ALEA IACTA EST – CRÓNICA DE LOS 101 RONDA 2011
No hay palabras para describir lo que empuja a más de 2.500 ciclistas, otros tantos duatletas y a 1.500 corredores a emprender una carrera de este tipo. Es una fecha marcada a fuego y sangre en el calendario, donde todo el mundo acepta su reto personal. Todos acuden en busca de algo, sólo por vivir ese instante de felicidad al cruzar la línea de meta, que dé por válido todo el sufrimiento antes y durante la carrera…
No hay lógica más que la necesidad de superarse, de afrontar nuevos retos o de revivir los ya logrados en compañía de otros sufridores. Como reza la vieja expresión latina: “Dulce maerenti, populus dolentum” (Mal de muchos, consuelo de tontos).
Es la tercera vez que participo en esta prueba. Recuerdo con exactitud mis dos participaciones anteriores. Esta vez, sin embargo, el recorrido era ligeramente distinto al principio y le habían añadido una subida entre la cuesta de la Ermita y el Cachondeo. Llegué a Ronda con cierta incertidumbre, sin saber si realmente el entrenamiento al que me estoy sometiendo sería garante de una buena carrera. Con la incertidumbre acerca del tiempo, si llovería o no, si habría barro en los caminos o no, si me caería o no,… Todas esas dudas se despejarían enseguida.
En el año 49 a.C. el río Rubicón marcaba la frontera entre las provincias de Roma y la Galia. Cruzarlo significaba enemistarse con el poder de la República de Roma e iniciar una guerra civil. Fue allí, atormentado por la duda, donde Julio César pronunció la frase: “Alea iacta est”, tomada la decisión de cruzar el río. La suerte estaba echada y que sea lo que Dios quiera.
Nos colocamos en el cajón de salida, el tercio “legionario” venido desde la Sierra Sur. La lluvia fina hizo acto de presencia durante la tensa espera de 45 minutos antes de que el comandante en jefe tras los gritos de: ¡Viva España! ¡Viva el Rey! y ¡Viva la Legión! diera orden a los ciclistas para emprender la marcha.
Las perspectivas meteorológicas no eran muy buenas viendo los nubarrones que teníamos encima. Habría que sufrir. Sería un día duro pero no más que otras veces. El tiempo en la salida se parecía al que sufrimos en 2008. Por suerte y para gozo y disfrute de los allí congregados tras los primeros kilómetros el tiempo mejoró y no llovió en toda la ruta. Me quité el chubasquero en la parada tras el recorrido neutralizado y no tuve que echar mano de él en toda la ruta.
Empezaba la carrera. Primeros kilómetros muy tensos con multitud de tapones que no permitían lleva un ritmo muy vivo. Se me escaparon Manuel Cabrera, Nono y Jorge ‘Formentera’ del grupo que salimos juntos, pero no me preocupaba, sabía que esa no era mi carrera.
Intentaba sortear los tapones de los primeros kilómetros como pudiera, avanzando por la cuneta, por el margen más abruto del camino o por el centro de los charcos. Me sentía con fuerza y quería quitarme el “atasco” para rebajar el tiempo de hace dos años.
Casi sin darme cuenta ya estaba en Arriate, donde empezaba la fiesta. Alcancé a José Ramón y a Moisés nada más empezar el primer puerto (Vértice Salinas) y ascendí con desarrollo fácil hasta lo alto sin tener que bajarme de la bici. El camino estaba en mejores condiciones que hace 2 años, pero aún así había que ir pidiendo paso para no formar una montonera. Fue un momento de tensión. Había que mantener la cabeza fría, no malgastando fuerzas inútilmente en este puerto, pero a la misma vez era una buena oportunidad para evitar atascos posteriormente. Subí más con la cabeza que con las piernas.
Este año, el control de paso se situaba en lo alto del Vértice Salinas y fue allí donde me encontré con Milla, Valderas y Félix. Sólo fue un instante. Evidentemente, el descenso es su especialidad y aparte de que soy un negado para el descenso quería volver entero a mi casa. Todavía tengo la cicatriz que me hice hace dos años en los 101 y no creo que desaparezca en la vida.
En el tramo llano, vi a Félix desmontado de la bici volviendo hacia atrás a por el dorsal que se le había caído. Me sentía pletórico llaneando y subiendo y sufría bajando. Sobre todo por ese terreno quebrado antes de llegar a Setenil de las Bodegas, cruzando zonas de arena donde la bici se clavaba, charcos y descensos entre piedras imposibles, que poco a poco también se hacen.
También rampas imposibles, como la que hay tras cruzar Alcalá del Valle. Un cuestarrón hormigonado que parecía sumir a los ciclistas en la peor de sus pesadillas. Pidiendo paso en el tramo final conseguí superarlo entero.
La entrada en Setenil: espectacular, como hace dos años. Por las cuevas llenas de bares y gente animando. Llegué al avituallamiento con la intención de no parar mucho, así que rellené el bote de agua, me comí medio sanwich y el otro medio tuve que comérmelo ya montado en la bici porque un legionario me ordenó retirar la bici del suelo. Cuando yo salía entraban Valderas y Félix y me pillaron con el sanwich en la boca.
Llegaba el momento de la verdad. En 2008 empezaron a darme calambres justo después de pasar el avituallamiento de Setenil, pero en esta ocasión las fuerzas me acompañaban. Quedaba la mitad de la prueba y lo más duro pero era el momento. Esa es de las subidas que me gustan, subiendo poco a poco, con muchos kilómetros por delante. La sangre hervía en mi interior, había llegado de poner un puntito más de velocidad de arañar más segundos en cada kilómetro para batir la marca de 2009. Por lo pronto ya había llegado media hora antes a Setenil (pero no es comparable porque había 5 kilómetros más en los dos años anteriores).
Sólo tuve que pararme en esa ascensión en un charco enorme que había en medio del camino donde se quedó bloqueado un todoterreno de la Legión.
“La fortuna sonríe a los osados”. Descabalgado de mi burra por una margen, pisando barro, junto con otros ciclistas que se quedaron a ver atónitos como cruzaba el coche de la Legión, conseguí superar ese nuevo escollo en el camino. Eso si, tuve barro y arena en los pies, calcetines y zapatillas durante el resto de la ruta. Un mal menor.
Kilómetro 66. Un nuevo punto de inflexión. ¿Por qué siempre en ese kilómetro? (Leed la crónica de 2009). Alcancé a Jorge ‘Formentera’, desfondado. Pero igual que en el Vértice Salinas, en apenas unos cientos de metros empezaba el descenso, terreno mucho más favorable para él.
Iniciado el descenso, tras unos escasos kilómetros había una ascensión hasta el punto más alto de la ruta (915 metros) y le digo a Jorge: “¡Esto no estaba en el contrato!”.
A partir de aquí, una serie de descensos espectaculares/peligrosos por vereda y algunos tramos de vereda divertidos (los que se subían, porque no me los imagino bajando) que conseguí superar montado en la bici.
Poco antes de llegar a la vía del tren, a la que se accedía (¡¿Cómo no?!) por una subida infernal, alcancé definitivamente a Jorge, al que no vi hasta que llegó a la línea de meta.
La entrada al cuartel fue espectacular. No fue como en los dos años anteriores en los cuales los calambres ya habían hecho acto de presencia. Este año mis músculos estaban frescos. Había bebido suficiente agua, me había alimentado bien y no había malgastado fuerzas inútilmente y sentí que podía vencer a la temida y temible cuesta de la Ermita. Por lo menos valía la pena intentarlo.
Me alcanzó Antonio en la carretera que daba acceso a la cuesta de la Ermita y empezamos juntos a subir. Esa subida es sin duda la que separa a los ciclistas que van bien de los que van mal, es como si terminado el asfalto las puertas del infierno de Dante se abrieran ante nosotros diciendo: “Abandonad toda esperanza los que entréis aquí.”
Me entrené el jueves anterior a la carrera en la Camuña, subiendo por la vereda hasta las antenas y luego bajando por el mismo sitio y logré realizar la ascensión casi entera. Fue un entrenamiento específico para poder subir la Ermita y mereció la pena el esfuerzo.
Subí la primera parte de la Ermita junto con Antonio, pero en la segunda parte me dijo que si estaba fuerte que tirara que él ya no podía más. La segunda parte es un caos. Tuve que ir pidiendo paso a izquierda y derecha, con las pulsaciones a tope pero a buen ritmo, para poder ascender por la trazada buena. Uno de los ciclistas al que rebasé me dio un empujón que casi me saca del carril. Suerte que corregí rápidamente la dirección y seguí pedaleando intensamente para no perder ritmo. En ese tramo, sabía a ciencia cierta que pararse era asumir que el resto de la ascensión debería realizarla a pié. Todos los ciclistas que ascendían desmontados me animaban a seguir y poco a poco los metros se hacían más cortos hasta llegar a la zona más llana que hay en lo alto. Lo había conseguido. Me imagino a mi mismo en 2008 o en 2009, donde esa ascensión hubiese sido una utopía, ahora era una sólida realidad.
El descenso por el empedrado romano desde la Ermita fue una tortura, con esas curvas cerradas y fue muy plácido el descenso por la carretera. Me paré en la cuba para rellenar el bote y rápidamente seguí. No había un minuto que perder. Estaba luchando contra el reloj y por el momento estaba ganando, pero la Serranía de Ronda, con su singular belleza, también escondía la maldad de un puerto infame (novedad en 2011) para terminar de rematar a quienes no llegaran rezando a la Ermita.
No había que ponerse nervioso. Es una subida más técnica (en realidad son dos subidas consecutivas) que la de la Ermita pero salvo alguna rampa que otra en la que me resbaló la rueda tras pasar por los arroyos conseguí subirla entera. Fue una procesión de ciclistas, del mismo modo que en la Ermita, intentando encontrar la trazada buena y pidiendo paso.
No podía faltar la caída reglamentaria. En el descenso entre una subida y otra, en la última zona complicada de barro, se me quedó clavada la bicicleta y terminé la ruta con todo el lado izquierdo rebozado en barro. Eso no me iba a detener, todo lo contrario, inicié con más energía si cabe la segunda subida.
En menos de 10 kilómetros estaría disfrutando de una merecida comida en la Alameda del Tajo. Pero 10 kilómetros en los 101 de Ronda son muchos kilómetros. Quedaba el Cachondeo.
Tenía una deuda pendiente con esa subida. Un empedrado romano, terrible. Una ascensión penosa en la que se vislumbra claramente la meta sin poder alcanzarla. Una subida que me obligó a apearme de la bici en 2008 y 2009, con tramos del 20%. Sólo apta para mentes preparadas. Este año tenía que intentar subirla montado.
Empecé a buen ritmo con el molinillo, ya no valía escatimar fuerzas. Subiendo y adelantando a auténticos cadáveres desmontados de sus bicicletas; <<Ese era yo en ediciones anteriores>> - pensé -. No miré hacia arriba, sólo estaba concentrado en superar la siguiente curva. En seguir pedaleando, en robarle un metro más a la carrera con cada pedalada hasta entrar triunfante en Ronda.
Hasta me permití bromear con un aficionado en la zona que deja atrás el empedrado para iniciar el asfalto diciéndole:
- ¿Aquí donde se retira uno?
- En un kilómetro y medio se puede usted retirar
Y por fin Ronda. Me había desfondado y me pasaron 2 ciclistas ya en el asfalto de las calles de Ronda, pero eso no impidió que tras pasar el puente esprintara y alzase los brazos para deleite del público y tras entrar en la Alameda del Tajo los volviese a alzar.
Al final 6 horas 32 minutos y 15 segundos, 45 minutos menos que en 2009 y 2 horas y 10 minutos mejor que en 2008, siendo esta edición más dura que las dos anteriores.
Y, como no, felicitar a nuestro compañero y amigo Domingo Sánchez Gallardo por su meritoria victoria en su categoría y no menos importante su tercer puesto en la clasificación general; que nos enseña que el valor, el sufrimiento, el esfuerzo diario y la humildad son el mejor doping que existe y encima… ¡No da positivo!
“Quien asciende las montañas más altas se ríe de todas las tragedias. Reales o fingidas”
Eduardo Soler Rosales
Castillo de Locubín, 13 de Mayo de 2011