ORO PARECE, PLATA ES – CRÓNICA DE MI TERCERA QH
Afrontar una nueva QH siempre es un reto. No es posible la comparación entre una y otra. Cada QH es un mundo distinto, una experiencia nueva. Un poco más de magia, un poco más de esa energía simple y a la vez compleja que permite a 10.000 ciclistas afrontarla con garantías de éxito. Sin duda quien no haya vivido esta marcha, quien no haya sentido el ánimo del público, quien no haya sufrido subiendo (y bajando) cuatro puertos de esta categoría, no puede ni llegar a imaginarse la grandeza de este evento…
Era consciente del reto al que debía enfrentarme, y este año no estaba dispuesto a conformarme con el bronce.
Llegué a Sabiñánigo sobre las 12:30 del viernes y llamé a Javier. Era nuestro contacto para acceder a la casa rural donde nos alojaríamos. Me puse en marcha rápidamente para llegar a Orós Alto, donde había quedado con Javier. En la espera me encontré con 3 ciclistas del club Amigos de la Bicicleta de los Villares. ¡El mundo es un pañuelo!
Javier no tardó mucho en llegar y nos dirigimos al pueblo de al lado, Orós Bajo, donde estaba nuestro “hotel de concentración”. Nos instalamos y a Sabiñánigo que es la hora de comer.
Elegimos el bar más “cutre” para el ágape, aunque al final logramos comer unos macarrones con tomate y atún (escasos en atún, todo hay que decirlo) y unos filetes de pechuga de pollo con patatas medianamente decentes.
Sólo nos faltaba comprar algunos víveres para el desayuno y recoger nuestros dorsales para la carrera. Un breve paseo por la feria de muestras y regresamos a la casa rural.
Hasta allí se acercó Jesús Núñez, mientras Javier y yo estábamos relajados en el sofá leyendo las revistas que nos regalan en la bolsa de la QH. En una de ellas aparece Pablo Carrascón, que se alojaría con nosotros.
Salimos a dar un paseo para hacer tiempo antes de la cena que como dice el viejo refrán: “La comida descansada y la cena paseada”. Al regresar, nos encontramos a Juan, Jaime y Diego en la terraza del restaurante. Lo pasamos bien. Cenamos en condiciones (no como los macarrones insulsos del mediodía) y esperamos a los otros tres componentes del Pakefte (José Manuel, David y Pablo). Llegarían pasadas las 23:30 y les preparamos un plato de pasta para cenar. Una menos cuarto de la noche. A dormir, mañana será un día duro. Toque de diana a las 5:30.
Día de la carrera. 5:30 de la mañana. Suena la alarma de mi reloj. Es la historia de siempre. Desayuno de pasta y leche con cereales y a las 6:30 Javier y yo nos hallábamos en el cruce de la carretera donde habíamos quedado con Jesús Núñez para ir a la salida en bicicleta. En mis dos participaciones anteriores siempre había cogido el coche hasta Sabiñánigo, pero esta vez fue distinto, cubriendo fácilmente los algo más de 10 kilómetros que separaban la casa rural de la salida de la prueba.
Allí me encontraba de nuevo, junto con Javier y Jesús, para enfrentarme a mi destino. De pronto me vienen a la mente los versos del himno del Mundial de Alemania’06, era como una sintonía que no paraba de repetir mentalmente:
Hoy es el día,
Es la ocasión de triunfar,
Para hacer realidad el destino que soñábamos conseguir,
Una vida de lucha nos trajo hasta aquí,
Y llegaré hasta el final…
Y era el momento de recordar cada instante de sufrimiento del año pasado, cada gota de lluvia, cada pedalada por el frío y angosto descenso del Somport, cada palabra silenciosa no pronunciada en el Marie Blanque, cada ciclista desfallecido en el eterno Portalet y cada hombre sonriente a la salida del Sol en la cima de la Hoz de Jaca, conocedor de su victoria frente a las adversidades.
Pistoletazo de salida a las 7:30. La espera en esta ocasión, además de más corta, no fue tan tensa como en ediciones anteriores y sin pensarlo ya estaba cruzando el arco de salida. He aquí la QH.
Jesús y Javier se me escaparon nada más empezar, pero sabía que no debía forzar. Esa no era mi carrera en ese momento. Tenía muy claro mi objetivo, bajar de 8:55 y asegurarme la presea de plata.
Todo parecía ir en contra. Antes de llegar a Jaca, se me sale la cadena cuando estaba rodando en un pelotón. Levanté el brazo indicando que me iba a parar cuando alguno por detrás me dice: “¡No te pares! ¡No te pares!”. Al final tuve que apartarme para dejar que todo el pelotón pasará y recolocar la cadena. A pesar de eso pude hacer cerca de 33 kilómetros la primera hora de carrera, superando los 30 que hice en la edición anterior y los 29 que hice en 2009. En ese momento no fui consciente pero ya le había recortado 5 minutos al cronómetro.
Antes de llegar a la estación de Canfranc, justo por detrás de mí hubo una caída. Un grupo que venía rodando a toda velocidad se llevó por delante literalmente al ciclista que seguía mi estela.
Al mismo tiempo un voluntario de la organización anunciaba: “¡Niebla y lluvia en Francia! ¡Niebla y lluvia en Francia!”. Mis peores pesadillas, mis sueños más amargos y crueles me vinieron a la mente. En ese momento recordé perfectamente el infierno de 2010, y temía que mi decisión de elegir el chaleco cortavientos versus el chubasquero hubiese sido correcta.
La niebla comenzaba a intuirse en la vertiente española del Somport cuando me encontré con un ciclista de Doña Mencía que llevaba el chaleco del Dessafío. Curiosamente el mismo ciclista me reconoció en la meta. Si algún día lees estas líneas, un saludo.
Tenía pensado no parar en la cima del Somport pero mis necesidades fisiológicas me lo impidieron. Además tenía que ponerme el cortavientos y unas hojas de periódico que me habían dado.
El descenso entre la niebla no fue especialmente frío este año. Había niebla, como siempre y empezó a llover tan finamente que el agua no mojaba. Es como cuando en los invernaderos se aplica la técnica de la nebulización del agua (microgotas que hidratan las hojas o frutos pero que no permiten el desarrollo de hongos). Si el año pasado la situación era verdaderamente dantesca, este año me sentía como Virgilio, el poeta que guió a Dante a través del infierno. Incluso el Sol salió tímidamente de entre las nubes durante un leve espacio de tiempo en algo inaudito en este descenso.
Disfruté de ese descenso rodando a gran velocidad y en poco más de 3:15:00 ya estaba en Escot, al pie del Marie Blanque.
El Marie Blanque, el puerto más duro de la QH. De nuevo la historia se repite. Un estruendoso silencio inunda las rampas del puerto, sólo quebrado por el pedaleo al unísono de cientos de ciclistas.
Algún deportista pregunta: “¿Han alargado el último kilómetro?” <<Parece no llegar nunca>> Pensé para mis adentros. Otros al ver el cartel de 2 kilómetros para la cima advierten: “Sólo falta un kilómetro. El último no cuenta”. <<Craso error>>
Un aficionado animaba a 50 metros de la cima. Allí, avituallamiento improvisado en el que me tomé un dulce y rellené el bote de agua. Es de agradecer que haya grupos de aficionados que monten avituallamientos en plena montaña. Unos metros más adelante un hombre vestido de diablo: “¡Como en el Tour de Francia!”
Iniciado el descenso, una serie de curvas cerradas, de las que a mí no me gustan y el paso por encima de unas rejillas (que tampoco me gustan) me acercaron a la alfombrilla: 4:13:26. La mejora respecto al año pasado era notable (unos 20 minutos), pero me obligó a sacar la calculadora.
Había leído en algunos foros que doblando el tiempo del Marie Blanque se podía obtener una aproximación al tiempo final de la QH. Si mi objetivo era 8:55, el tiempo en el Marie Blanque me dejaba entorno a 30 minutos de margen. Era el momento de soñar con la ansiada presea de plata. Empresa que no iba a ser fácil ni mucho menos, quedaba el Portalet y la Hoz de Jaca. Un puerto terriblemente largo y uno corto pero intenso.
Realicé todo el descenso hasta Laruns, pie del Portalet, metido en un grupo. En ocasiones era yo el que lo comandaba, rodando a velocidades mayores a los 40 km/h. Hasta los gendarmes animaban al paso por las distintas rotondas que hay camino de Laruns. Y en todos los cruces, ya sea incluso una pista forestal asfaltada, había un miembro de la organización o un gendarme.
Quizás esta QH no quede en la memoria colectiva. Quizás dentro de unos años nadie se recuerde subiendo el Portalet. Pero para mí, este año he saldado una pequeña cuenta con la QH, me he reconciliado con este eterno puerto. En 2009 fue una pesadilla que duró casi dos horas y media, en 2010 una venganza de dimensiones bíblicas, pero este año con viento a favor, la historia debía ser diferente…
Me paré nada más empezar el puerto a tomarme un Red Bull y quitarme el cortavientos y vi como me pasaba Jesús Núñez. No sé exactamente dónde lo adelanté. Salió escopeteado en la salida junto a Javier y de repente resulta que rodaba por detrás de mí.
Compartimos algunos kilómetros. Se me salió la cadena por segunda vez y tuve que parar a recolocarla. De nuevo parecía que el puerto deseaba que me quedara allí atrapado, sin poder mirar hacia adelante y olvidando el más inmediato pasado. Rodé con un puntito más hasta colocarme de nuevo a la altura de Jesús, al que comenté mi situación. Llevaba 5 horas pedaleando, me quedaban escasas 4 horas para mi meta; 8:55. Jesús me dijo: “Dos horas para subir Portalet y 1:30 desde lo alto hasta meta”.
Según los cálculos de Jesús me quedaban 3 horas y media para llegar a meta. A sacar la calculadora de nuevo: 5 horas que llevaba + 3:30 = 8:30 (Me valía para la plata).
Me sentí con fuerzas. El Portalet es el puerto que marca las diferencias, donde se define el color del metal de cada QH. Empecé a tirar y a pasar gente, pero no a ciclistas desangelados tirados en la cuneta, ni con un pajarón terrible, sino deportistas que parecían estar haciendo (también) la QH de su vida. Tenía marcado claro el objetivo: Parar en el avituallamiento a 9 km de la cima del Portalet. No había comido, salvo alguna que otra barrita, desde el Marie Blanque y lo necesitaba.
Mientras un voluntario me sostenía la bicicleta “trinqué” un par de sanwhiches de jamón york, una naranja (a cascos) y rellené el bote de agua. Además cogí un par de barritas que reservé para más tarde.
A pocos kilómetros tras el avituallamiento había un puesto de avituallamiento líquido donde me tomé un vaso de acuarius sin bajarme de la bicicleta. Y proseguí mi ascenso.
No me pareció un puerto tan terrible como en las ediciones anteriores y sin pensarlo, y por supuesto sin creérmelo, ya sólo me quedaban los últimos 4 kilómetros. Me encontré allí a un ciclista residente en Badalona, pero que es de Palau de Plegamans. Cuando me dijo eso le contesté: “Vengo desde Jaén, pero la semana pasada estuve de vacaciones en Barcelona y el sábado pasado hice la ruta: Sabadell-Palau de Plegamans-Caldes de Montbui-Sant Feliu de Codines-Moià-Navarcles-Coll d’Estenalles-Matadepera-Sabadell”. Estuvimos comentando la dureza del Coll d’Estenalles, un puerto tremendamente parecido al Portalet, en longitud y dureza.
Un kilómetro pasó hasta que me dijo que tirara que él ya no podía más. A dos kilómetros para la cima un niño me dio una onza de chocolate que me comí pero no me supo a nada y a pocos metros unos vascos con una barbacoa (no eran los mismos del año pasado, ¡Demasiada casualidad!): “¡Quiero una chuleta!” –les grité-
Y entré en el pasillo de la gloria. Como en las grandes vueltas ciclistas, el último kilómetro estaba abarrotado de público que te animaba. No fue como el año pasado. En 2010, debido a la lluvia, no pude sentir como el calor de la gente te empujaba, pero sí en 2009. No recordaba esa sensación maravillosa de pedalear flotando en una nube, rodeado por miles de aficionados.
Cuando vi el cuentakilómetros en lo alto no podía creérmelo: 6:44:45. Pensé que la plata no podía escaparse salvo hecatombe y el oro andaría cerca, muy cerca.
Ya sólo me quedaba un puerto por superar: Hoz de Jaca. Sólo 2 kilómetros de ascensión y la QH sería un maravilloso sueño.
Me lancé a tumba abierta en el descenso y no paré en el avituallamiento que hay al bajar el Portalet, en un intento de arañar segundos al cronómetro. Es una bajada rapidísima con viento a favor que se hace realmente corta y en poco tiempo ya estaba en el cruce en dirección Hoz de Jaca.
Ya no debía parar. Subí como pude el puerto. Me bajé el cortavientos y el maillot, metí todo el desarrollo y para arriba. No pensaba en nada más que en la cima de la Hoz de Jaca. Un montón de público animando y avituallamiento, con fiesta incluida en la cima del puerto. Rellené el bote de agua, me abroche el cortavientos y el maillot y me subí los manguitos. Próximo destino: Sabiñánigo. Empezaba la cuenta atrás.
Un descenso espectacular me acercó a la alfombrilla de la Hoz de Jaca. Un tiempo de: 7:33:50. El oro se me estaba escapando, pero no importaba.
En el descenso hasta Sabiñánigo el viento racheado y en contra era un enemigo hostil que impedía que se formaran grupos compactos en esos kilómetros finales.
La carretera es cruel con los ciclistas. Me metí en un grupo que rodaba por delante pero iban tan lentos que fui yo el que acabó tirando. Al poco tiempo nos alcanzó un grupo que venía por detrás a toda pastilla y se llevó por delante (¡De nuevo!) al ciclista que iba por detrás de mí. Por suerte no hubo consecuencias catastróficas pero eso demuestra que una marcha no termina hasta que se cruza la línea de meta.
Rodé solo hasta que se puso a mi rueda un vasco, con más cuerpo de rodador que yo, pero que iba tan fundido que no me dio un solo relevo. A sufrir hasta el mismísimo final.
De repente el viento cambió y empezó a soplar a favor. Había entrado en la carretera paralela a la línea de meta. La recta de meta fue un suplicio con el aire de nuevo en contra pero eso no impidió que a escasos metros de la alfombrilla levantara los brazos. Lo había logrado. En mi tercera QH había logrado por fin la presea de PLATA. 8 horas 13 minutos de sufrimiento y 1 segundo para disfrutar de toda la prueba y todos los entrenamientos en los meses previos (8:13:01)
Se cumplieron las “videncias” que Jesús me manifestó en el pié del Portalet: “Dos horas aquí y 1:30 desde lo alto hasta meta”. Tardé 1:56:00 en el Portalet y 1:28:00 desde el Portalet hasta meta.
Recuerdo mis inicios en el mundo del ciclismo. Creía que ascender 4 puertos de esa magnitud estaba reservado para deportistas de altísima capacidad, que era imposible que el hombre de a pie pudiera siquiera imaginarse las sensaciones que se experimentan. Pero en mis tres QH me he dado cuenta de lo contrario. Disfrutamos con lo que hacemos y cada día nos ponemos retos un poco más exigentes. Ahora sé que puedo alcanzar la medalla de oro, es mi nuevo reto.
El ciclismo es un deporte duro, durísimo, pero muy agradecido. Y sólo espero pronunciar en la próxima edición como en ésta, la única palabra que hay grabada en el pedestal de la Victoria Alada de Samotracia:
Nike
Eduardo Soler Rosales
25 de Junio de 2011