Julio de 2010, según mi GPS, iniciamos un nuevo Dessafío, un nuevo hito para nuestra experiencia deportiva, nuevas sensaciones para nuestros sentidos.
Apenas tuve tiempo de ponerme el casco y cambiarme las zapatillas cuando el grupo delantero ya estaba afilando el cuchillo. Salí el último de Valdepeñas, junto con Milla. Jaime, Marchu y José nos esperaban en la primera verja del puerto de Navalayegua para cerrarla.
Veía en las siguientes curvas la cabeza del grupo, pero a ese ritmo infernal era imposible alcanzarles. Parecía que quisieran terminar el Dessafío con luz del mismo día. No tuve que encender las luces en esa ascensión, aprovechando hasta el último rayo de sol que me ofrecía el ocaso.
Siempre es difícil afrontar el Dessafío. Es una prueba que pone en jaque todos los sentidos y en esos momentos de flaqueza es cuando la cabeza debe funcionar con una mayor frialdad. Sin mirar atrás, asimilando cada nuevo reto superado, cada nuevo obstáculo superado y pensando en el siguiente objetivo.
El descenso de Navalayegua fue entretenido. Sobre todo cuando nos detuvimos todos para arreglar un pinchazo y sonó en el móvil de Rubén Montañés la música de “El Hombre y la Tierra”, mientras Gabino imitaba la voz de Félix Rodríguez de la Fuente. Tuvimos un nuevo percance, esta vez a causa de la cadena, al pasar el río Valdearazo, a unos cientos de metros del Cortijo de Prados, al que llegamos no sin dificultad. El manto nocturno nos cubrió desde lo alto de Navalayegua.
No creo que olvide la imagen, y estoy seguro que será recordada por muchos, de una procesión de luces en el descenso de Navalayegua.
Apenas llevábamos 20 km, pero ya habíamos superado el primer puerto de categoría especial y también el descenso del mismo, que nunca es fácil de noche. Era el momento de atacar el segundo puerto.
Acordamos reagruparnos de nuevo en la fuente de Alamillos. Intentamos que el grupo permaneciera unido en esos primeros kilómetros más llanos pero fue imposible. El grupo cabecero empezó de nuevo a afilar el cuchillo y yo me mantuve a rueda con el gancho. Rafa Ramírez intentó calmar un poco el ritmo pero fue imposible y me descolgué del grupo a pocos metros de la fuente de Alamillos. Mi tocayo Eduardo de la Peña Alcalaína se dio cuenta de que se había dejado la mochila en Cortijo Prados. ¡Demasiado ligero subía!
Nuestros ojos, negros como una noche sin estrellas, se perdían en la oscuridad y sumidos en la inmensidad de la noche, acompañados por la luz de la luna, ascendimos los últimos kilómetros de la Sierra del Trigo.
Apagué la luz en ese tramo y disfruté de todo el paisaje a la luz de la luna llena, mientras los hombres-lobo seguían con su particular ritmo infernal. Alcancé a Jaime y Juan Leonardo y realicé los últimos 2 kilómetros de ascensión junto a ellos por la carretera de los molinos.
Remigio no pudo seguir. El cansancio acumulado le pudo. Se subió al coche escoba y nos prestó su apoyo como conductor desde Frailes, relevando al alcalaíno incansable: Domingo. Nos prestaron un gran apoyo.
Había que sumirse en la zona más complicada del recorrido: Los Cortijos. Los más rezagados nos detuvimos para arreglar el pinchazo de Juan Leonardo y nos reunimos todos en uno de los tramos más complicados de ese recorrido en el que tuve que poner pie a tierra en dos ocasiones para salvaguardarme. De día no lo hubiera hecho mejor…
Abandonamos esa zona por una senda desconocida para mi, entroncando con el camino de zahorra blanca que termina en la Cruz de Los Rosales. Me resultó raro ver a Marchu bajar a mi altura. Él es hábil bajando y yo mediocre. Eran las 3:00 de la mañana al llegar a Frailes, mitad del recorrido.
Impresionante el ascenso del barranco de los Salograles en plena noche. Algunos decidieron abandonarnos en Santa Ana. Cambiaron la bici por una tapa de lomo en la fiesta del pueblo y algunos ciclistas más nos abandonaron tras el avituallamiento que realizamos en la Verónica al llegar a las inmediaciones de Alcalá la Real.
El sueño pudo con otros ciclistas que desde Alcalá regresaron por la carretera hasta Castillo de Locubín. También la enhorabuena para ellos porque no es nada fácil hacer 60 u 80 kilómetros bajo la luz de la luna y un manto estrellado.
Sólo los más sufridores decidimos seguir. Sólo quedábamos una decena de ciclistas.
Mi luz se apagó en un punto indeterminado entre Charilla y el Nacimiento del Río. Por suerte Remigio tenía otra batería en el coche que até al cuadro de la bici con una brida que me dio Rafa Román. Jaime decidió no mojarse en los badenes del río y se montó en el coche sólo para cruzarlos.
Nacimiento del Río. Sonó la alarma de mi reloj. Eran las 6:00 de la mañana. El amanecer llegaría pronto y nos ayudaría a afrontar los últimos 20 kilómetros rompepiernas hasta Valdepeñas, más sube que baja.
Remigio se quedó en Castillo y dos nuevos conductores, Rubén Montañés y José “Sastre” tomaron el relevo al mando del coche de Juan Leonardo. También Rafa Román dio por concluido su reto y se quedó en Castillo.
Sólo 7 ciclistas. Solos debíamos afrontar un nuevo obstáculo de esta prueba: La Camorra.
La Camorra no es uno de esos puertos “categoría especial” pero con 80 kilómetros en las piernas todo parece un mundo. Sufriendo en el grupo delantero me agarré al brazo de Jaime para hacer más llevadera mi ascensión. Era interminable. En ese punto recordaba las sabias palabras de Rafa Román: “Esta, como todas las cuestas, termina en lo alto”.
Recuerdo la sensación de ver amanecer encima de la bicicleta en la Brevet 300 de Algete. Pero es aún más espectacular cuando el alba es al final del recorrido. Sentir esos primeros rayos de luz abriéndose paso en el horizonte. Además pedaleábamos en dirección Valdepeñas, hacia el Este, por donde sale el Sol.
Pero el “lucero del alba”; un arma medieval una especie de maza rematada con una bola puntiaguda, actualmente denominado “tío del mazo”, se encontraba allí para rematarnos.
Marchu y Milla se quedaron atrás en La Camorra, víctimas del “del mazo”. Nos reagrupamos los supervivientes cerca del Puente Cama donde aproveché para tomarme un gel que llevaba en el maillot. Domingo engrasó la cadena de mi bici, completamente llena de polvo.
Nos acercábamos a Valdepeñas. Hice toda la ascensión al Río Grande con el grupo delantero, mientras Marchu y Milla seguían siendo víctimas del Lucero del Alba. Sabía que pronto me tocaría a mí. Me detuve en la carretera de acceso a Chircales para tomarme las últimas golosinas que llevaba en el maillot y me dispuse a afrontar la última rampa del recorrido, la que da paso al descenso hasta Valdepeñas. Era el momento de entregar la cuchara.
Lo que no pude hacer en el Dessafío de primavera, lo hice en el nocturno: subir hasta lo alto sin poner pie a tierra.
Un plácido descenso y un callejeo por las calles de Valdepeñas nos condujeron hasta el Vadillo donde los 7 valientes que terminamos nos felicitamos por nuestra victoria: Jaime, Marchu, Milla, Dani (Montefrío), Rafa Ramírez, Domingo Sánchez y yo (además de nuestros excelentes conductores Rubén Montañés y José “Sastre”).
Eduardo Soler Rosales
27 de Julio de 2010
P.S. ¿Qué tragamos más: polvo o churros?