En este artículo vamos a resumir todas las participaciones de Ciclocubín y la Peña Ciclista Alcalaína en diversas pruebas cicloturistas y competiciones durante el año 2008, en forma de crónicas de los participantes que acudieron a ellas.
Prueba/Marcha:
- Ascenso a Peña Escrita 2008 (Almuñécar), por Antonio González.
- Maratón BTT EL Ejido, 6 de Abril de 2008, El Ejido (Almería), por Manuel Cabrera
- Vía verde del tren del Aceite, Lucena, Abril de 2008, por Antoine González
- 101 kms de Ronda, por José Antonio Fuentes.
- 101 kms de Ronda, por José Antonio Jiménez
- 101 kms de Ronda, por Eduardo Soler
- Lagos de Covadonga 2008, por José Antonio Jiménez
- Subida al Santuario de la Virgen de la Sierra, Cabra, Mayo de 2008, por Antoine González
- Marcha Cicloturista de la Vía Verde del Tren del Aceite, Jaén, Mayo de 2008, por Antoine González
- Marcha Cicloturista de la Vía Verde del Tren del Aceite, Jaén, Mayo de 2008, por Eduardo Soler
- VI Ascenso a la Pandera, 1 de Junio de 2008, por Antoine González
- VI Ascenso a la Pandera, 1 de Junio de 2008, por Eduardo Soler Rosales
- Marcha Cicloturista Alcaudete, 8 de Junio de 2008, por Antoine González
- Marcha Cicloturista Alcaudete, 8 de Junio de 2008, por Eduardo Soler
- Quebrantahuesos 2008, por Paco Arjona
- Quebrantahuesos 2008, por José Antonio Jiménez
- Ruta de la Axarquía 2008, por Antoine González
- Subida al Pico Veleta 2008, por Antoine González
- Subida al Pico Veleta 2008, por Eduardo Soler
- III Intento del Dessafío, Julio de 2008, por Eduardo Soler
- Marcha Cicloturista Doña Mencía 2008, por Eduardo Soler
- Marcha Cicloturista Domingo Pérez 2008, por Eduardo Soler
- Marcha Cicloturista BTT Sierra Mágina, por Antoine González
- Bercho Bike 2008, por Eduardo Soler
PRUEBA: ASCENSO A PEÑA ESCRITA 2008 (Almuñécar)
AUTOR: Antonio González
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CRÓNICA:
El ascenso a Peña Escrita es uno de esos eventos anuales que destacan en el mundo del cicloturismo y sirven de termómetro para medir la temperatura de la temporada. El recorrido, de tan solo 18 kilómetros, no puede exigir más sufrimiento, ya que se asciende desde el paseo marítimo de Almuñécar hasta coronar los 1200 metros, atravesando verdaderos toboganes con una inclinación media del 25% al 28 %. Hoy por hoy se considera el segundo puerto más duro de España.
La peña ciclista alcalaína, muy fuerte tras su refundación, tomó parte en esta subida con seis destacados miembros que exhibían su nueva indumentaria, orgullosamente alcalaína.
El recorrido podría hacerse con la "flaca" perfectamente, aunque en los últimos 5 km convendría tener un desarrollo de 38x29 y estar muy en forma, además de haber entrenado mucho en este mismo circuito, como lo hacen los ciclistas de Almuñécar. No obstante, la prueba debe hacerse con btt porque en el comienzo se recorre el cauce de un río donde hay arroyos, piedras, zarzas y tras un tramo de carretera, un carril largo y estrecho, cuesta arriba muy pronunciada, con bastante desnivel, que rodea una plantación de frutales de la costa tropical: la famosa cuesta de los chirimoyos. Tuve la experiencia de llevar el año pasado cubiertas lisas y derrapaba la rueda trasera y la delantera no agarraba bien. Además, no pude levantarme del sillín.
Una breve línea horizontal hasta llegar a la carretera, con una subida progresiva, es la antesala de las rampas de subida de una montaña rusa construida con rocas y tierra, un carril sinuoso rompepiernas, espina dorsal de la montaña, muy por encima de la playa de la Herradura, aunque jamás el impulso de las bajadas alcanza para llegar a las subidas. En este punto hay que mantener un duro pedaleo y bajar al plato mediano.
Entramos de nuevo en trayecto asfaltado y poco a poco el terreno se va haciendo más duro. Los que ya conocen el circuito intentan desanimarte señalándote con el dedo allá a lo lejos, muy alto, apenas visible, la meta, lejano punto perdido entre grises líneas de altas montañas. Mientras se empieza a subir lentamente, para hacer frente a este reto, de vez en cuando hacer alguna que otra foto y hará más amena la ruta y eso hace posible ir olvidando la ingente dificultad y titánico esfuerzo para las piernas. Las líneas quebradas de la carretera llevan de rampas impensables a bajadas vertiginosas.
Es uno de esos momentos en los que el ciclista aficionado piensa en una corona con más dientes de las que los profesionales sí pueden tener. En el ciclismo profesional hay muchos medios y posibilidades para adaptarse a todos los terrenos. También existe en el ciclismo profesional lo que tristemente está acabando con las aficiones, el maldito dopaje. En este deporte, la diferencia entre los profesionales y los aficionados es, muchas veces, inexistente, salvo en los medios técnicos y en las salvajadas que muchos les hacen a sus cuerpos con las transfusiones y los fármacos.
En adelante la subida es continua y más penosa, con zonas escasas en las que se puede bajar de la bicicleta y donde muchos compañeros se van quedando para continuar la subida a pie. Es la verdadera criba de la subida a Peña Escrita. El zoo que se deja a la izquierda pone la pincelada amable, con las miradas de los animales que nos hacen de espectadores.
Por fin, a 1200 metros de altitud y tras 18 kilómetros de sacrificio, nos saluda la meta con el gran honor de los 6 alcalaínos de pertenecer al grupo de corredores que han aguantado la subida, miradas cómplices, sea cual sea la posición que se haya obtenido.
Antonio González Martínez.
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PRUEBA: Maratón BTT El Ejido, 6 de Abril de 2008, Almería.
AUTOR: Manuel Cabrera
CRÓNICA:
Hoy he realizado la maratón de El Ejido (78 Km. con un desnivel acumulado de 2280 m). Una subida desde cota 140m hasta 1540m de 25 Km., muy exigente dadas las fuertes rampas del principio y del final.
7:45 toca la alarma del móvil, llegó la hora, aunque esta noche he dormido poco, ¿serán los nervios?...
Ya esta todo casi preparado, me visto, reviso de nuevo el material, (zapatillas, guantes, barritas, gel, camelback, etc...). Parece que esta todo. Desayuno un vaso de leche con colacao, no tengo mucha hambre, así que cojo un plátano y una manzana para la espera hasta que den la salida.
8:20 Bajo al garaje, cargo la bici y las bolsas con todo lo demás. Vamos, que nos vamos!!!
9:00 Estoy en El Ejido, parece que la cosa esta tranquila y eso que a las 9:30 se termina la recogida de dorsales. Me pongo en cola para recoger el mío. Vaya lío, hay dos colas una para los federados y otra para los no federados, pero nadie lo avisa por lo que todos vamos por el mismo sitio...
9:30 Ya tengo mi dorsal, el 70!! A ver si me da suerte. Me voy para el coche, me visto, como la fruta que traía y me pongo cremita en las piernas para no quemarme (con las prisas se me olvida en los brazos)..., parece que va a dar el lorenzo de lo lindo hoy.
10:00 Arranca la prueba, son puntuales. Salida neutralizada por las calles de El Ejido, así hasta el Km. 12 más o menos.
Empieza la subida, para abrir boca una subida de 2 o 3 Km. más o menos con unas rampas del 17% y en algún tramo del 21%. Subo bien, mantengo mi ritmo y voy cogiendo a otros corredores, aunque no me animo ya que hay que reservar fuerzas, esto acaba de comenzar.
Llego al primer avituallamiento Km. 17 o así. La cosa marcha, como, bebo y a seguir para no perder el ritmo. Vamos a por el segundo tramo, es una subida de 20 Km. y aunque no hay mucha rampa, con el calor y el viento se puede hacer interminable.
Cojo un ritmo bueno de subida, parece que voy cómodo con este ritmo, voy capturando a algunos corredores, reservo fuerzas por que aun quedan muchos Km. por delante, me acoplo con un grupete que lleva un ritmo como el mío. Vamos cogiendo a otros corredores, unos se agregan y el grupo se rompe, me voy en cabeza a ver que tal, si veo que el ritmo es muy alto los dejo y sigo al mío.
Pasan los minutos y siento que estoy subiendo muy cómodo, más de lo que yo me esperaba. Esto funciona, aunque no quiero hacerme "pajas mentales", queda mucho y la bajada a mi me penaliza mucho, hay que reservar fuerzas.
Transcurrida una hora y media llego al segundo avituallamiento, he mejorado el tiempo de subida del año pasado, además en mas de una hora, puff, no me lo puedo creer. Aunque este dato me hace pensar que también he gastado mucha mas energía de la que debería en este tramo.. Veremos a ver como va la bajada.
2º avituallamiento, como, bebo (hace mucha calor y estoy sudando a toda pastilla, hay que hidratarse bien). No pierdo mucho el tiempo para no enfriarme ya que aun queda mas subida hasta cojer el sendero de bajada.
Llego hasta el inicio del sendero, hay que superar un tramo muy malo con mucha chorrera, piedra suelta, hasta llegar a este punto. Encima hay un cuestarron del infierno. Menos mal que esto ya lo conocía del año pasado.
Empieza la bajada, tiran todos los que van conmigo delante yo me quedo el último. El sendero es estrecho, alguna que otra piedra suelta, escaloncito, muy resbaladizo en sus primeros metros por la tierra levantada debido al paso de los participantes que van delante. Voy despacio, con mucha precaución, más o menos recuerdo del año pasado donde están los puntos críticos. Termina el primer tramo de sendero unos 6 o 7km, me he bajado un par de veces, ya que no lo he visto muy claro.
Enlazo con otro sendero hay un pequeño repecho, me dispongo a subirlo. NOOOOO, siento el inicio de un calambre en el femoral de la pierna izq., mierda no puede ser, a mitad de la bajada... Efectivamente, la subida a pasado factura. Me paro junto con otro biker que tiene los mismos problemas que yo, le ayudo a estirar y estiro yo también. Parece que se va desapareciendo el aviso... Continúo la bajada con mucho cuidado pero es imposible, exige mucha fuerza en las piernas y brazos, empiezan los pensamientos de no poder completar la prueba.
Llego a malas penas al 3er avituallamiento, hay una rampa hasta el, que he tenido que hacer a pie, el calambre estaba dando avisos continuamente.
Estiro, bebo, como y estiro de nuevo. Continuo la marcha, queda lo peor, la subida a la Sierrecilla y la bajada por trialera de las buenas.
Empiezo a subir por las carreteras entre invernaderos de Dalias, tengo molestias en la pierna izq. y el calor es insoportable, me entra un bajón psicológico... creo que no voy a ser capaz de terminar, además me encuentro solo, no hay ningún participante a la vista.
Al final de una rampa diviso a un pelotón, los alcanzo y me acoplo a ellos, también van muy castigados por el esfuerzo de la bajada, algunos ya han tenido varios calambres, según me comentan. Entramos en materia, una subida de tierra muy suelta y con una rampa del 15!! Esto no hay quien los suba, pie a tierra y la subimos andando, me monto y continuo subiendo.
Parece, que las molestias se han disipado, aprovecho para marcar un ritmo tranquilo pero justo para no poner pie a tierra en las subidas, ya quedan 2 repechos nos dice un muchacho de la organización. Poco a poco vamos ascendiendo por estos rampones.
Llego al 4 avituallamiento, ya esta casi hecho, una bajada mas por trialeras y luego todo bajada hasta El Ejido por ramblas. Como, bebo, para no variar mi rutina en avituallamientos y comienzo la trialera. Vaya parece que la han despejado un poco. Creo que esta mejor que el año pasado, llego a puntos críticos en los que no me lo pienso y me bajo, el cansancio te hace ir con menos reflejos y una caída puede arruinar tanto esfuerzo.
Termino la trialera, y bajada por pista por pinares hasta Dalias de nuevo. Cojo el cauce de la rambla y pongo el plato, el viento acompaña y el terreno es descendente a toda mechaaaaaaa, esto esta conseguido.
Vamos surcando de nuevo el mar de plástico de El Ejido y me alcanza un compañero del otro grupo de la subida a la Sierrecilla, es un hombre mayor pero esta muy fuerte, seguimos juntos estos Km. hasta llegar a meta.
16:30 más o menos. META!!
LO HE CONSEGUIDO, Y ADEMAS HE BAJADO EL TIEMPO EN 1h 20 min., CON RESPECTO AL AÑO PASADO.
En fin, en resumen: He tenido momentos de bajón, sobre todo cuando empezaron las molestias en la pierna izq. Una prueba bastante dura, tanto por la subida como por las bajadas (para mi nivel, claro esta). Pero al final muy contento de poder contarlo!!.
PD: Enhorabuena al que llegue al final de este post, porque también tiene su merito!!
Manuel Cabrera (RaidBOSS).
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PRUEBA: VI MARCHA CICLOTURISTA “VÍA DEL TREN DEL ACEITE 2008”
AUTOR: ANTOINE GONZÁLEZ, REPORTERO Y ÚNICO REPRESENTANTE DE LA PEÑA ALCALAÍNA
CRÓNICA:
Durante 90 kilómetros, las viejas locomotoras y los rústicos álamos, encinas y olivos acompañaron al medio millar de ciclistas que participaron en la ruta verde de la Subbética. El recorrido unió los municipios de Lucena, Cabra, Doña Mencía, Zuheros y Luque.
El recorrido del antiguo tren del aceite posee firme de balasto, sellado mediante zahorra, con doble tratamiento asfáltico, bien asentado sobre una capa de alquitrán. A pesar de la gravilla, no existe tierra en la mayoría de los tramos y por tanto no hay mucho riesgo de deslizamientos. No obstante, el peligro de la ruta, dada la velocidad a la que se desarrolla la prueba para algunos participantes, se encuentra en los pivotes, nada menos que tres, en la entrada y salida de los puentes, pontones y viaductos que antaño recorría el tren y que hoy conforman la ruta.
La salida neutralizada se inició en el Pabellón Polideportivo municipal a las 10:30, seguida de un recorrido por las calles de Lucena, hasta la Estación, en las afueras de la ciudad. La carrera propiamente dicha se dispara y discurre por las vías. Gloriosos parajes los que dejamos a los lados, alamedas, encinares y dehesas. Hasta las proximidades de la laguna del Salobral, se recorre el parque Natural de las Sierras Subbéticas.
Al contrario que la ruta de la vía del aceite de Jaén, el recorrido tiene sólo 4 viaductos metálicos: el puente de hierro o viaducto del Alamedal, viaducto Dientes de la Vieja, viaducto de la Sima sobre el arroyo del Fresno. Antes de llegar a la Estación de Doña Mencía pasamos por el túnel del Alamillo y el viaducto en curva sobre el río Bailón, al pie del castillo de Zuheros.
Al salir de la Estación de Luque, con su vagón perfectamente conservado, giramos a la derecha, entre olivares típicos de las tierras de Jaén e iniciamos una cuesta arriba hacia Luque y las ruinas de su viejo castillo erguido sobre una mole rocosa.
Pedaleando a orillas de verdes olivares en la línea fronteriza entre las provincias de Córdoba y Jaén. Os presento a Silvia, la joya de este paraíso, un sol radiante rodando sobre raíles entre olivos, en las proximidades de la Estación de Luque. Silvia, tu compañía fue la mejor maravilla de la vía verde del tren del aceite. Me habría gustado seguir haciendo la ruta contigo y hablando de tantas cosas, escuchando tu dulce voz de refrescante zumo de naranja.

Estás espléndida y radiante como el sol en este fabuloso primer ascenso hacia Luque. Gracias por hacerme feliz. Fueron instantes eternos e inolvidables.
Desde este pueblo nos desviamos por carretera, hasta Zuheros. Dejamos a la izquierda la subida a la Cueva de los Murciélagos y nos introducimos por calles angostas hasta los miradores, al pie de las ruinas del castillo de Zuheros, donde nos espera el tercer avituallamiento.
Desde allí tomamos la vía verde. Pedaleamos de nuevo sobre el puente de mayor valor monumental que vadea el río Bailón. Enfilamos la vía verde hasta Cabra, pasamos por la Estación de Doña Mencía y proseguimos en leve descenso de un 3%. Con mucho ímpetu y entusiasmo, continuamos recuperando el tiempo dedicado a tomar vídeos y captar los paisajes con el ojo de la cámara. De vuelta a la estación de Cabra, a 35 kilómetros por hora, pudimos tomar una fotografía a la vieja locomotora y vimos a vuelapié el Museo de Interpretación del Tren del aceite, los vagones y la valiosa locomotora que recuerdan con su presencia la historia de los ferrocarriles españoles.
La subida a “Los Pelaos” comienza después de la estación de Cabra. Se trata de un ascenso de 5 kilómetros, cronometrado, hasta el paraje del mismo nombre. En este ascenso comienzan a marcarse diferencias porque los más expertos en la escalada pedalean a gusto y las llegadas a la cumbre se producen con mucha ventaja por parte de los más preparados. Por tanto en esta crono-escalada a “Los Pelaos” se incrementan los tiempos entre los corredores.
Desde ahí bajamos por Fuente Jarcas hasta la carretera de la Camorra y se enlaza con la vía verde en el cruce de las Erillas. La vuelta a Lucena es trepidante, se trata de una progresiva bajada sobre una pista de grava en la que alcanzamos medias de 37 kilómetros por hora. Desde la ruta, sin tener que bajar de la bicicleta, pudimos hacer fotografías a algunos puentes que forman las carreteras y contrastan con la vieja ruta de los ferrocarriles.
En la llegada, los organizadores nos ofrecen reponer fuerzas con unas buenas viandas y un diploma con la distancia total recorrida: 90 kilómetros.
Antonio González Martínez
Abril de 2008
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PRUEBA: XII 101 kms de Ronda en 24 horas, 10 de Mayo de 2008, Ronda (Málaga)
AUTOR: José Antonio Fuentes.
CRÓNICA:
Los 101 kilómetros de Ronda, una clásica del calendario nacional de marchas, es una prueba llena de color y de emociones, pero sobre todo de retos personales para cada uno de los participantes. Este año nos hemos apuntado para vivirla, componentes de la Peña ciclista Alcalaína y Club Cicloturista Ciclocubín.
Cuando a una prueba de este tipo se apuntan unas 5.000 almas, es de suponer que la mayoría de los que participan no van con la intención de ganar, ni tan siquiera con la de llegar entre los cien primeros. Los objetivos son otros, puede ser tardar menos que lo que tardé el año pasado, o bien tardar menos que el más lento de los de mi grupo habitual, o llegar por delante del compañero que siempre me gana. Lo que sea. Pero todos los que participan llevan un objetivo en la salida, claro que muchas veces, por las vicisitudes de la prueba, se pueden modificar sobre la marcha.
En esta ocasión los representantes de la Peña Ciclista Alcalaina, José Antonio Fuentes y Francisco Eduardo Ramírez con unos tiempos de 5 Horas 52 minutos y 6 Horas 26 minutos respectivamente, vieron cumplidos sus objetivos sobradamente, al mejorar sus registros de ediciones anteriores.
La prueba, la organiza La Legión, junto con el Ayuntamiento de Ronda. El acuartelamiento de Montejaque, donde está el 4º de la Legión, el tercio "Alejandro Farnesio", está muy ligado a la ciudad de Ronda y viceversa. Así que la unión de una ciudad con un entorno inmejorable y una organización muy preparada para este tipo de eventos, hace que el éxito de la prueba esté garantizado, como ya se ha demostrado en las 12 Ediciones celebradas hasta el momento.
Y así sucede año tras año. Cada edición bate récords de inscritos, de víveres, de dureza, de superaciones personales. Cada año se superan y pulverizan todas las marcas de la prueba, incluso los tiempos de llegada de los ganadores de cada categoría. Pero eso es otra historia.
Retomando la idea de que los retos de los participantes en los 101 Km de Ronda son personales, en la Peña Ciclista de Alcalá y Castillo, nos apuntamos a los 101 kilómetros en 24 Horas, con distintos objetivos para cada uno de los participantes; pero con un objetivo común que era intentar terminarla antes de las 12 Horas límite, y disfrutar al máximo de esta prueba única.
La prueba
La salida en el campo de fútbol de la localidad es apoteósica. La organización congrega a los corredores no más tarde de las 8:30 AM con el fin de que no haya problemas con la gran cantidad de participantes, pero la salida oficial no se produce hasta al menos las 11:00 AM; momento en el que "revolotea" todo el patio, y suena un cañonazo impresionante, y los de delante empiezan a salir. Unos 10 minutos después arrancamos nosotros, sabiendo ya de antemano que el paso que hacemos por Ronda es "neutralizado" y se trata de unos 5 kilómetros que hay que hacer pero no cuentan para el cómputo global de la prueba.
Aproximadamente a las 11:15 AM estábamos saliendo realmente en la prueba.
Esta marcha se divide en dos partes muy diferenciadas. Los primeros 60 Km son bastante fáciles, en los que es muy fácil llevar un ritmo endiabladamente alto a pesar de tener que ascender al primer puerto (Vértice Salinas situado en el Km 39); pero los últimos 40 Km se componen de tres grandes cuestas con dos descensos en los que no se puede perder la atención, y en las que hay que intentar regular las fuerzas para afrontar la ascensión de las tres últimas subidas (Setenil, La Ermita y la cuesta de Ronda).
Los primeros 35 kms son completamente planos, en los que es bastante fácil llevar un ritmo elevado, hasta llegar a Arriate; población donde comienza un ascenso de aproximadamente 4 kms hasta Vértice Salinas. Pero la prueba de los 101 no comienza realmente hasta llegar a Setenil (Km 52), donde nos encontramos de repente con la famosa cuesta de Setenil.
Es una cuesta, sin más, de aproximadamente 15 kms de longitud sin muchas complicaciones, de las que es factible subir en el plato mediano, pero con 52 Km en las piernas se empezaba a sentir el cansancio acumulado. La subimos sin inconvenientes hasta llegar al Km 67 donde se encontraba un punto de avituallamiento. La bajada se hizo rápida y cómoda, hasta llegar al acuartelamiento de Montejaque (km 78), donde se encuentra el 4º tercio Alejandro Farnesio de la Legión, donde hoy -excepcionalmente- dejan pasar a los civiles participantes en la prueba. Un legionario (el de guardia) saluda militarmente a todos y cada uno de los participantes de la prueba que pasan por la entrada de cuartel.
Es a partir de este punto, donde realmente comienza la parte mas dura de la prueba, ya que junto al cansancio acumulado después de 78 kms recorridos, se une el comienzo de la ascensión a “La Ermita”, la tercera de las subidas y quizás la más temida por los participantes; un cuestón en toda regla en la que es imposible mantenerse en lo alto de la Bici, y en la que la gran mayoría de los participantes tienen que echar pie a tierra en su último tramo.
Al final prueba superada, y conseguimos llegar a la cima donde nos encontramos la tan deseada y a la vez temida “Ermita” situado en el Km 82. Es a partir de este punto donde comienza una vertiginosa bajada que nos acerca cada vez más a nuestro objetivo, llamado RONDA.
Sin lugar a dudas, el momento mas emocionante de la prueba es cuando después de casi 100 kms recorridos, se divisa Ronda a lo lejos, y el cuerpo, sentía que el final, la meta, estaba cerca. Pero antes, quedaba la última de las cuatro grandes ascensiones de esta prueba. La cuesta de Ronda o cuesta del cachondeo como es popularmente conocida. Concebida sobre un viejo adoquinado, no es difícil su ascensión, principalmente porque ya no hay tanto tráfico de corredores, y -sobre todo- porque el ancho de la pista permite buscar una trazada para descansar entre los tramos más duros. Desde luego, algunos superan el 15% de desnivel con creces, pero la cercanía de la meta compensa todo lo demás.
Al terminar la cuesta, Ronda, ¡por fin Ronda!, miles de personas en las calles animando a todos los participantes que van llegando, hacen que te emociones, sobre todo después de llevar 101 kms en las piernas y sentir que has conseguido tu objetivo. En la meta un Legionario detiene a cada corredor y le da la enhorabuena personalmente así como un recuerdo conmemorativo por terminar tan dura prueba.
En definitiva, la prueba de los 101 Km de Ronda, es una peculiar forma de retarse a uno mismo, en una marcha llena de color, gente, calor y sobre todo sabor, ese inconfundible sabor que solamente la Legión es capaz de dar a los actos que organiza.
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PRUEBA: 101 KMS DE RONDA
AUTOR: José Antonio Jiménez
CRÓNICA:
Las fotos permiten apreciar parte de la espectacularidad de esta prueba, pero hay que vivirla para saber realmente de lo que estamos hablando. Los 101 de Ronda es algo más que una prueba deportiva, y por supuesto mucho más que una marcha ciclista. Se trata de una carrera en toda regla, con una organización perfecta, y un recorrido espectacular, variado, precioso. En definitiva, un fin de semana para recordar.
A las 6 de la madrugada me desperté sobresaltado porque soñé que la prueba ya había terminado y apenas recordaba nada. Soñé que estaba tan obsesionado con hacerla rápido, que no conseguía recordar nada del paisaje. Afortunadamente, horas más tarde tuve la oportunidad de verlo y guardarlo en mi retina, aunque reconozco que en esta ocasión, a diferencia de otras pruebas en las que he participado, intenté ir a hacer un buen tiempo, y en general estuve más pendiente de los ciclistas que de los paisajes.
Como ciclista de carretera, cuando me enfrento a una prueba "de campo" voy pensando en las trialeras y las bajadas técnicas, con más miedo que vergüenza. Afortunadamente para mí, no es el caso de la prueba de Ronda. Tiene un poco de todo, aunque más terreno favorable para rodar que senderos técnicos. La primera mitad del recorrido permite rodar bien, pero puede pasarnos factura al final. No me daba miedo la condición física, puesto que en carretera estamos habituados a hacer largas distancias, así que me lancé desde el principio a intentar hacer un buen tiempo. Intenté que algunos compañeros de mi club Ciclocubín se vinieran conmigo, pero estaban algo recelosos de la parte final y decidieron ser más conservadores.
En las subidas me veía muy suelto, aunque en las bajadas siempre era rebasado por algunos ciclistas más valientes. La tónica de los primeros 50 kilómetros fue una sucesión de paisajes variados por terrenos militares y el circuito Ascari. Recuerdo un sendero estrecho bordeado de vegetación baja, sencillamente precioso. No paré en los dos primeros avituallamientos, y durante 15 kilómetros aproximadamente rodé a un ritmo frenético, adelantando a muchos ciclistas, acompañado del alcalaíno Fuentes. Atravesamos un pueblo atestado de gente animando, era emocionante. En el kilómetro 67 empieza la parte dura de la prueba, coincidiendo con el avituallamiento más utilizado por los ciclistas, por su ubicación estratégica a la mitad de la subida más larga del recorrido. Comenzó a llover a ratos. Perdí mucho tiempo poniéndome y quitándome el chubasquero a cada rato.
El paso por el cuartel del Tercio de la Legión es uno de los momentos míticos de esta prueba. El soldado de guardia nos saludaba a todos los ciclistas en señal de respeto y hospitalidad.
El verdadero coco de la prueba es la subida a la ermita de Benaoján. Comencé este tramo acompañado por un ciclista de Arriate. El primer tramo lo hice pedaleando, pero la segunda parte de la subida era imposible por el barro, los regueros y, sobre todo, el enjambre de gente que subía, ya que en este punto los duatletas habían dejado sus bicicletas y continuaban la prueba a pie. La bajada de la ermita era realmente peligrosa, y la hice a paso de tortuga.
Los últimos 20 kilómetros fueron duros, muy duros. Al cansancio acumulado en estos momentos, se añadió la verdadera dificultad para mí, ya que cruzamos muchos senderos técnicos con agua, barro y puentecitos de madera. Cuando me faltaban 15 kilómetros para llegar a Ronda se me cruzó la rueda delantera en una piedra y caí por delante del manillar, no sin antes haberme hecho una buena herida en la espinilla, provocada por el pedal. Descansé un poco, la herida me dolía bastante, pero vi que podía seguir, y así lo hice. El temor a una nueva caída me hizo perder aún mucho más tiempo. No fui capaz de trazar bien algunas curvas, un poco agarrotado por la tensión. En toda esta zona me adelantaron decenas de ciclistas, me veía impotente para hacerlo mejor. Al final de la zona técnica había un avituallamiento "solo para corredores". Aún quedaba un avituallamiento más para ciclistas, donde paré por última vez. Los últimos kilómetros antes de llegar a Ronda se complicaron un poco más por la lluvia. La "cuesta del cachondeo" es una rampa empedrada de superficie lisa, tanto que mi rueda trasera derrapaba continuamente. No pude hacerla pedaleando, e incluso mis zapatillas se resbalaban continuamente. Por fin entré en Ronda tras superar las últimas piedras de la rampa, donde progresivamente se acumulaba más público hasta la meta en la Alameda.
La llegada fue un poco menos emocionante de lo que esperaba, ya que era obligatorio parar para sellar el pasaporte y allí mismo me entregaron un ticket con mi tiempo, de 6 horas y 11 minutos. Puedo estar bastante contento en general, pero tengo algunas cuentas pendientes con ese tramo final, y ya estoy soñando con repetirla el año que viene.
José A. Jiménez
Madrid, 14 de Mayo de 2008
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PRUEBA: 101 KMS DE RONDA
AUTOR: Eduardo Soler
CRÓNICA:
FUERZA Y HONOR. PURO INSTINTO DE SUPERVIVENCIA EN LOS 101 DE RONDA.
(por Eduardo Soler Rosales)
El día 10 de Mayo de 2008 nos reunimos en Ronda seis valientes del Club Ciclista Ciclocubín dispuestos a realizar una de las pruebas más duras del panorama nacional e internacional en ciclismo de montaña.
Ese día me levanté de la cama a las 7:00 de la mañana después de llevar casi 45 minutos despierto al oír como José “Pileta” salía de su cuarto. Desayunamos tostadas con aceite y jamón, zumo, leche y bollos que el día anterior habíamos comprado en un supermercado después de recoger nuestros dorsales para la carrera. José “el Sastre”, cuando se despertó, prefirió desayunar pasta que había sobrado de la noche anterior para acumular más glucógeno en los músculos. No sabíamos los demás como nos sentaría por la mañana un plato de pasta así que preferimos hacer un desayuno corriente.
Antes de las 8:30 de la mañana estábamos todos vestidos con el malloit del club y dispuestos a presentar batalla. Yo me coloqué en el brazo izquierdo un brazalete negro en memoria de mi abuelo, tristemente fallecido 2 semanas antes.
Poco después cargamos las bicicletas en el coche de Valderas, Jorge Lara, Alejandro Valderas y yo, y tomamos rumbo a la salida de la prueba. José “Sastre”, José “Pileta” y Milla decidieron pedalear 4 km hasta Ronda.
Una vez llegamos a la salida tuvimos que sacar nuestro “Pasaporte Legionario”, discerniendo por primera vez la fantasía de la realidad. Aquello era real, ya estábamos dentro.
En el pasillo que nos conducía a la salida se detuvo el legionario locutor a hablar con Alejandro Valderas. La megafonía del estadio informaba, a su vez, de las malas condiciones en las que se encontraba un tramo de carril antes de llegar al Cuartel. Mis peores pesadillas volvieron a rememorarse recordando el via crucis que supuso el intento fallido del Dessafio.
Estuvimos unos 45 minutos parados en la salida, nerviosos y deseando que la carrera empezara lo antes posible para entrar en calor. Después del discurso del alcalde de Ronda y de oír gritos de ¡Viva España! y ¡Viva la Legión! el cañonazo dio la orden a los ciclistas para iniciar la marcha.
Hicimos unos 4-5 km de salida neutralizada por las calles de Ronda, hasta que abandonamos la ciudad y se dio por fin la salida lanzada a las 11:00 de la mañana.
Desde el primer momento decidí no intentar seguir el ritmo de los demás y encontrar el mío propio. En la primera rampa me puse al ritmo de Jorge Lara aunque luego él se despegó en e tramo de bajada. En ese mismo tramo Milla perdió un bote y tuvo que bajarse.
A los 3 kilómetros aproximadamente, cuando llevábamos unos 6 ó 7 de carrera, me alcanzó Milla. Ese fue el último contacto que tuve con los miembros de Ciclocubín hasta cruzar la línea de meta. En ese momento empezada una nueva carrera para mí, una nueva lucha que tendría que superar, como dijo António de Oliveira Salazar, orgullosamente solo.
Pero no estuve solo en carrera mucho tiempo. En el kilómetro 14, justo después de reponer fuerzas en el primer avituallamiento me alcanzó mi tocayo Eduardo de la peña ciclista alcalaína y recorrí unos 11-12 kilómetros a su rueda, aproximadamente hasta el primer punto de sellado. El terreno hasta este punto era un auténtico rompepiernas con continuos repechos, descensos y tramos de falso llano, con paisajes espectaculares de monte bajo y encinar y campos de cereal. Eran aproximadamente las 12:15 al pasar el primer control.
Después de un tramo de bajada hasta la población de Arriate y de circular por las calles del pueblo en la que el ambiente era el de las grandes ocasiones, inicié el primero de los puertos duros de la jornada: una pared de 4 km y de un 8,7 % de pendiente media. La ascensión se convirtió en un reguero de ciclistas en fila india a los cuales nos pasó factura el rompepiernas de los 30 km anteriores. Tuve que bajarme de la bicicleta en los tramos de mayor pendiente, pero superé el primer escollo sin mayores dificultades.
La bajada del puerto era por carril en buenas condiciones y empecé a coger velocidad, de tal forma que fui recogiendo cadáveres, hasta llegar al tramo llano, en el cual pude poner el plato grande (única vez en los 101 km en que pude hacerlo). Al llegar al control de Setenil, en el kilómetro 50 aproximadamente, mi reloj marcaba las 14:05 de modo que empleé 3 horas desde que se lanzó la salida, una marca que no había conseguido nunca según mi parecer ni en las rutas de sólo 50 km que realizamos todos los domingos.
Pero quien iba a suponer que lo peor estaba aún por llegar, que la pureza de las montañas reservaba todo su poder para aquél que se atreviera a desafiarla.
Llegado al avituallamiento de Setenil los legionarios me indicaron, gritando a voces, que debía ir por la acera. Fue de las pocas veces que levanté la cabeza para mirar algo que no fuera la rueda delantera de mi bici. Comí un plátano y un par de onzas de chocolate. En ese momento empezó a llover intensamente y tuve que ponerme el chubasquero (me lo puse y quité varias veces en todo el recorrido), aunque al ser de una tela que no transpira el calor se acumulaba en su interior y sudaba como un pollo.
La carrera continuaba por un carril que bordeaba el pabellón donde estaba instalado el avituallamiento de Setenil, prosiguiendo por una cuesta hormigonada de mucha pendiente. Con ese panorama se iniciaba la segunda dificultad montañosa del día. Para más INRI, justo después de pasar el avituallamiento de Setenil me empezó a dar un calambre en la pierna izquierda, justo por encima de la rodilla. Por suerte al pedalear durante un rato se iba, pero de vez en cuando daba un pinchazo, como si mi propio cuerpo me dijera que no estaba dispuesto a seguir. Sin embargo, mi cabeza sí, estaba dispuesto a pelear hasta el último metro de prueba, hasta haber agotado el último bidón, hasta simplemente desfallecer.
En ese tramo, hasta el avituallamiento del kilómetro 64 estuve pedaleando al lado de Miguel, un ciclista que conocí y un auténtico veterano en los 101 de Ronda (para él era la 5ª edición), y me comentó que en su primera vez tardó 10 horas y 45 minutos. Yo no estaba dispuesto a tardar tanto.
Después de un llaneo por paisajes llenos de cultivos de cereal, monte y algunos pinares, llegué a lo alto del segundo puerto, no sin tener que poner el molinillo en las rampas más duras. Los músculos de las piernas ya no me respondían y aún no llevaba ni 70 km.
Y si la subida fue penosa, un auténtico calvario de terreno llano que parece no subir, no ganar altura pero que te destroza física y mentalmente, no menos lo fue la bajada, un auténtico barrizal en el cual la bici deslizaba por encima y en el cual me caí una vez al tomar cierta velocidad, afortunadamente sin consecuencias debido a que el barro y las hierbas que había alrededor hicieron de colchón. Lo más grave fue un golpe en la rodilla derecha con el pedal, pero también sin consecuencias. Al montarme de nuevo en la bicicleta después de la caída estuve a punto de caerme de nuevo, pero como aún no había enganchado la cala izquierda pude poner pie a tierra pegando un par o tres de saltos con ese pie hasta estabilizar mi posición en unas hierbas que había en el borde del carril. Al subirme definitivamente de nuevo en la bici pude ir por el centro del carril sin que la rueda resbalara tanto.
Al terminar ese tramo, había una bajada hasta el Cuartel de la Legión y un terreno llano que aproveché para recuperar algunas fuerzas. Al llegar al Cuartel estaba destrozado y creía que no podría terminar la prueba. Pero en mi interior sabía que debía terminar. El caldo caliente y el plátano que comí me ayudaron a tal efecto.
Y sin embargo, las montañas seguían estando allí, mostrando con furia todo su poder, diciéndoles a los ciclistas que sólo los más valientes, los que no se rindan ante el cansancio o el dolor conseguirán llegar hasta el final.
Al salir del Cuartel a las 17:00 horas (después de 6 horas de ruta), había una ligera ascensión seguida de una bajada por carretera hasta el punto de transición entre ciclistas y duatletas, tras el cual se encontraba la subida hasta la Santa Ermita que era un auténtico infierno. Subí a buen ritmo, con el molinillo, la primera parte hasta una zona en la que hay un ligero descenso. Me encontraba mejor después de haber repuesto fuerzas en el Cuartel, pero tuve que bajarme de la bici en la segunda parte de la subida. Aproveche el punto de inflexión para quitarme el chubasquero ya que había salido el sol y ya no llovería en el resto de la ruta. Me encontré con un grupo de ciclistas de Íllora a los cuales les hablé de la prueba de Castillo de Locubín. Subí arrastrando la bicicleta y notando de nuevo pinchazos en el calambre que me dio kilómetros atrás en la pierna izquierda, aunque por suerte me aliviaba al frotarme la zona con la mano. No podía parar, si paraba no podría seguir y llegaría hasta el final. Antes de llegar a la Ermita, al final de las rampas más duras, volví a montarme en la bici, antes de afrontar la bajada.
También la montaña quiso mostrar su poder en la bajada, y decidió gastarnos de nuevo una broma cruel.
La bajada desde la Ermita, fue todo menos fácil. Cada nueva curva se cerraba más y más, habiéndolas incluso de 180 grados. Mi cuentakilómetros marcaba apenas 8.0 km/h en bajada. Al final había un cementerio. Muchos ciclistas rezaron para no terminar allí ese día.
A esa altura se situaba el último control (en el km 84, es decir, quedaban todavía 17) en el cual se podían lavar las bicicletas, pero yo pase de largo. Quería terminar cuanto antes, cada pedalada me acercaba un poco más a la meta, no tenía un minuto que perder. No quería tener tiempo para pensar en retirarme.
Pero la Serranía de Ronda seguía mostrando su poder y aún me reservaba más de una sorpresa.
Después de unos kilómetros por carretera muy placenteros comparados con los sufridos anteriormente, entré en el más profundo de los infiernos, una vereda estrecha con múltiples obstáculos (tuve que frenar rápidamente y bajarme de la bici para sortear una piedra de gran tamaño situada en medio del sendero) que rompían el ritmo constantemente y opté en muchos tramos por arrastrar la bicicleta. Al salir de la vereda entré en una carretera y me puse a ritmo de una ciclista que llevaba un buen desarrollo y que animaba a todos los ciclistas que veía cansados y sin fuerzas arrastrando la bicicleta incluso en los tramos llanos. Yo también los animé. Sin embargo al llegar al último avituallamiento estaba tan cansado por seguir el ritmo de esta ciclista que, después de beber el triste vaso de bebida isotónica que te ofrecían, tuve que arrastrar la bicicleta hasta la rampa de descenso que conducía a la cuesta del Cachondeo. Seguí pedaleando por el estrecho camino hasta la citada cuesta en la cual sólo pude avanzar unos 50 metros pedaleando. Las ruedas resbalaban e hice toda la cuesta del Cachondeo arrastrando la bicicleta a pesar del enorme sufrimiento que suponía para mí en los pies. Cada paso era una auténtica tortura en todas las partes de mi cuerpo pero no podía rendirme faltando 4 km para la meta, sabía que tenía que sufrir, que había venido a sufrir.
Ronda parecía un sueño lejano, irreal, un producto de mi imaginación. Estaba mermado física y mentalmente, sobre todo por tener Ronda, mi meta, mi objetivo, y no poder alcanzarlo. Miré mi brazo izquierdo, al brazalete que llevaba en memoria de mi abuelo se le había caído un imperdible y estaba colgando por un lado. Lo coloqué en su posición, bien centrado, quería entrar en Ronda para poder señalar al cielo en la meta. En ese momento fui consciente de que terminaría. Ronda ya no era un sueño lejano, no era irreal, no era producto de mi imaginación. Ronda era real, estaba allí, al alcance de mi mano.
Al alcanzar el asfalto de las calles de Ronda me monté de nuevo en la bicicleta. Las calles estaban abarrotadas de gente. Los niños se subían a las vallas publicitarias y extendían sus manos hacia la calzada. Yo choqué las manos con un par de ellos al ver el sufrimiento que tenían que hacer para extenderlas era comparable con el mío.
Al entrar al parque que conducía a la meta señalé mi brazalete y al cielo. Lo había conseguido. Mi tiempo: 8 horas y 42 minutos de interminable Calvario.
Espero repetir el año que viene y mejorar mi tiempo. La victoria no se obtiene sin sacrificio. Defenderé mi resultado. Es mi deber defender lo conseguido hasta ahora cueste lo que cueste, como dijo Sir Winston Churchill en su discurso del 13 de Mayo de 1940: I have nothing to offer but BLOOD, TOIL, TEARS and SWEAT. (No tengo más que ofrecer que Sangre, Esfuerzo, Lágrimas y Sudor).
Manuel Rosales Puerma, In memoriam
Castillo de Locubín, 14 de Mayo de 2008
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PRUEBA: Clásica Cicloturista Internacional "Lagos de Covadonga", 2008
AUTOR: José Antonio Jiménez
CRÓNICA:
Por segundo año consecutivo he participado en la Clásica Internacional Lagos de Covadonga, una de las 3 ó 4 pruebas más importantes del calendario ciclista de carretera en nuestro país. Este año se celebraba el homenaje a Olano, y había un límite de 2500 ciclistas. La cita fue el sábado 17 de Mayo.
Se trata de un recorrido de 120 kilómetros con dos puertos previos, y la subida final, de categoría especial, desde Covadonga hasta los Lagos.
Este año he tenido prácticamente el mismo entrenamiento, o quizá algo menos que el año pasado, y sin embargo decidí tomármelo como una carrera. Aunque en la salida en Cangas de Onís estábamos en las últimas posiciones, porque llegamos con el tiempo justo, desde el principio me uní a cinco compañeros de mi club (Hortaleza, de Madrid) y fuimos dando alcance a muchos grupos. Pasamos por Arriondas y Ribadesella, y llegamos bastante bien situados a Llanes, en el kilómetro 50, antes de comenzar las subidas del día. Esta primera parte del recorrido fue preciosa y dominada por el buen tiempo, pero yo no me fiaba del todo y salí con equipación invernal. Desde Llanes comenzaba la subida a un puerto inédito, el de la Tornería, una trampa con dos kilómetros al 9% y 12% respectivamente, donde ya vi algunos que pagaban las alegrías del comienzo. Casi sin solución de continuidad subimos el puerto de la Rebollada, mucho más tendido, aunque de mayor altitud. En el alto paramos en un avituallamiento donde hacía bastante calor. Casi me arrepiento de la ropa que llevaba... pero kilómetros más tarde me alegraría.
La bajada y llaneo hasta Soto de Cangas fue trepidante. Saqué mi condición de rodador y encabecé un grupo durante bastantes kilómetros, tirando con todas mis fuerzas para rodar a más de 40 km/h en el llano. Formamos un pelotón considerable a base de cazar grupos que iban por delante. Mis compañeros me dieron un toque y a falta de 10 kms para la rotonda decidí levantar un poco el pie. Entonces me dieron relevo a la cabeza del grupo un par de ciclistas de la peña Edelweiss, de Sabiñánigo, que me agradecieron mi derroche. Tuve tiempo de descansar antes de llegar a Covadonga. Cuando aparecen sobre los árboles las torres mágicas de la Basílica de Covadonga te vienen a la mente tantas etapas míticas de la Vuelta Ciclista a España que no puedes evitar un escalofrío. En la rotonda junto a la Basílica se pasa un control de chips y comienza el momento de la verdad.
La subida a los Lagos es larga, dura, durísima. La famosa cuesta de la Huesera no es más que una anécdota en la salvaje exigencia de este puerto, donde pasas del bosque más frondoso al paisaje más descarnado y rocoso en 12 kilómetros. Afortunadamente el tiempo nos respetó bastante, y no tuvimos la niebla del año pasado, pero al mismo tiempo eso nos permitía ver la descomunal altura que teníamos que superar, con ciclistas balanceándose en la lejanía, vertiginosos precipicios hacia la derecha y lo que más disfruto en estos sitios, la grandiosidad de la naturaleza, que tiene en los Picos de Europa uno de los lugares de culto, donde me gustaría volver cada año.
Este año me sentía muy bien, estrenando mi bicicleta de carbono por primera vez en una prueba. No tuve ningún amago de calambre ni pasé momentos malos. Subí a mi ritmo, que aunque no es el de un escalador nato, me parecía bastante aceptable. Muchos creen que el Mirador de la Reina es un punto clave, pero todavía queda mucha subida, y hay que dosificar. Tras un par de bajadas y subidas en la parte final se supera un collado y aparece majestuoso, azul intenso, el impresionante lago Enol, y al fondo la meta tan deseada.
Mi objetivo personal era mejorar mi tiempo del año pasado (cuando hice 5:42 h., y tiempo neto de subida a los Lagos 1 h 20 m). Este año acabé la prueba en la posición 1393 (de 2500 ciclistas), en 4:55 h (47 minutos menos!) con un tiempo neto de subida de 1 hora y 10 minutos, y con la sensación de que podría haberme exprimido aún más, pero más que contento con mi mejora con respecto al año pasado.
Al pasar la meta comenzó a llover. La bajada hasta Cangas está fuera de competición, la hace cada uno por su cuenta. La lluvia arreciaba cada vez más. Al paso por Covadonga estaba diluviando y ya iba completamente empapado, pero me daba igual. La típica lluvia asturiana había decidido no faltar este año a su cita, aunque afortunadamente nos respetó hasta casi el final.
En fin, una experiencia inolvidable. No pude hacer fotos porque temía la lluvia y no me llevé la cámara, pero al menos este texto servirá como referencia para que conozcáis mi experiencia por el norte, y que os animéis algún año a participar. La prueba fue organizada de forma impecable.
Lo único que eché en falta es que pusieran más cubos de basura en las zonas de avituallamientos, supongo que los organizadores pasaron un buen rato limpiando los alrededores.
Jose A. Jimenez
Madrid, 18 de Mayo de 2008.
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PRUEBA: Subida al Santuario de la Virgen de la Sierra, Cabra, Mayo de 2008
AUTOR: Antoine González
CRÓNICA:
El domingo 18 de mayo a las ocho de la mañana acudimos al Memorial Luis Triano, partiendo, tras recoger los dorsales, de la Plaza de España de Cabra, Centro Geográfico de Andalucía, los tres integrantes de la Peña Ciclista Alcalaína: Pedro Sánchez Pérez, nuestro mecánico oficial de la tienda y taller de bicis Mundo Hobby, Juan Carlos Carrillo Atienza, y Antoine. Desde la Puerta de la Subbética, emprendimos un recorrido de 90 kms por los siguientes puntos: Doña Mencía, Zuheros, Luque, Fuente Alhama, Esparragal, Zagrilla, Priego de Córdoba, La Zamora, Puerto del Mojón, Los Pelaos, y por fin el Santuario de la Virgen de la Sierra, a 1.200 metros de altitud. La carrera fue neutralizada con una velocidad media bastante alta, propia de este tipo de pruebas puntuables para la Copa de Andalucía, hasta La Zamora. Allí se dio la salida cronometrada de 15 kms hasta la meta situada en la Ermita de la Virgen de la Sierra, coronando previamente el Puerto del Mojón (800 metros). Los últimos siete kms desde Los Pelaos (700 metros) hasta el Santuario fueron los más duros, pero conseguimos llegar a la cima con buenos tiempos.
En la Venta Los Pelaos empieza la espiral dantesca, infierno para algunos, paraíso celestial al culminar los 1.200 metros para otros, y purgatorio, en cierto modo, para la gran mayoría, al menos durante el ascenso, puesto que hay momentos de sufrimiento y otros en los que se respira alivio, pureza y divinidad. Allí arriba nos esperan siempre, en la Ermita, junto a la Virgen, a veces demasiado impacientes, aplaudiendo nuestra llegada con sus inmaculadas alas, nuestros ángeles. Este año no nos acompañó el sol cordobés de anteriores ediciones; el cielo estaba nublado y había un viento casi helado, sobre todo un par de kilómetros antes de la meta. Llegamos a un collado con un pequeño descenso donde lo adecuado era lanzarse en plato grande y corona pequeña, adelantando puestos, tomando impulso para seguir ascendiendo más rápidamente. Después, dado el desnivel de la rampa, hubo que cambiar al plato mediano para no perder la frenética cadencia y seguir subiendo a buen ritmo.
En ese punto, al pie de un frondoso y verde bosque de pinos, cedros y abetos, dejamos a la derecha un carril que desciende y une la ermita con la localidad de Zuheros. Esta ruta transcurre por un Parque Natural elegante y mágico para pasear con bici de montaña. Mi espíritu empezó así a divagar poéticamente, mientras seguía escalando, cambiando en mi sueño la flaca por la gorda. Y de esa distracción saqué las últimas fuerzas de flaqueza, pues ya iba sintiendo los kilómetros en las rodillas.
El último tramo lo terminé con un ciclista de Antequera que llevaba el maillot de la subida al Torcal. Nos fuimos turnando, unos metros él, otros yo, alternando el relevo hasta el final, sin conocernos, y sin picarnos, hablando apenas en un clima de complicidad. Un fotógrafo, en cuclillas, nos fotografió a los dos juntos cruzando la meta.
Mantuve el tiempo de años anteriores en torno a los 50 minutos. En el 2006 (6 de agosto) tardé 50'18 minutos, puesto número 52; este año: 50'07 minutos, puesto 51. El 18 de septiembre de 2005, tardé 54'09 minutos, puesto 75, estaba en mejor forma, pero pinché justo en la curva de la Venta Los Pelaos.
Al llegar mis dos compañeros les tomé dos fotos en el momento de coronar el altísimo cerro, y antes de recoger los diplomas pedí a un ciclista de otro club nos hiciera algunas de los tres reunidos en línea de meta.
Le dejé mi dorsal a Pedro por si había suerte en la rifa de detalles que siempre hace la organización. No me quedé a comer paella con ellos. Me vine enseguida porque me esperaban en el Salón de fiestas, a la salida de Alcalá, carretera de Priego, para celebrar la comunión de mi sobrina, Melanie, hija de mi hermano Manuel, el bombero.
Antonio González Martínez , 19 de mayo de 2008.
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PRUEBA: MARCHA CICLOTURISTA DE LA VIA VERDE DEL TREN DEL ACEITE
AUTOR: Antoine González
CRÓNICA:
Una gran cantidad de integrantes de la Peña Ciclista Alcalaína se desplazaron a Jaén el domingo 25 de mayo para participar, junto con más de 300 ciclistas de nueve clubes de toda la provincia y uno de Córdoba, en el X Aniversario de las Vías Verdes. La prueba es puntuable en la Copa Diputación 2008 de cicloturismo en BTT.
En realidad, esta marcha cicloturista, organizada por la Diputación Provincial, los Ayuntamientos de Jaén, Alcaudete, Martos, Alcalá la Real, y la FAC, fue convocada por la Diputación el 11 de mayo, Día Nacional de las Vías Verdes, pero fue pospuesto debido a las condiciones meteorológicas adversas.
El itinerario enlazaba y hacía intersección con la Ruta de los Castillos y Batallas y con la Ruta Arqueológica de los Torreones, atalayas, torres y fortificaciones que se levantan diseminadas sobre antiguos asentamientos íberos, romanos y árabes.
Al inicio de la prueba, la organización programó una subida al Castillo de Santa Catalina, similar a un águila real sosteniendo un vuelo estático sobre la ciudad, en lo más alto de un fascinante bosque de “pinus halepensis” y zonas rocosas. Se partió desde el complejo polideportivo de Las Fuentezuelas, y al finalizar el recorrido llegamos a la señera fortificación musulmana Hisn al-Qabdaq, “castillo de los manantiales”, desde la vieja estación de Alcaudete. Impresionantes, los magníficos paisajes divisados desde los adarves y torres de estas fortalezas, a través de saeteras, aspilleras y troneras en las almenas. Desde tan privilegiados balcones pudimos otear sendas ciudades, su campiña, sus serranías, y fotografiar al pie de sus murallas a los ciclistas rendidos e impresionados ante las maravillas islámicas y su rico legado histórico.
La salida de nuestra localidad se efectuó a las siete y media de la mañana, con el autocar que puso a nuestra disposición la Alcaldesa, Doña Elena Víboras, y un vehículo tipo furgoneta ancha y larga para transportar nuestras bicicletas, conducido por Custodio López y Antonio Castillo, responsables del área de Juventud y Deportes del Ayuntamiento, quienes además se encargaron de cargar y descargar con cuidado nuestras “gordas”, separándolas con grandes y gruesos cartones.
Llegamos a Jaén sobre las ocho y media. En el punto de salida, firmamos en el control, recogimos los dorsales, y nos entregaron pegatinas, cintas reflectantes, folletos y trípticos divulgativos con un perfil altimétrico y un mapa de las Vías Verdes Españolas, publicado por el Ministerio de Medio Ambiente. El fotógrafo oficial de la Diputación, Don Miguel Peralta nos tomó una foto colectiva y aproveché esa oportunidad para tomar una instantánea de mis paisanos, a los que cuesta tanto mantener reunidos posando.
Tras la salida empezamos pronto a subir por las laderas del cerro de Santa Catalina. Le hice fotos al presidente de la Peña, Jaime Javier Castillo, que en esta ocasión, había traído sentado sobre un asiento especial colocado sobre la bici, a su hijo, Jaime Jesús, que estaba encantado de que su papi tenga vastos y cuadríceps bien desarrollados y mucha fuerza en las piernas para ascenderlo hasta la elevadísima cumbre donde está emplazada la fortaleza. El chiquillo tuvo una agradable sorpresa cuando al atravesar una puerta descubrió a la izquierda una armadura en una esquina, al pie de unos peldaños de piedra por los que se accede al patio de armas y donde nos esperaba el primer avituallamiento. Había frutas: manzanas y naranjas. Preferí un cítrico. Posteriormente, en el alcázar o torre del homenaje, una voz ronca explicaba a Jesús, muy atento, antiguas batallas que marcaron la historia de España. El niño me lo contó con un salero tremendo.
Durante la hora que duró la visita pude tomar muchas fotos. Nos reagrupamos al pie de las murallas. Hice fotos, desde el parapeto a los ciclistas que ya estaban preparándose para reiniciar la marcha. ¡Qué extrañeza, tantos ciclistas, Santa Catalina, en tu fortaleza!
En la bajada por las faldas del castillo y por la ciudad, dejamos caer volando nuestras bicis ligeras como salanganas, y perdí un bote de agua, saltando las bandas acústicas demasiado anchas y altas como para no intentar soslayarlas a esa velocidad. Me lo dijo después Jaime Jesús que se dio cuenta, descendiendo con su papi, en una bici que más bien parecía una golondrina.
Desde Fuentezuelas accedimos a la vía verde del tren. No se esperó a nadie, cada uno emprendió la ruta a su aire. Hice fotos al panel con los nombres de los puentes, viaductos y algunos paisajes olivareros típicos de la campiña. Y me despedí de Jaime Jesús.
A partir de aquel momento, hubo que ir calentando motores, porque lo que un principio parecía que iba a ser una marcha tranquila para todos, apta para niños de siete y ocho años que iban con sus pequeñas bicis, y otros en la bici de sus papis, de repente se transformó en una carrera encabezada por una moto trialera. Los más rápidos me llevaban ya, en ese momento, unos kilómetros de ventaja. Jaime, su hijo y yo, no habíamos sido los primeros en llegar a este punto, se entiende, lógicamente, él por motivos de prudencia y yo por el tiempo dedicado a las fotos. Empezó a encapotarse el cielo augurando lluvia.
Desde el comienzo de la vía verde en Jaén (490 metros de altitud), hasta Torredelcampo ( 620 metros) hay aproximadamente 12 kms de un desnivel que no creo supere el 4 %, luego se estabiliza durante unos tres kms, y tras pasar por el Túnel del Caballico, el Viaducto sobre arroyada de la Piedra del Águila, el Viaducto Bajo, el Viaducto de Torredonjimeno, llegamos a la antigua estación de este municipio. Habríamos de cruzar nueve viaductos metálicos del siglo XIX.
La antigua plataforma del tren seguía ascendiendo dirección a Martos. Me sentía muy fuerte, estaba convencido de alcanzar al grupo de cabeza. Y así fue: adelantaba continuamente a los que habían salido antes; pero al llegar a Martos, como la vía del tren cruza el casco urbano, la organización decidió que se esperase en ese punto a la retaguardia. Empezó a lloviznar. Las gotas de lluvia caían cada vez más gruesas hasta ser chuzos de punta. Pensé en Jaime Jesús: “Ojalá estén él y su papi cerca de algún refugio, puente o túnel…”. Algunos ciclistas que iban llegando no se esperaban. Cruzaban por su cuenta y riesgo. Nadie les decía nada. Tenía ganas de hacer como ellos, pues me estaba enfriando. Hice ese tramo ascendente, durante 24 kms hasta Martos, a 650 metros de altitud, demasiado rápido, con el fin de recuperar el tiempo perdido en la salida. En algunos adelantamientos me encontré de frente con otros ciclistas que venían en dirección contraria. Habría que pedir a los organizadores que cortaran o restringieran el tráfico en dirección inversa el día de la prueba como una medida de seguridad más. Fue bastante peligrosa esa situación.
Lo lógico hubiera sido que los que iban en cabeza no estuviesen obligados a detenerse hasta la estación de Alcaudete. En estas marchas cicloturistas nunca se sabe lo que caprichosamente deciden los organizadores que van en los vehículos motorizados delante de nosotros. Unas veces aprietan, otras aflojan o paran bruscamente, sin que entendamos muy bien por qué. Mientras esperábamos, me puse el chubasquero y para no aburrirme, hice algunas fotos. Ya estábamos todos, aparentemente. La moto arrancó sin avisar, y seguimos detrás de ella a gran velocidad. Íbamos, creo recordar, en este grupo de cabeza tres ciclistas de Alcalá la Real y dos de Castillo de Locubín. Entre ellos reconocí a través de la densa lluvia a Alejandro, que se preocupó por mí en la V maratón de Cazorla. El resto pronto se quedó atrás.
Llovía cada vez más fuerte. Las gotas de agua fría se cristalizaron y empezó a caer un fuerte chaparrón con granizo. El viento feroz rugía como un león contra nosotros. Llegamos a un paso subterráneo y ahí nos paramos. Pude limpiar mis gafas completamente empañadas. Poco a poco iban llegando más ciclistas. Proseguimos detrás de un motero que arrancó de nuevo haciendo caballitos y cabriolas encima de su moto, estirando una pierna, luego la otra, alzando un brazo y después el otro. De nuevo empezó otro atracón en plato grande y corona pequeña, bajo la lluvia muy densa, contra viento y marea. En la última pasarela de vistoso diseño, estrecha e inclinada del Cortijo del Chinche, vadeando la carretera, las cubiertas de las ruedas traseras de nuestras bicis se deslizaban sobre los tablones de madera mojados y resbaladizos. Había que tener cuidado: íbamos muy rápido y demasiado apretados con atención también a los pivotes situados en medio. Al salir de esta pasarela aproveché la bajada junto a Miguel Ángel Bolívar para apretar fuerte y pegarme a la moto y así continuamos en cabeza durante un largo tramo bordeado de fantásticos paisajes bajo la lluvia: olivares, montes, eriales..., hasta que nos introdujimos en otro estrecho pasaje cubierto. La moto nos había avisado segundos antes de otra parada brusca, para cobijarnos debajo del pequeño puente y esperar a los demás.
En total hubo tres parones muy marcados con descansos prolongados que, como cualquier atleta sabe, son nefastos para los resultados deportivos. El músculo se calienta en los primeros kilómetros y lleva a un desarrollo óptimo prolongado en forma de meseta si lo trasladamos a un gráfico de rendimiento. Al final de una prueba siempre hay un lento declive de la fuerza muscular. La diferencia entre un deportista y un no-deportista es que la curva de rendimiento de éste último casi no tiene calentamiento y forma una cúpula que cae rápidamente. Los organizadores deberían tener en cuenta que estas paradas de tantos minutos restan brillantez a las pruebas y pueden facilitar lesiones a los que más tiempo esperan.
En las proximidades de la aislada estación de Vado-Jaén (535 m), km 37 de la vía verde, me entró un pajarón de mil demonios. Por suerte venía detrás Remigio, de “Farmaóptics”. Se dio cuenta y me ofreció una barrita de muesli con chocolate. Desde esta crónica, mi agradecimiento.
Pensando que iba a tratarse de una cicloturista para pasear durante cinco horas, como parecía que estaba previsto, sólo me había tomado en la mañana esa naranja del primer avituallamiento. Llevaba yo otra barrita de cereales con cerezas en mi mochila y me paré a degustarlas como nunca lo había hecho antes, mientras respiraba en esta vía verde de alto valor ecológico el agradable y limpio aroma de la exuberante vegetación después de la lluvia: piornedas, retamas, adelfas, matagallos, lentiscos, majuelos, coscojas, higueras, encinas…
El peso de la mochila se había incrementado por el peso del agua que empapaba la equipación de verano que eché por si acaso apretaba el sol, una pequeña cámara de vídeo, el móvil, los regalos que nos hicieron en la salida, folletos mojados, las bragas de militar que pronto me quité del cuello porque chorreaban y la gorra también empapada.
En el siguiente avituallamiento, el segundo, bien situado, no había lo que más me apetecía: manzanas, y tomé no una sino tres naranjas. Llegaron Cristóbal Cano y Rafa Ramírez. Antes de salir les hice también fotos.
Sólo quedaban unos doce kilómetros para llegar a la estación de Alcaudete (483 m), y allí, antes de subir al Castillo, habría más variedad de fruta y tal vez, pensé, algunos pastelitos. Fui recobrando fuerzas y noté cómo mis piernas pedaleaban de nuevo a buen ritmo, aproveché la rueda de un ciclista y me volví a lanzar intentando recuperar el tiempo perdido. Pasado el famoso Pontón o Viaducto metálico sobre el río Víboras, superada la larguísima recta del Chaparral, crucé el Viaducto del mismo nombre, y después el viaducto de La Dehesilla.
Por fin llegamos al tercer avituallamiento en la estación de Alcaudete. Remigio y doce de los suyos (no sé si doce o menos, parafraseando un verso del famoso poema de Manuel Machado sobre “El Cid”) estaban ya terminando de comer fruta y se disponían a subir hasta Alcaudete para la visita prevista al Castillo calatravo.
Este último avituallamiento fue más generoso y variado. Había más fruta: manzanas, naranjas, plátanos, agua y más refrescos. Lo suficiente como para que me entraran ganas de emprender yo también aquel ascenso que parecía interminable. Luego, tras un falso llano, el último repecho hasta la fortaleza, desde donde rápidamente, sin entretenernos, algunos ciclistas pudimos contemplar desde el magnífico mirador natural y sus parapetos, unas espléndidas panorámicas de la campiña olivarera y siempre, a lo lejos, aunque esta vez más cerca, hierática, la Sierra de Ahillos en las estribaciones del macizo de Sierra Sur. Al regresar, me encontré con Leonardo Ramírez, de “Grúas Alcalá” (otro ciclista patrocinador), que había puesto toda su tenacidad en completar también la prueba. Le avisé de la enorme dificultad después de tantos kilómetros afrontando las inclemencias del tiempo, y le invité a regresar conmigo hasta la estación de Alcaudete. Medí 73 kilómetros en el contador.
Al llegar a la meta nos quitamos algunas prendas de la equipación: las camisetas y los calcetines, y las tendimos al sol. Después nos acercamos a la enorme paellera para disfrutar del buen olor y sobre todo del calor de la leña ya hecha ascuas, centelleando alrededor.
Buen banquete tuvimos. Nos dieron un buen plato de paella y una bolsa con regalos: camisetas, gorras, lápices y más folletos divulgativos. Algunos repetimos.
Llegó Jaime Castillo que había llamado a su familia cuando empezó a granizar. Volvió en bici desde Alcalá, a punto para compartir con nosotros la exquisita comida con unos buenos refrescos.
Después, Roberto Aybar León entregó los diplomas de agradecimiento a los presidentes de los clubes por su participación entusiasta. Llevamos las bicis a la furgoneta y nos metimos en el autocar para volver a Alcalá.
Con cierto orgullo puedo decir que he sido el único alcalaíno este año que ha participado en las dos pruebas cicloturistas convocadas por la FAC en las provincias de Córdoba y Jaén, complementarias ambas, a lo largo de la antigua vía verde del tren del aceite. La primera discurrió por sierras subbéticas desde Lucena a Luque, y ésta casi enlaza con aquella, desde la capital jiennense a la estación de Alcaudete.
Con afán pedagógico quiero recordar que en la construcción de las estaciones de Martos, Vado-Jaén y Alcaudete, y de estos grandes viaductos metálicos y pontones de la línea, intervinieron los prestigiosos ingenieros franceses Delapierre y Alessandre, discípulos del mítico Gustave Eiffel. El taller de ingenieros-constructores estuvo a cargo de Daydé y de Pille, de Creil (Francia) responsables de materializar estos proyectos en la última década del siglo XIX. El antiguo tren trasportaba minerales procedentes de las minas linarenses, y especialmente aceite de oliva producido en la provincia de Jaén. Por razones técnicas, en 1969 RENFE suprimió los servicios de viajeros y mercancías y empezó el desmantelamiento del tramo Torredonjimeno - Campo Real.
En 2001, la Diputación provincial de Jaén inauguró la recuperación de la vía verde como nueva, atractiva y práctica oferta de turismo interior basada en el aprovechamiento y recuperación del viejo ferrocarril como pasillo verde ideal para la práctica del cicloturismo y otros deportes en contacto directo con la naturaleza.
El Proyecto, enmarcado dentro del Programa “Vías Verdes del Ministerio de Medio Ambiente”, fue ampliamente reconocido. La AEVV (Asociación Europea de Vías Verdes), creada en 1988 en Namur (Bélgica), otorgó el Premio Europeo de Excelencia de las Vías Verdes en 2003, año de las personas minusválidas, al “Plan de Promoción de la Vía Verde del Aceite”, presentado por el Responsable técnico del Patronato de Promoción Provincial y Turismo, Don Roberto Aybar León.
En el contexto europeo, la AEVV favorece la movilidad sostenible, tiende a reducir los efectos de la polución del aire y de la congestión de las ciudades, revitalizar zonas rurales, protección de la salud pública, dinámica de desarrollo, impulso de los desplazamientos no motorizados, por sus efectos sobre la calidad de nuestro medio ambiente y sus beneficios sobre la salud de los ciudadanos.
En definitiva: la III marcha cicloturista “vía verde del aceite” promueve un cambio de mentalidad a favor de la movilidad sostenible.
Antonio González Martínez
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PRUEBA: Día Internacional de las Vías Verdes. Marcha Cicloturista de la Vía Verde del Tren del Aceite, Jaén, Mayo de 2008
AUTOR: Eduardo Soler
CRÓNICA:

ENERGÍA VERDE. MI LUCHA CONTRA LA NATURALEZA EN EL DÍA NACIONAL DE VÍAS VERDES.
El día 25 de Mayo de 2008 nos reunimos en Jaén un grupo de unos 150 ciclistas venidos de distintos puntos de la geografía jiennense, encontrándonos entre ellos 30 miembros de la Peña Ciclista Alcalaína y 10 miembros del Club Ciclista Ciclocubín.
La ruta iba a celebrarse el día 11 de mayo pero la organización decidió suspenderla por la alta probabilidad de lluvia. Sin embargo, al final no llovió ese fin de semana.
Ese día me desperté a las 6:30 de la mañana tras recibir la llamada de Remigio. Pasé una mala noche. El día anterior había hecho 50 km con la bicicleta de carretera por la mañana, llegando hasta Alcalá y Frailes y luego subiendo el puerto de la Martina y por la noche fui a la boda de un compañero de trabajo y no me acosté hasta las 3:30 de la mañana cuando llegué a mi casa. Dormí tres horas escasas.
A las 6:40 estaba vestido con el malliot del club y con la bici preparada. Me acerqué hasta el Paseo donde nos esperaba el microbús del Ayuntamiento que nos llevaría hasta Alcalá para reunirnos con los miembros de esa peña.
Al llegar a la hora convenida a Alcalá (7:30 de la mañana) cargamos las bicicletas en la furgoneta habilitada para ello, aunque algunas como la mía tuvieron que ir en el portaequipajes del autobús por problemas de espacio.
Al llegar a Jaén nos informaron de que había apuntados unos trescientos ciclistas para la ruta. La alta probabilidad de lluvia y el hecho de contemplar el cielo encapotado hicieron que no se presentaran tantos ciclistas como la organización había previsto en un principio pero al final nos juntamos un buen grupo que podría cifrarse en aproximadamente 150 personas.
La ruta salió puntualmente a las 9:30 de la mañana y en primer lugar la organización nos guió por las calles de Jaén. En ese punto me paré a hablar con Jaime (presidente de la Peña Ciclista Alcalaína) y me hizo gracia el artilugio que llevaba para poder pedalear junto a su hijo (bueno, en realidad el único que pedaleaba era Jaime aunque ambos tenían dorsal). Me dijo que era un buen entrenamiento para la Pandera pedalear con 20 kg en la parte trasera de la bici.
Pude observar en ese recorrido desde un punto elevado como la Catedral de Jaén, una auténtica joya de la arquitectura, se alzaba desde la planicie para besar el cielo.
La organización nos guió hasta el castillo de Santa Catalina, que se alza majestuosamente en lo alto de Jaén. Durante la ascensión, que tiene aproximadamente unos 7 km, el pelotón subió, más o menos, agrupado. Tardamos en ascender unos 35 – 40 minutos.
Una vez arriba, realizamos una visita al castillo que duró aproximadamente 20 minutos. Desde allí pueden observarse unas vistas extraordinarias de la ciudad de Jaén y de las sierras que la rodean, incluida la Sierra de la Pandera, el próximo dragón al que hay que vencer.
El cielo se mantuvo encapotado durante nuestra ascensión y durante la visita al castillo y en ciertos momentos incluso salió el sol en algún claro entre las nubes. Pero…
Tras la visita al castillo, la organización nos devolvió de nuevo al punto donde comenzó la ruta para iniciar nuestro camino hasta Alcaudete por la Vía Verde del Tren del Aceite.
Fue allí donde el pelotón empezó a estirarse y cada uno puso el ritmo que su cuerpo le permitía. Yo no quité ni una vez el plato grande en toda la vía verde y fui cambiando los piñones entre el 6 y el 8 (desarrollo duro).
Después de unos 20 km placenteros con tiempo nublado pero estable, empezó a llover ligeramente, en el cruce con una carretera, unos centenares de metros antes del primero de los varios túneles que tiene el recorrido. En el túnel, el brazalete que nos dieron en la salida era reflectante e indicaba la posición de los demás ciclistas, de todas formas al llevar las gafas de sol mi visión era prácticamente nula. Fue un paraje propio del Reino de las Tinieblas: frío, oscuro y húmedo. Me quité las gafas y las llevé en la boca. Mi visión mejoró, aunque al salir del túnel y colocarme de nuevo las gafas estaban totalmente empañadas y mi visión era de nuevo prácticamente nula. Opté por quitármelas y llevarlas en la mochila.
Y el Dios de la Lluvia, invocado por fuerza ajena a nuestro control, arremetió contra nosotros con una furia inigualable y renovada, castigando nuestro sufrimiento con una intensa tormenta. Yo esperaba que fuera sólo una nube, como en Ronda, que cuando descargara la lluvia cesaría. Pero los Dioses de la Naturaleza son imprevisibles y arbitrarios. Ni siquiera en Ronda llovió con tanta intensidad en ningún momento.
Nos reagrupamos los que íbamos en las primeras posiciones bajo un puente que cruzaba la vía verde. En ese momento el miembro de la organización que abría la prueba llamó por teléfono para ver si la organización estaba dispuesta a seguir con la prueba. Los ciclistas desde luego sí, a pesar del sufrimiento y las condiciones meteorológicas.
En un momento, antes de cruzar un puente, perdí mi dorsal. La lluvia intensa había degradado el papel y se había soltado de los imperdibles. Me paré para recogerlo y aproveché para ponerme el chubasquero.
La lluvia era realmente intensa. Las gotas de agua se metían en el interior del casco y me resbalaban por toda la cara. Tenía las piernas totalmente empapadas, hasta tal punto que el agua se me metía por los calcetines y mojaba la parte interior de las zapatillas.
Estuve unos 5 km pedaleando solo bajo la lluvia a un ritmo de 17-20 km/h, hasta que logré adaptarme a la nueva situación. Entonces bajé un piñón (puse el 7) y empecé a ir a 25-30 km/h.
Tras algunos kilómetros de sufrimiento, conseguí llegar a Martos. Aquel terreno ya era conocido para mí, pues el día 6 de Diciembre de 2007, hice la ruta de la Sierra de la Grana que partía desde ese punto. Muchos ciclistas decidieron abandonar la ruta en ese punto. Pero el ciclismo es un deporte sufrido, muy sufrido y en los momentos de flaqueza es cuando la cabeza debe pensar fríamente y simplemente seguir, dar una pedalada más.
Al horizonte el cielo estaba claro, y por fin la lluvia cesó. En el tramo Martos-Alcaudete puse el desarrollo más duro de la bici y lo hice a un ritmo frenético, sobre todo en el momento en que me atraparon Rafa Ramírez y Cristóbal de la Peña Ciclista Alcalaína, unos 4 km antes de llegar al avituallamiento de Las Casillas. Me puse a su rueda pero su ritmo era de unos 35 km/h y sólo pude aguantarlo durante unos 5 minutos. Poco después me alcanzó también Alejandro Valderas, al que seguí a unos 20 metros de su rueda hasta prácticamente llegar a Las Casillas.
En ese avituallamiento tomé una mandarina que tuvo que pelar el miembro de la organización que allí se encontraba ya que a me fue imposible. Él mismo nos informo que quedaban 11 km hasta la estación de Alcaudete donde terminaba la ruta.
En ese último tramo de vía verde puse un ritmo frenético con el desarrollo más duro de la bici, e incluso fui adelantando a gente que había salido antes que yo del avituallamiento. Salió el sol, y los Dioses de la Naturaleza decidieron que era hora de una tregua.
Al terminar, había la opción de subir hasta el castillo de Alcaudete pero la mayoría decidimos no subir hasta allí. Solo Remigio, ya recuperado de su lesión en su rodilla, decidió llegar hasta allí.
Antes de la comida, me quité, como hicieron otros, las zapatillas y los calcetines y dejé que se secaran al sol. También me quité el chubasquero y la chaqueta del malliot que estaba completamente empapada.
Nos ofrecieron una paella para comer y una bolsa con regalos. Todo por el módico precio de 0 euros.
Fueron “sólo” 65 km en llano pero la lluvia se encargó de endurecerlos. Todo lo que no te mate te hará más fuerte.
A pesar de las condiciones un hombre puede crecerse ante la adversidad y seguir luchando aunque esté al borde de desfallecer. Como reza un antiguo proverbio chino: Demuestra fortaleza el hombre que ante un golpe no cae, pero más aquél que cae y se levanta.
Eduardo Soler Rosales
Castillo de Locubín, 27 de Mayo de 2008
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PRUEBA: VI ASCENSO A LA PANDERA, 1 de Junio de 2008
AUTOR: Antoine González
CRÓNICA:
El sábado por la noche llamé a Jaime para confirmarle que iría con el grupo en la furgoneta de Pablo Moyano. Había estado escribiendo mensajes en el foro cicloturista de la Sierra Sur de Jaén sobre otras pruebas y otros temas que parecían suscitar interés entre los participantes.
Me acosté tarde, pero antes de que sonara el despertador, ya estaba enfundado en el maillot con el elegante diseño de la Mota en la espalda, para lucirlo durante toda la Ruta Cicloturista Sierra Sur de Jaén “VI ascenso a la Pandera”.
Repasé el perfil de esta nueva edición: Los Villares, Martos, Fuensanta, Castillo de Locubín, Puerto de Locubín, Valdepeñas, Puerto de Ranera, el Alto de la Pandera con 1872 m y desnivel acumulado de 2600 m y por último el regreso a Los Villares. Unos 115 kms en total. Los sesenta primeros son toboganes rompepiernas y falsos llanos mortíferos bordeando onduladas campiñas de olivares, encinares, cerros pelados y barrancos, discurriendo por paisajes de media montaña en las estribaciones del macizo de Sierra Sur. Nos reunimos en el Parque de los Artesanos una decena de ciclistas alcalaínos.
Luego llegamos a Castillo de Locubín donde se incorporaron a la Marcha otros ciclistas, casi todos con bicicleta de montaña, procedentes en su mayoría de esa misma localidad y otros quince más de Alcalá la Real.
Contábamos, por tanto, de antemano con todas las bazas para retar a ese mítico Coloso de admirable envergadura que en los años 2002, 2003 y 2006 se convirtió en un referente simbólico para todos los ciclistas de nuestra comarca, puesto que esta cumbre fue la meta de la Vuelta Ciclista en una de sus más duras etapas.
Para algunos aficionados al ciclismo, ya era una prueba difícil mucho tiempo antes, cuando aún no había una verja que cerrara el paso a nadie. Allí subíamos conocidos ciclistas como Juan Manuel Lizana, Isidro Nieto (de La Pedriza), y yo mismo. Salíamos muy temprano de Alcalá y a veces culminábamos el Alto de la Pandera internándonos en una densa niebla que nos acompañaba incluso durante la bajada.
Tiempos inolvidables aquellos para pioneros del ciclismo en nuestra tierra, que hoy seguimos subiendo a la Pandera, pero acompañados ahora por muchos ciclistas de nuestra ciudad y de otros clubes que llegan cada año a competir en esta prueba puntuable para la Copa de España.
Eran casi las siete de la mañana del domingo 1 de junio. Puse un punto final a aquellos recuerdos que me invadieron la mente durante el frugal desayuno.
Bajé en mi bici a la estación de autobuses y esperé. En ese momento se disponían a subir en unos autocares medio centenar de jubilados que iban a competir a la petanca a otra ciudad. Charlé un rato con uno de ellos, mientras llegaba Pablo con su furgoneta y, finalmente, Jaime Castillo, el presidente de la Peña. Metimos las bicis en el vehículo y se acercó otro ciclista avisándonos de que Isidro, Juan Manuel y otros estaban en el “Rabillo”. Allí tomé una instantánea de todos reunidos y luego de Isidro, apoyado su codo sobre el mostrador, desayunando, en un ritual que repite al menos desde que le conozco.
Pablo condujo su furgón como un piloto de las 24 horas de Le Mans. Nunca había subido en su vehículo ni probado su conducción. Al principio, he de confesar que me sorprendieron sus rápidos movimimientos y reflejos al volante, aunque es evidente que domina bien su vehículo. Llegamos a Castillo de Locubín y desde allí hicimos en coche la ruta que horas más tarde haríamos en bicicleta. Pronto coronamos el puerto de Locubín, bajamos hacia Valdepeñas y empezamos a subir al Puerto de Ranera, pasamos delante de la famosa verja de la Pandera y seguimos hacia Los Villares. Martín Contreras nos saludó en la llegada. Excelente ciclista con quien salía hace años, que ahora ostenta una forma y un físico que me recuerda mucho a Federico Martín Bahamontes. Como haciendo honor a este parecido, nos demostraría que él también es un águila, pero no de Toledo, sino de la Pandera. Llegamos juntos a coronar la meta.
No estábamos todos en aquella salida del Parque de los Artesanos. Algunos alcalaínos habían elegido el trayecto de menor dureza, que arrancó en Castillo de Locubín. Entre ellos, por citar sólo algunos: José Antonio Fuentes, Cayetano Montañés, Eduardo Ramírez, Juan Carlos Carrillo y Pedro Sánchez de “Mundo Hobby”, nuestro mecánico oficial de la Peña desde su refundación.
Mientras nos entregaban los dorsales, me fui alternando con Miguel Peralta, fotógrafo profesional de la Diputación, haciendo fotos a los alcalaínos que iban llegando, junto con algunos castilleros y otros jóvenes ciclistas que había conocido en otras rutas y que me agradaba volver a saludar. Uno de ellos, Domingo Martínez, a quien conocí en Cazorla cuando un pequeño grupo de “bikers” estuvimos perdidos en aquellos cerros poblados de frondosos bosques, debido a la pésima señalización. En aquella ocasión tomé de él una instantánea bajando por uno de los senderos, no el más peligroso, que inmortalizó nuestro despiste. Rodé en esta ocasión durante algunos kilómetros con él y sus compañeros desde Fuensanta hasta Castillo de Locubín.
Seguimos al vehículo de la organización tras la salida. El puerto de los Villares está situado a unos 650 metros de altitud. Desde ahí hasta la cima de la Pandera (1872 m) nos esperaba un trazado que podríamos dividir en dos mitades o etapas:
En la primera abundaban los toboganes rompepiernas durante unos sesenta kilómetros hasta Castillo de Locubín, pasando por Martos y Fuensanta. Ese recorrido se mantiene casi horizontal, a unos 700 metros, pero con un perfil en forma de sierra con cuestas arriba y abajo, y falsos llanos interminables, mortíferos. El perfil incluía la prolongada cuesta de mil demonios antes de llegar al parque municipal de Castillo de Locubín, donde nos esperaba un generoso avituallamiento.
La segunda mitad comenzó en este pueblo. Consiste en una subida progresiva con apenas bajadas pronunciadas, excepto el descenso hacia Valdepeñas después de coronar el Puerto Locubín. Y finalmente desde esta localidad hasta el alto de la Pandera. Este tramo podría igualmente dividirse en dos partes: ascenso indulgente hasta el Puerto de Ranera, y desde ahí la etapa final de nueve kilómetros, la más dura, hasta culminar la meta. En la famosa verja empezaría la cronoescalada propiamente dicha hasta coronar la alta cima de la Pandera.
A pocos kilómetros de Castillo de Locubín, mientras duraba el primer tramo de un 8 % de desnivel, Jaime y yo nos turnamos para tomar fotos a un grupito formado por algunos paisanos que se habían incorporado en el parque de esta vecina localidad. Pero pronto el grupo se dispersó.
Después de nueve kilómetros de ascenso continuado, llegamos al Puerto de Locubín. En este punto ya podíamos divisar la Pandera y su imponente presencia. Nos dejamos caer como piedras lanzadas por hondas enfilando las sinuosidades de esa carretera.
En Valdepeñas empezó un ascenso suave, sostenido, de siete kms hasta el puerto de Ranera (1200 m). Tras una pequeña bajada con curva a la izquierda, llegamos a la verja. Hacía frío. Nos había acompañado, durante toda la ruta, un cielo nublado con un tímido sol que se había escondido por completo, como avergonzado, ante este arrogante, soberbio y fabuloso reto de un pelotón de aficionados ciclistas dispuestos a conquistar al coloso “La Pandera”.
Empecé a pensar que tal vez, como en el año 2004, nos esperaría allí arriba a pocos metros de la meta, un chaparrón de granizo, el mismo con que nos viene vitoreando la caprichosa meteorología esta temporada desde la “V Maratón de Cazorla” a la “III Vía verde del Aceite”.
Aproveché que la organización tenía retenida y apretada a la cabeza de la pitón ciclista para tomar algunas fotos a este impresionante paisaje con las altísimas y lejanas antenas de comunicaciones acariciando desde la cumbre unas grisáceas nubes de plomo. Fotografié el ángulo que forma la C-3221 con la línea recta asfaltada en pendiente muy acentuada desde su arranque en la verja. Esta cuesta se estiraría sinuosamente como una serpiente boa engullendo lentamente a todos los ciclistas previamente neutralizados durante unos minutos delante de las vallas por fin abiertas.
Se disparó la cronoescalada. Oímos un crujido de calas impresionante, seguido de un chirrido de cambios bruscos en los desarrollos. Hice un par de fotos más mientras se iba despejando de ciclistas la verja. Bloqueé el teléfono móvil, lo guardé en el bolsillo trasero del maillot, y empecé a escalar. Me quedé el último, aunque me sentía bastante fuerte.
Tras superar esa primera rampa de un 16 % de desnivel entre desgarradas rocas adornadas con piornos amarillos, alcancé a mis compañeros, Juan Carlos Carrillo, Pablo Moyano, Pedro Sánchez, Isidro Nieto, Jaime Castillo y muchos más; los adelanté, y seguí sin parar a un ritmo frenético, manteniendo una cadencia regular, muy rápida, durante prácticamente cinco kilómetros. No miré ni saludé a nadie, apenas un gesto, un ademán fugazmente esbozado en señal de reconocimiento. En esta escalada, no contemplé ni el paisaje. Me concentré en mi respiración. Nadie me adelantó, era imposible. Salí demasiado tarde y eso me motivó. Siempre me he crecido en momentos así, la mala suerte de la salida fue un acicate. Algunos alcalaínos y castilleros, entre ellos Cristóbal Cano, José Jiménez, Eduardo Ramírez, me saludaron y animaron al adelantarles: “¡campeón!”. Otros intentaron engancharse a mi rueda, pero no podían. No era Pantani ni iba dopado, sabía que no podría mantener ese ritmo mucho tiempo, pequeños grupos compactos de ciclistas me cerraban el paso, tenía que aminorar la velocidad, me rompían el ritmo, además no estaba tan fuerte como en aquellos tiempos que hacía estas rutas con la peña de Isidro.
Seguí escalando muy rápido, serpenteando las curvas y enfilando las rampas, en una posición aerodinámica, procurando no mover más que las piernas, ni la cabeza ni el cuello. Llegué a donde casi siempre me suelo atrancar, sobre todo con cerca de 90 kilómetros ya en los cuadriceps, soleos, gemelos, y hasta los brazos me temblaban un poco. No quería bajar al plato pequeño. Estaba subiendo con un 39 x 26. Me puse en pie sobre los pedales, balanceándome “en bailarina”, como dicen en Francia. Pero era imposible mantener ese ritmo. Tenía que bajar al plato pequeño: 34 x 26. Así recuperé la energía que estaba perdiendo. Y volví a sentarme sobre el sillín para pedalear en molinillo durante dos kilómetros.
De nuevo se suavizó bastante la inclinación de la carretera, creo que habíamos pasado a un 14 %, pero ese tramo duró poco y subí inmediatamente al plato mediano hasta llegar a otra rampa del 18 %. Mis piernas flaquearon, y sentí un sudor frío. Cambié rápidamente a un desarrollo más fácil para aligerar los músculos, que ya pesaban como ladrillos de hormigón. Respiré profundamente: “energía, transformación, flexibilidad, elasticidad, inteligencia”, iba repitiendo en silencio cada vez que llenaba de aire puro y limpio mis pulmones.
Ya estaba ahí la otra verja, también abierta. Después, una curva a la derecha y una bajada impresionante de unos quinientos metros seguida de una rampa muy empinada de igual distancia. Subí al plato grande y bajé a la corona más pequeña. Aprovechando aquella bajada vertiginosa, apreté sobre ese desarrollo en plato grande durante el último kilómetro y adelanté ahí también algunos puestos. Vi a Martín coronando la meta. Ese tobogán parecía la garganta de Pantagruel que me estaba tragando en sus entrañas sin poder masticarme. Opté por colarme como un abejorro en su faringe y subí de nuevo entre sus cuerdas vocales de vibrante aire fresquísimo hasta que me escupió en línea de meta, junto a mi amigo Martín.
Estaban ya en el hangar de las antiguas instalaciones militares algunos alcalaínos y castilleros que salieron de Castillo de Locubín y habían elegido la versión más corta de la prueba: Cayetano Montañés, José Antonio Fuentes... Me uní a ellos y tomé leche chocolateada, un plátano y un pastelito porque mi cuerpo pedía glucosa. Había un extraordinario y muy generoso surtido de fruta y bebidas. Me acerqué a una ventana e hice estiramientos colocando un pie en el alfeizar, luego el otro, inclinando mi columna vertebral a lo largo de mi pierna, mi frente sobre la rodilla, y luego cambié de ejercicio, doblando hacia atrás mis piernas hasta casi tocar mi cintura con el talón, así durante unos minutos mientras estaba comiendo fruta y bebiendo a sorbos agua mineral.
Por fin llegaron todos los alcalaínos. Hice una foto de mis compañeros con miembros de la organización, voluntarios y ayudantes de Cruz Roja.
Un ángel que me observaba, con alas verde caqui militares, me interpeló preguntándome con un susurro cómplice de gélido viento al oído: “¿Cómo te las arreglas, Antoine, para quedarte fuera cuando hacen las fotos buenas?”
Después regresamos a Los Villares. Isidro pinchó bajando. Me paré para ayudarle. Ya sólo tenía que inflar la cámara y montar la rueda. Llegaron Jaime y otros. Lo dejé en buenas manos.
En el falso llano de 4 kms que empieza a la salida de la verja, hasta Puerto Viejo (1150 m) fui hablando con Joaquín, un ciclista de Valdepeñas, futura promesa del ciclismo de la comarca, y con Domingo, el chaval que conocí en Cazorla. Después me lancé durante aproximadamente los trece kilómetros de bajada hasta Los Villares. Pronto llegó Jaime Castillo, bajaba volando como un halcón peregrino, y llegamos juntos al Parque de los Artesanos, siempre detrás del vehículo de la organización que iba bastante rápido por aquella sinuosa carretera. Allí esperamos a nuestros compañeros. Nos fuimos al Salón donde estaba preparada una buena comida servida sobre mesas con lujosos manteles, y nos sentamos en unas sillas cómodas para el mejor y merecido reposo de los ciclistas guerreros al final de su mítico pulso con el Coloso.
Hubo un gran alborozo en el grupo cuando la organización otorgó tres premios a la Peña Ciclista Alcalaína, entregados por ADSUR y la RFEC:
-
Al Club más numeroso en la clasificación general: Circuito Medio Fondo, VI Ruta Cicloturista “Sierra Sur” Ascenso a la Pandera.
-
Al Club de la comarca Sierra Sur con mayor número de participantes con licencia en categoría de cicloturista.
-
Al Club con mayor número de participantes que hizo el recorrido completo.
Estos trofeos están expuestos en el escaparate de “Mundo Hobby”.
El presidente de la Peña alcalaína estuvo magnífico hablando al micrófono y animando a todos los clubes allí presentes, representantes de organismos, asociaciones e instituciones, a seguir fomentando la práctica del ciclismo en nuestra comarca.
Ángel Rosales, el titular de Deportes del Ayuntamiento de Valdepeñas y máximo responsable de este evento, como todos los años, hizo insuperable su cometido desde su grandeza tanto profesional, como humana y física (es un gran deportista), y muy especialmente, su siempre inefable y grata simpatía. Desde aquí un cariñoso saludo de quien fue uno de tus primeros profesores de BUP en Valdepeñas durante el Curso 88-89, todavía no existía ni siquiera instituto de secundaria en tu pueblo.
Las palabras de Jaime Castillo levantaron a un sector del público que aplaudía y vitoreaba a nuestro presidente. Después de este acto, mantuvimos breves conversaciones con personalidades del ciclismo de la provincia de Jaén y de nuestra comarca sobre temas de capital importancia y cuestiones atinentes a próximas pruebas como la “II Ruta BTT Río San Juan” y la “Maratón Btt Dessafío de la Sierra Sur”
Antonio González Martínez, 3 de junio de 2008.
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PRUEBA: VI Ascenso a la Pandera, 1 de Junio de 1008
AUTOR: Eduardo Soler
CRÓNICA:
DAVID CONTRA GOLIAT. SUBIDA AL PUERTO DE LA PANDERA 2008
crónica de Eduardo Soler Rosales
El día 1 de Junio de 2008 nos congregamos en el Parque Municipal de Castillo un puñado de ciclistas dispuestos a aceptar el reto de vencer al cielo de la Sierra Sur: el puerto de la Pandera.
Ese día me despertó a las 7:00 de la mañana. Estaba nervioso. No era consciente en ese momento del dragón al que tendría que vencer. Desayuné tostadas con mermelada y aceite como todas las mañanas. Eso me dio energía para superar las primeras rampas del recorrido.
Después de sentarme un rato frente al televisor, decidí prepararme para el reto. Me afeité cuidadosamente, rellené el bidón de agua y recogí todo lo que me hacía falta para la bici. Decidí no llevar mochila, el peso podráa pasarme factura en la subida. Metí un par de barritas en la parte trasera del malliot y una cámara y los desmontables en la mochililla de la bicicleta.
Me vestí a las 10:00. Me puse el uniforme de verano con la chaqueta corta al observar que el Sol brillaba espléndido sobre el cielo de Castillo de Locubín. A las 10:30 me reuní con los demás miembros de Ciclocubín que decidieron aceptar el reto en el Paseo. Después de pasar por el control de firmas y me entregaran el dorsal comí un plátano del avituallamiento instalado a tal efecto. Con posterioridad los hermanos Cabrera me ayudaron a poner un poco más de presión a las ruedas de mi bicicleta. Al inflar la rueda trasera partí la válvula al sacar la bomba, pero no había tiempo para cambiar la cámara. La carrera estaba a punto de llegar desde Los Villares. José Pileta y Milla, al no disponer de bici de carretera, pusieron cubiertas lisas a sus bicicletas de montaña. Esas mejoras se mostrarían fundamentales en el momento de la verdad.
Esperamos durante casi una hora a que se acercara hasta allí la carrera que venía desde Los Villares. Seis miembros de nuestra peña decidieron tirar por delante y no esperar a que llegara el pelotón. Luego serían descalificados.
El pelotón llegó a Castillo sobre las 11:15. En él se encontraba José el Sastre, el único miembro de nuestra peña que decidió hacer el recorrido largo. Después del acto protocolario de corte de cinta, el pelotón, con la incorporación de los ciclistas salidos desde Castillo, emprendió su camino hacia la gloria o el infierno.
Para salir de Castillo, la organización nos desvió por la calle Calzada hacia arriba. Esa calle tiene un par de rejillas que la cortan transversalmente y que fastidian un poco a los ciclistas que llevamos bicicletas de carretera ya que las ruedas pegan un trancazo en las mismas y hay que atravesarlas haciendo una S con la bici.
Después iniciamos el descenso hasta el puente del río San Juan, para iniciar el primer puerto de la jornada: el Puerto de Locubín. Iniciado el ascenso, José Sastre y yo nos pusimos en cabeza de la prueba. Pronto nos alcanzó José Antonio Fuentes de la Peña Ciclista Alcalaína para decirnos que nos había visto por la tele en un reportaje sobre los 101 de Ronda.
Ascendimos a unos 13-14 km/h hasta la Sierrezuela. Luego el grupo se estiró un poco más para afrontar los 5 km que separan ese punto del alto del Puerto, aunque al tener un coche de la organización marcando el ritmo, un tramo de menor pendiente servía para recuperar el ritmo de los de cabeza. José el Sastre me dijo que había que guardar fuerzas para lo peor, que el puerto de Locubín no era ni media Pandera.
Y así lo hice. En el último kilómetro y medio puse un ritmo más suave y me descolgué ligeramente de los de cabeza, manteniéndolos a unos 100 metros. Lo pasé mal durante unos minutos, me entró un bajón.
Por suerte el alto del puerto estaba cerca y pude recuperar de nuevo fuerzas en la bajada hasta Valdepeñas de Jaén y me puse de nuevo a la altura del pelotón de cabeza.
Había vencido al primer puerto pero aún quedaba otro antes de la temida e invencible Pandera: el Puerto de la Ranera o Matarratas.
Por suerte, el segundo puerto era sólo una sucesión de falsos llanos, con alguna rampa de mayor pendiente. Aún no había estrenado el plato pequeño de la bici de carretera. En un tramo el viento soplaba con cierta intensidad y José el Sastre se colocó a mi rueda para resguardarse, me utilizó como gregario durante unos minutos. Cuando me di cuenta me dijo que yo hiciera lo mismo, que buscara una rueda para evitar en lo posible el desgaste antes del gigante.
A unos pocos kilómetros del inicio del puerto de la Pandera la organización nos paró para que el pelotón se reagrupara. Estaba nublado, a diferencia de cuando salí de mi casa, y en lo alto de la Pandera se observaban nubes bajas que cubrían la cumbre. Desde abajo, sin embargo, se veía con claridad la ascensión de la Pandera. No parecía tan dura como La Camuña vista desde abajo.
A los pocos kilómetros, la verja se abrió pero no era San Pedro quien nos abría las puertas del cielo sino el diablo que nos sumía en el más profundo de los infiernos.
Empecé la subida con el plato mediano y el piñón grande junto con José Sastre y José Pileta. Superé la primera rampa con ese desarrollo y enseguida pude ver que era demasiado duro para mí. Oí en ese momento como alguien gritaba por detrás: ¡Dios, me he equivocado de cubiertas! y pensé en el gran esfuerzo que debe suponer vencer a un dragón como este con una bicicleta de montaña. Cambié a plato pequeño y bajé un piñón. Mi ritmo mejoró sobre todo en la primera parte de la subida. Pero eso hizo que José Sastre y José Pileta se despegaran de mí a aproximadamente 50-70 metros.
Antes de llegar a la parte más dura del puerto ví como José Pileta se despegaba de José el Sastre y como la distancia entre ellos se hacía cada vez mayor. Yo seguía manteniendo a José el Sastre a la misma distancia.
Mediada la primera parte del puerto me alcanzó por detrás Manuel Cabrera con bicicleta de montaña. Yo quemé algunas de mis fuerzas y pude despegarme de él unos metros.
Pero lo peor estaba aún por llegar y yo sabía con absoluta certeza que La Pandera era un gigante cruel y despiadado que vendería muy cara su derrota. Y así lo demostró.
La segunda parte de la ruta consistía en una rampa de 2,5 km al 15% mínimo (yo creo que había rampas dentro de ésta que superaban el 20%). Al iniciar este tramo me alcanzó Manuel Cabrera. Pedaleé a su rueda durante unos minutos escasos pero luego él se despegó de mí, manteniéndose a unos metros y alcanzando a José el Sastre. Unos minutos después pude ver como se colocaba a la altura de José Pileta.
La rampa era una prueba del poder absoluto de la montaña, de los siglos, milenios, centenares de miles e incluso millones de años que ejercía poder sobre los hombres.
No logré superar los 6.0 km/h en todo ese tramo. Tenía que levantarme de la bici y utilizar el estilo bailarina, recordando las gestas del desaparecido Marco Pantani que utilizaba dicho estilo, para alcanzar esa velocidad. Cuando me sentaba encima de la bici no lograba más que ir a 5.0-5.5 km/h. Ya no tenía referencias de ningún miembro de Ciclocubín, sólo miraba el firme. Cunado levanté la cabeza observé que José el Sastre seguía pedaleando, haciendo S en la carretera, a unos 50 m de mi posición.
Animaba a los ciclistas que veía parados en el borde de la carretera o arrastrando la bicicleta. Pero comprendía su sufrimiento. Yo también he pasado por eso en otras carreras.
Al llegar a la primera caseta con un repetidor pensé que el sufrimiento había terminado. Pero la montaña todavía tenía un as en la manga, algo que hubiera hecho desistir a la mayoría de personas que no comparten el dolor, la dureza y también la emoción de este deporte. La rampa continuaba, era interminable. Pero las montañas están hechas de piedra, son frías y duras. No pueden crecer como las plantas.
Por fin había un terreno en falso llano (con pendientes del 15 % durante 2,5 km, falso llano parece cualquier cosa) que me permitió bajar un par de piñones y poner un desarrollo más duro a la bici.
José el Sastre estaba a apenas 15-20 m de mi posición de modo que quemé la poca gasolina que me quedaba para intentar atraparle. No pude. Por suerte para mí había una rampa de descenso que bajé a tumba abierta y me coloqué a rueda del sastre al empezar de nuevo a pedalear. Justo antes de adelantarle le grité: Vamos José, que te pillo. Le gané unos metros antes de coronar.
Al cruzar la meta dí una palmada al aire y levanté los brazos. Lo había logrado en 54 min 29 seg. No esperaba este resultado. Pensaba que tardaría 1 hora o 1 hora y 10. David venció a Goliat. Yo vencí a la Pandera.
Para despedirme sólo quiero recordar los versos del himno oficioso del Liverpool: YOU'LL NEVER WALK ALONE "nunca caminarás (pedalearás) solo", nunca ningún ciclista estará solo en la Sierra Sur.
Eduardo Soler Rosales
Castillo de Locubín, 2 de Junio de 2008.
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PRUEBA: Marcha cicloturista Alcaudete, 8 de Junio de 2008
AUTOR: Antoine González
CRÓNICA:
Crónica cicloturista como un poema en prosa para leer ante un semáforo.
Un trofeo que no pudo ser.
Hace dos años, en la primera edición de esta marcha, me obsequiaron con un trofeo por representar a la Peña de Motril, club participante más lejano. Se trataba de una maqueta de la fortaleza calatrava de Alcaudete también denominada en tiempos árabes Hisn al-Qabdaq, “castillo de los manantiales”.
Aquella ruta compartía con ésta el principio: la larga cuesta hasta llegar al primer avituallamiento sólido en lo más alto de un monte de olivos; y en su tramo final, la Sierra de Ahillos, donde nos esperaba otro avituallamiento, el tercero en esta última edición.
Íbamos dos alcalaínos en aquella ocasión, uno de ellos médico de profesión, Manuel Zafra. Vestía el maillot del club MTB alcaudetense y, además, intervino en el auxilio de un ciclista que se cayó y se partió la clavícula en uno de los carriles descendiendo por el trazado curveado y trialero en la vertiente de esa Sierra. Este año, por suerte, ningún trágico suceso ha marcado esta ruta. Alguna que otra caída, como la de Eduardo Soler que se hirió el antebrazo izquierdo sin graves consecuencias.
Aquel año apenas acudieron 70 ciclistas. Este domingo, hubo una congregación de unos 180 participantes, de los cuales una decena eran de Alcalá la Real y otros tantos de Castillo de Locubín. Además concurrieron participantes de otros clubes de Jaén, Torreperogil, Bailén, Jamilena, Granada, Montefrío, Doña Mencía, etc. Hice unas fotos en las que posaron casi todos los ciclistas delante del Santuario Nuestra Señora de la Fuensanta.
La marcha arrancó a las 9:30 del Parque al que da nombre la Virgen del Santuario, se adentró en el casco urbano de Alcaudete, hizo un breve recorrido por calles adoquinadas, al pie de las murallas del castillo y salió de la ciudad por la carretera de la estación, en dirección a la antigua escombrera. Desde ahí siguió el carril de las viñas y cruzó el puente de piedra sobre la vía verde hacia Vadillo Romero. En este punto hubo que vadear el río Víboras; a continuación, tras superar una empinadísima cuesta, bajo un viaducto, accedimos directamente a la antigua plataforma del tren del aceite. Los ciclistas cruzaron el pontón y encontraron al final de éste un primer avituallamiento líquido que fue providencial para proseguir por tierras secas y polvorientas, girando en ese punto hacia la izquierda en dirección al “Cortijo el Almendro”. Una vez pasado el Cruce del Chaparral tuvimos acceso a la carretera de Martos.
El recorrido de esta nueva ruta apenas transcurrió por asfalto. La organización priorizó un circuito por carriles de ensueño como un trazado de escritura estilográfica por encantadoras tierras de maravillas recién espabiladas a la dulzura del viento y del sol, fruto de este mes de junio lluvioso, similar a tierras nórdicas en algunos paisajes.
A poca distancia de coronar la cumbre de esta ruta, a unos 1100 m de altitud, llegamos a un paraje que parecía el Edén: un valle de vegetación exuberante al pie de un cerro verde, con árboles frutales, y escalonados cultivos más allá de unos chaparros, una colina plagada de olivos, y un aire fresco con trinos de pájaros. Allí había otro avituallamiento.
Un poco más arriba me reuní con mis compañeros y mientras esperábamos, me subí a un almendro. Les tomé unas fotos y los grabé con el ojo de la cámara, súbitamente convertido en esperpéntica visión o mirada sobre coturnos de soberbio actor tragicómico en la corteza troncal del humillado árbol. A mí también me fotografiaron: especie de “rara avis” mediterránea en extinción, enfundado su radiante plumaje en tropical maillot de ciclista aficionado. José Antonio Fuentes, de la peña alcalaína no sólo tuvo ese día buenas piernas, también acertó con su buen tino de fotógrafo.
La marcha transcurrió en dirección al Cortijo Purguita, dejando a la derecha la Fuente Zarza. Un poco más lejos, el Cortijo Chircales y las ruinas de la Casería Solís. Después, otro tramo de asfalto, la carretera de las Casillas, y desde ahí en dirección a Cortijo Grande, Fuente la Teja. Por fin el desvío por un Carril Forestal, una rápida subida adelantando a muchos ciclistas hasta la Loma del Gitano y otro avituallamiento, éste con ricos bollos rellenos de nueces y almendras.
Llegamos muy pronto unos pocos. Se hizo larga la espera al resto de ciclistas. Algunos, mientras comíamos bajo los altos pinos, buscamos para sentarnos espacios soleados que iluminaban los embriagados y diapreados rayos del sol rompiendo aromas de resina, cerveza sin alcohol, agua mineral, limonadas, latas de “acuarius” y “coca cola light” así como otros refrescos.
Llegó Rubén Montañés, por quien ya nos estábamos preocupando: se había parado para ayudar a otro ciclista que había pinchado. Poco después, espectáculo circense, sube un joven Sansón, ciclista tirando de toda su peña con unas cámaras viejas atadas, la primera a la tija de su sillín y al manillar del compañero que le seguía, y así hasta el último. Todos con silueta de buenos vividores, con apenas gotas de sudor en la frente, y el joven coloso más fuerte que Hércules con los poros de su piel de cobre rebosantes de un halo fúlgido y sudoroso.
El perfil de la ruta fue de toboganes rompepiernas, con algunas cuestas sinuosas sobre carriles de piedras sueltas, bordeando una vegetación muy variada: olivos, almendros, higueras, chaparros, coníferas, zarzas, verdes prados y altas sierras lejanas. Los primeros diez kilómetros de bajada con trialeras a veces peligrosas, como las últimas del circuito en dirección a Fuente Amuña y la Ermita de la Fuensanta. Entre estos dos puntos extremos de la ruta: 15 kms de subida desde el río Víboras ( 400 m) hasta coronar 1100 m, tras descansar durante un cuarto de hora, nada rabelaisiano, en un paraje de jardín paradisíaco.
Luego un descenso de montaña rusa hasta bajar a los 880 m para volver a ascender a unos 950 m por las faldas de la Sierra de Ahillos. Desde ese calvero, otras veces subimos hasta el refugio del guarda forestal, y de haber seguido por esos senderos habríamos coronado la cumbre del Pico Ahillos a 1453 m de altitud.
Proseguimos detrás del vehículo de la organización por un carril rompepiernas de sucesivos toboganes hasta que, próximos a la meta, de súbito, mientras guardaba el móvil en el bolsillo trasero de mi maillot, arrancó el todo terreno y me dejó atrás. Esprintaron todos los que iban en el grupo de cabeza a lo largo de un ancho carril durante un par de kilómetros; creí, en un esfuerzo titánico, adelantarlos a todos, pero en cuanto aceleró el vehículo se había escapado Jose Miguel Contreras, mitad alcalaíno, mitad castillero, que había conseguido mantenerse detrás del coche y llegó primero. Cabe destacar que este compañero siempre lleva una prenda de la equipación de Ciclocubín y otra de la peña alcalaína.
En la bajada, se cayeron algunos, Eduardo Soler se lesionó el antebrazo izquierdo. Rafa Ramírez completó el recorrido (un total de 40 km) con vendas en las rodillas y en el brazo derecho. Se accidentó días antes, el viernes 6 de junio, sobre el asfalto que le había quemado la piel. Espero que no sea nada grave y pronto esté del todo recuperado. Nuestras cicatrices son gajes del oficio. Tatuajes naturales que adornan la piel de los ciclistas.
En esta ocasión participé con los colores de mi otra peña ciclista, el Club Radiovisión de Motril, al que tengo muy abandonado y me he propuesto llevar de vez en cuando su diseño. A pesar de todo, mi corazón es plenamente alcalaíno. Lo más valioso de esta marcha fue poder compartir momentos sublimes en plena naturaleza, rayanos en una aventura tipo “Paris-Dakar” en miniatura, no sólo por el polvo que durante algunos tramos fuimos tragando detrás del coche de la organización, sino por las gratas conversaciones que mantuvimos en los descansos, avituallamientos, disfrutando de sutiles aromas silvestres, de magníficos y emocionantes paisajes, y al final, durante la comida, de apacible complicidad y risas.
Antonio González Martínez, 9 de junio de 2008.
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PRUEBA: Marcha Cicloturista Alcaudete, 8 de Junio de 2008
AUTOR: Eduardo Soler
CRÓNICA:
GAJES DEL OFICIO. MI CRÓNICA SOBRE LA III RUTA CICLOTURISTA BTT DE ALCAUDETE.
El día 8 de Junio de 2008 nos reunimos en el parque municipal de Alcaudete 6 ciclistas de Ciclocubín y unos 10 de la Peña Ciclista Alcalaína.
La ruta contaba como principal aliciente la subida a la Sierra Ahillos, con 15 km de ascensión. Estaba preparado para afrontar este reto, especialmente después de vencer a La Pandera la semana anterior.
Me reuní con el resto de miembros de Ciclocubín a las 8:45 el Paseo. No me fijé en la llamada que me hizo Remigio el día anterior para decirme que la hora de encuentro era a las 8:30. De todas formas, llegamos con tiempo de sobra al control de firmas en Alcaudete. Yo fui en el coche de José “Pileta” y durante el trayecto estuvimos comentando los detalles de la subida al Veleta, a la cual ambos estamos inscritos. Después de vencer a un “coloso” como La Pandera nos hacen falta otros retos.
Llegamos a Alcaudete a las 9:15, al control de firmas. La Organización nos entregó, además del dorsal, una bolsa con frutos secos, chocolatinas y otros dulces. Yo me comí las chocolatinas ya que si las guardaba podrían derretirse.
Hacía un Sol de justicia que se encargó de endurecer la prueba. Me sorprendió ver como Rafa Ramírez de la Peña Ciclista Alcalaína realizaba la marcha a pesar de tener un codo y ambas rodillas completamente vendadas por una caída producida dos días antes. Por suerte para él las heridas eran sólo superficiales. Los ciclistas tenemos esa mentalidad, no estamos dispuestos a rendirnos a pesar de las heridas. Son gajes del oficio.
La marcha se inició con cierto retraso. La Organización nos guió por las calles del centro de Alcaudete en las cuales el pelotón puedo observar la riqueza cultural y artística de la ciudad. Llegados al punto más alto de la ciudad, falló el GPS del coche que abría la ruta, teniendo que parar el pelotón. Finalmente, nos desviaron por el camino correcto, bajando hasta el cementerio y luego bordeando el mismo para entrar ya en carriles de tierra.
Descendimos unos kilómetros e incluso tuvimos que atravesar el río. Cruzar el cauce fue una auténtica Odisea. El pelotón, disgregado a cauda del terreno de los últimos 4-5 km, tuvo que reagruparse justo antes de la rampa de descenso que conduce al río. Pude ver como cruzaban al otro lado muchos otros ciclistas. Algunos se hundían hasta las rodillas pedaleando atravesando la corriente. A mí también me ocurrió, me hundí hasta las rodillas, pero el agua ayudó a refrescarme ya que el sol brillaba con intensidad en un cielo impoluto y el sudor resbalaba por toda la cara. Poco después de cruzar el río tuve que pararme puesto que llevaba un desarrollo duro y no pude superar la rampa que había tras el cauce.
Al salir de ese tramo, pedaleé junto a Fuentes y mi tocayo Eduardo de la Peña Ciclista Alcalaína hasta un punto en que la Organización nos detuvo para reagrupar el pelotón. Tras el reagrupamiento, la marcha proseguía por una rampa de descenso. Fue una auténtica sinfonía de frenos, mojados unos centenares de metros antes, al cruzar el río.
Tras el descenso se encontraba una dificultad inesperada. Una rampa de pendiente importante con zahorra no compactada en la cual la bicicleta resbalaba. Opté por arrastrarla hasta arriba, por suerte no era muy larga. En lo alto se podía observar un puente de la vía verde del aceite.
Pedaleamos un kilómetro aproximadamente paralelos a la vía verde Fuentes y Rafa Ramírez y yo. Rafa Ramírez me dijo que esperaba como ‘Agua de Mayo’ mi crónica del día. El acceso a la vía verde era algo complicado. Debíamos atravesar la parte final de un talud por un trazado estrecho hecho, seguramente, por los ciclistas que pasaron antes.
Al entrar en la vía verde puse el plato grande, aunque no sin problemas ya que la cadena se salió y tuve que bajarme de la bici para colocarla. Al terminar el corto trayecto que discurría por la vía verde se encontraba el primer avituallamiento en el cual me paré para llenar mi bidón de agua. No llevaba agua en ninguno de los dos bidones. Otros ciclistas pasaban de largo emprendiendo el camino hacia la dificultad montañosa de la jornada.
Ascendí a buen ritmo por carril en buenas condiciones hasta que la Organización decidió reagrupar a todo el pelotón en el primero de los avituallamientos, situado en el kilómetro 14. Sólo habíamos pedaleado 1 hora para llegar hasta allí.
El avituallamiento era sencillo. Consistía en un bidón lleno de hielo con botellas de agua, bebida isotónica y refrescos. Yo tomé un plátano y rellené el segundo bidón de mi bici con una botella de agua. Nos detuvimos una media hora en ese punto, demasiado tiempo. Nos enfriamos.
Posteriormente, la Organización nos desvió por una carretera de descenso y a unos 200-300 metros continuaba la subida a la Sierra Ahillos por carril. Puse un buen ritmo en la primera rampa de subida adelantando a muchos ciclistas y manteniendo mi posición en el tramo de bajada posterior. Sin embargo, iniciado de nuevo el ascenso, tuve que bajarme de la bicicleta ya que las ruedas resbalaban y los ciclistas que por delante de mí echaron pie a tierra me impedían el paso. En un falso llano me monté de nuevo en la bicicleta y pedaleé hasta que la Organización nos detuvo de nuevo en el kilómetro 22.
En ese punto, el intrépido Antoine de la Peña Ciclista Alcalaína se subió a un almendro para echarnos una foto desde ese punto. Discutimos los miembros de Ciclocubín y de la Peña Ciclista Alcalaína allí congregados sobre los 101 de Ronda.
Perdí el control de mi cuentakilómetros. La verdad es que no sé que le ocurrió. La ruta proseguía por una carretera en falso llano durante unos 2 km en la que me permití poner un desarrollo más duro e incluso fui adelantando a algunos ciclistas. Me puse a ritmo de un miembro de la Peña ciclista Alcalaína hasta que la Organización nos desvió de nuevo por un camino de tierra en franco ascenso que conduce a lo alto de la Sierra Ahillos.
Manolo Izquierdo “el indio” estaba a unos metros por delante de mi posición. Al poco tiempo de iniciado el ascenso por el carril le alcancé y subimos ambos hasta la cumbre donde se situaba el último avituallamiento. En ese tramo hablamos con un ciclista sobre la prueba que se celebrará en Castillo de Locubín.
Habíamos superado la dificultad montañosa de la jornada con relativa solvencia. En la cumbre, el avituallamiento consistía en agua, refrescos, piezas de fruta y tortas de nueces. Yo tomé una deliciosa torta y un refresco. La Organización de nuevo nos tuvo más de media hora parados en ese punto esperando a los ciclistas más rezagados. Los allí congregados volvimos a enfriarnos.
Iniciada la bajada tuve que lidiar con un enemigo inesperado: el polvo. Los ciclistas que iban por delante de mi levantaban con sus ruedas traseras cantidades ingentes de polvo que quedaban durante unos segundos suspendidas en el aire y penetraban en las vías respiratorias. Me coloqué a unos 10 metros de Milla cuando sucedió lo impensable…
Tras un descenso, en una zona con gravilla suelta y chorreras en el camino, me caí al frenar la rueda delantera. La rueda resbaló por el borde de una chorrera y caí en el centro del carril. Al llegar a Alcaudete, Rubén de la Peña Ciclista Alcalaína, que iba detrás de mí, me comento que pudo frenar por pocos centímetros.
No me paré a analizar mi estado real, simplemente decidí montarme de nuevo en la bicicleta y seguir pedaleando. Le pregunté a una ciclista que iba a mi altura cual era el estado de la herida del brazo (la única que notaba en ese momento) y me dijo que sólo era superficial. No me di cuenta de la herida en la rodilla izquierda hasta unos minutos después.
Pero eso no iba a mermar mi absoluta convicción en seguir, en luchar, en derrotar al Ángel del Averno que utilizaba las montañas como muestra de su dominio sobre los hombres.
Inicié la rampa de ascensión mientras la sangre, mi sangre, seguía rezumando de mis heridas. En una curva pude ver como Remigio pedaleaba a unos metros de mí, pero no logré alcanzarle. Terminado el ascenso, la bajada tenía un primer tramo en muy malas condiciones que logré pasar no sin sufrir en algún momento por la posibilidad de una nueva caída.
Finalmente, el último tramo antes de llegar a Alcaudete fue por camino en llano en buenas condiciones que aproveche para adelantar a muchos ciclistas a pesar de mis heridas. En la fuente en la que se reagrupó de nuevo el pelotón limpié con agua mi brazo y rodilla izquierdos. El polvo se mezclaba con la sangre y las heridas tenían un aspecto negruzco. Pero un simple arañazo no iba a impedir que terminara la ruta.
En ese punto reventó (literalmente) la cubierta de la bici de Jorge de Formentera de la Peña Ciclista Alcalaína. La explosión asustó a los allí presentes, fue un ruido como el de la bala que sale de un arma. Los coches de apoyo estaban completamente llenos de bicicletas, así que tubo que arrastrarla hasta la Ermita donde nos hicimos la foto de grupo y luego hasta el parque donde se realizó la comida final. Del mismo modo que el Ángel del Averno me había castigado a mí, en este caso la Diosa Fortuna había intercedido para que eso ocurriera a 200 metros de la meta y no en descenso, que hubiese sido mucho más peligroso.
La ruta concluía con una comida final. Nos sirvieron setas fritas con jamón, carne en salsa y postre (por si no habíamos comido suficiente en los avituallamientos del recorrido).
Pronto mis heridas sanarán y podré mostrarlas con orgullo. No todos están dispuestos a seguir luchando, a pelear, especialmente los que no comparten la dureza y sufrimiento de este deporte. Para nosotros es el DEPORTE REY.
Eduardo Soler Rosales
Castillo de Locubín, 10 de Junio de 2008
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PRUEBA: Quebrantahuesos 2008
AUTOR: Paco Arjona
CRÓNICA:
Dicen que las cosas cuando realmente cuesta conseguirlas satisfacen mucho más, y vaya si esto es cierto, la QH para mi este año era un objetivo principal y una meta, que por poco se va al traste a 48 horas de salir hacia Sabiñanigo Pablo y Cayetano por lesión y Cristobal por su accidente, quedabamos dos de los cinco que ibamos a ir asi que Jorge y yo quedamos el viernes a las 7.30 horas y asi comenzo nuestra QH.
Contactamos con Jose y ya en la autovia de zaragoza nos vimos en un area de descanso y ya juntos hicimos el resto de viaje hasta Sabiñanigo.
Enseguida te das cuenta que esa no es una marcha cicloturista como las demas el volumen de lo que hay organizadoen ese lugar es algo extraordinario. Despues de recoger los dorsales y de disfrutar el ambiente que se respira"CICLISMO POR TODAS PARTES" nos vamos a nuestro hotel en Sallent de Gallego 30km más, pero con las baterias cargadas y la mente puesta en la salida.
El dia de antes quedamos con Jose en un punto en concreto y que al llegar a la salida te das cuenta de que va a ser imposible encontrarle y facilisimo perder de vista al único que llevas al lado Jorge.
A las 7.30 chupinazo y se da la salida pero hasta que nos ponemos en movimiento puede pasar casi media hora las calles de Sabiñanigo estan abarrotadas de gente y ya estoy en el momento que me da tranquilidad seguridad y confianza "EN CARRETERA" todo ha quedado en un segundo plano. Es imposible marchar juntos pues Jose nos lleva al menos 8km de distancia y Jorge y yo perdemos contacto pero con la tranquilidad de quien sigue un plan pues lo habiamos comentado "tranquilos y cada uno a su ritmo". En un plis plas 60 km y ya estamos en la cima del SOMPORT esto va bien me digo, a seguir por una buena bajada ya por carreteras francesas. El siguiente puerto es el Marie Blanque que con su pendiente mantenida durante unos 4 km al 8por ciento hace que un monton de ciclistas caminen empujando sus bicis, ya hace un calor de justicia y aparentemente todo va saliendo bien.
La bajada del MB es chulisima, paro en el avituallamiento y un poco más abajo junto con unos bomberos franceses me realizo una foto, ya estamos cerca del grande el PORTALET 29 km a cima marcados uno a uno y que me resisto a mirar para asi no saber que le queda a mi calvario. Aqui es donde el calor los km ya recorridos y la dureza del puerto pasan factura y se puede ver en cualquier sombra un buen puñado de ciclista remojando sus pies en el agua que mana por las laderas de esos bonitos paisajes. En el km 13 de ascension pongo pie a tierra para ver si puedo recuperar un poco los musculos estirando y la frecuencia cardiaca, a 2km otro avituallamiento en el que bebo más que como ya a unos 10km de cima con las piernas cargadisimas en cualquier punto donde dan agua allí que paraba y superando los km gracias a un montón de aficionados que no paraban de gritar y animar "AUPA NESKA" y que te daban fuerzas para continuar.
Una vez coronada la cima otro avituallamiento en el que no paro pues despues del esfuerzo ya no me apetecia ni comer ni beber nada, pensando en recuperar en la bajada en los 50 km aún por recorrer y en el último puerto la HOZ DE JACA el que subo con bastante esfuerzo y mucho calor ,aunque es muy corto, 25km a meta , metido en un grupo en el que vamos a más de 60km llaneando en algunos tramos, hablo con Jorge al que trasmito tranquilidad, ya solo quiero ver meta y disfrutar de saber que habia superado la QUEBRANTAHUESOS.
Me quedo con la frase de un ciclista veterano en salida que nos decia el 1º Gana el 2º pierde y todos los demas participan.
Poco importa el tiempo que se hace cuando lo que te planteas es un reto personal, y si que importa la satisfacción y la emoción de tres ciclistas de la sierra sur dandonos un abrazo en meta con lagrimas en los ojos.
A mi mujer y a todas las mujeres que soportan nuestra afición, nuestros entrenamientos. Dedicandose ellas solas a la familia en nuestras salidas. GRACIAS.
Paco Arjona Montañes.
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PRUEBA: Quebrantahuesos 2008
AUTOR: José Antonio Jiménez
CRÓNICA:
MI SEGUNDA QH
En mi juventud participé activamente en un par de compañías de teatro. En cada estreno nos atenazaban los nervios, que finalmente eran superados casi siempre por el éxito y el calor del público. El problema se presentaba siempre en la segunda función, donde los nervios se relajaban, la tensión disminuía, y con ello llegaban los errores. La segunda función de una obra de teatro siempre era la más temida por el director...
Mi segunda QH pecó un poco de lo mismo. Confiado por haber superado el reto el año pasado, esta vez coqueteaba con la idea de hacerla realmente bien, rebajando mi tiempo en media hora o más. Los días previos a la QH dudaba si me interesaba salir a correr, evitando los avituallamientos multitudinarios con la intención de hacer un buen tiempo o, por otro lado, preferiría hacer la prueba en buena compañía y sin preocuparme del tiempo. Pero en ninguna de mis expectativas figuraba la posibilidad de bajar de medalla de plata.
A pesar de las dudas debidas a la lesión de un paisano que iba a venir a la QH desde Jaén, otros dos compañeros de la Peña Ciclista Alcalaína hicieron un viaje de ocho horas para estar allí. El joven Jorge (el de Formentera) y Paco Arjona, que no había participado nunca en esta prueba pero tiene bastante experiencia en otras. Entonces decidimos que haríamos el recorrido juntos, escoltando a Jorge.
Quedamos en un punto de encuentro en la salida, donde también me cité con mi amigo ciclolistero Miguel Bernabé. A la hora de la salida, mis paisanos no aparecieron, debido a la gran cantidad de ciclistas que les impedía el paso, y salimos Miguel y yo a ritmo tranquilo, suponiendo que nos darían alcance. Pasaron 60 kilómetros y no veíamos rastro de ellos. Llamé a Paco, que estaba en ese momento a 8 kilómetros de distancia, y me dijo que Jorge se había quedado "a su ritmo". En ese momento dejamos de esperar y fuimos un poco más deprisa.
Miguel y yo hicimos un recorrido de reporteros, en el que él tomó muchas fotos y yo fui haciendo vídeo durante todo el trayecto. Era muy divertido grabar a los espectadores que poblaban las cunetas.
Hasta Marie Blanque fui muy entero, pero la subida al Portalet se me hizo durísima a causa del calor. Aunque soy del sur, parece que últimamente me cuesta más aclimatarme a los primeros calores del verano. Tuve que parar a meter los pies en una acequia y me dejaba llevar por un ritmo cansino de pedaleo, con miedo de sufrir un tirón, mientras Miguel iba haciendo fotos a diestro y siniestro.
En Formigal salí mientras Miguel hablaba por teléfono, pensando que me alcanzaría en la bajada o en la Hoz, pero al coronar este último puerto, a pesar de que Miguel no me había alcanzado, me dio un ataque de egoísmo globero, calculé que todavía podía entrar en tiempo de plata y decidí no esperarlo. En ese momento supe que ya no me alcanzaría hasta meta, porque los últimos 25 kilómetros son claramente favorables a mí. Intenté rodar a tope y cazar grupos, como hice el año pasado, pero esta vez parecía que no tenía gasolina. Recuerdo cómo pasé por Biescas el año pasado, rodando en cabeza de un grupo a 50 km/h, pero ahora no encontraba el golpe de pedal, Me acoplé a otro ciclista e intentamos relevar un poco para alcanzar la cola de un grupo que se veía al fondo, pero vi que él iba tan justo como yo, y terminé tirando yo solo. Al final los alcanzamos a la altura del camping, y ya me dejé llevar a cola del grupo hasta meta.
En justo castigo a mi "traición", no alcancé la medalla de plata por 3 minutos. Perdí 7 minutos con respecto a mi tiempo del año pasado. Miguel llegó un poco más tarde y la perdió también. En cambio, si Miguel no me hubiera esperado tantas veces en el Portalet, podría haber conseguido una plata holgada.
Bueno, también es verdad que si yo no me hubiera parado cinco minutos para ayudar al ciclista que cayó cerca de Laruns también habría conseguido mi plata...
Lo cierto es que ahora veo mis dos medallas de la QH en casa, plata y bronce respectivamente, y estoy contento porque hacen buen juego. Ya sólo me falta la de oro... ¿caerá alguna vez?
José A. Jiménez
Madrid, 23 de Junio de 2008
PS. Lo mejor de la jornada fue la llegada de nuestro amigo Jorge, levantando los brazos al cielo, y el efusivo abrazo con Paco y conmigo, que lo estábamos esperando en meta. Para Jorge era todo un reto superar esta prueba. Fue realmente emocionante.
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PRUEBA: Ruta de la Axarquía 2008
AUTOR: Antoine González
CRÓNICA:
IX RUTA DE LA AXARQUÍA DESDE EL COCHE DEL ÁRBITRO
El domingo 22 de junio se celebró, un año más, la esforzada ruta de la Axarquía oriental. Hay más pruebas que se vienen organizando en el interior de la región: la de Alfarnate, conocida como “Pirineos de la Costa del Sol” y la denominada “Marcha cicloturista la Tortuga” que sale de la Viñuela, pasa por Vélez-Málaga y tiene su meta en el boquete de Zafarraya. En estas rutas he participado varias veces, en algunas ocasiones han sido puntuables para la Copa de Andalucía de cicloturismo en carretera.
En esta IX edición y debido a un contratiempo, no pude participar en calidad de ciclista, pero sí como reportero gráfico, en el vehículo descapotable conducido por Dimitri, un belga de Flandes instalado en Nerja desde hace ya varios años, con quien fui manteniendo conversación en francés a lo largo de toda la ruta.
En el mismo coche acompañé a Sergio, joven árbitro que iba de copiloto. Esta nueva actuación únicamente como fotógrafo, en el coche que precedía a los ciclistas, fue una experiencia inolvidable y seguramente un privilegio irrepetible.
Medio centenar de ciclistas corrieron en esta IX ruta de la Axarquía. Muchos de ellos me pidieron durante el trayecto y sobre todo al final, mientras nos tomábamos la tradicional paella ofrecida por la organización en el Colegio de Educación infantil y Primaria San Miguel, que no tardara en elaborar la presentación de fotos y secuencias fílmicas. Con la ayuda de Lola, siempre dispuesta a colaborar conmigo, ya se pueden ver los montajes en la web cicloturista Sierra Sur de Jaén http://www.ciclistas.org/sierrasur/ Puede verse igualmente una presentación con algunas de las fotos que tomé en http://antoine-abatonsrompus.blogspot.com/2008/06/22-de-junio-de-2008-nerja.html . También podrán leer esta sucinta crónica que les prometí.
Llegué al Hostal la Ermita cuando ya faltaba poco para la salida. Saludé a Salvador, el responsable de la A.C. Balcón de Europa, al árbitro y al chofer belga, que estaban sentados en la terraza de la cafetería. Les comenté el lamentable imprevisto que me impedía participar en la carrera y Dimitri me ofreció subir en su descapotable desde el que tomé fotos de alta calidad e hice grabaciones con la cámara del móvil, desgraciadamente con una muy débil resolución. De haber sabido que iba a ir montado en un coche, dedicado exclusivamente a mi pasión por la imagen, me habría llevado una cámara de vídeo mejor.
La salida oficial se dio en el Parque de Verano Azul, al lado del Barco de Chanquete “La Dorada”. Por desgracia no acudió ningún miembro de la Peña Alcalaína. El propio presidente Jaime Castillo, en el último momento falló a esta cita por un contratiempo. Lamenté la ausencia de nuestros colores entre la nube de participantes. Habría sido genial no solamente por mi privilegiada situación en el asiento trasero del descapotable delante de los ciclistas, sino también porque al finalizar la ruta, como les propuse a mis paisanos en el foro, podíamos habernos dado una vuelta por las callejuelas típicas que desembocan en el Balcón de Europa, respirar aire marítimo sobre el acantilado semicircular de esta encantadora plaza, enclavado entre dos impresionantes playas, y tomar algunas instantáneas en este lugar de un encanto muy especial a orillas del Mediteráneo, con sus fantásticas vistas al mar, punto de encuentro para turistas entre la costa del sol y la costa tropical.
Arrancó Dimitri el deportivo e inició una travesía por la principal calle de Nerja, en dirección al cruce de la famosa playa de Maro, lugar que conozco por mi afición al submarinismo. Existen algunas calas de excepción para los aficionados al buceo, desde ésta hasta Cabo de Gata, pasando por La Herradura, La Rijana, etc. Es una pena que la pesca de arrastre esté acabando con las tortugas, principales depredadoras de las medusas. Nuestras playas están plagadas de estos celentéreos, algunas especies muy peligrosas, pues el roce de sus tentáculos inocula sustancias urticantes y produce quemaduras que dejan cicatrices indelebles en la piel.
Desde la glorieta del cruce de la playa de Maro, subimos hacia otra rotonda, la de la Cueva de Nerja y desde ahí nos dejamos caer de nuevo hacia el pueblo. Enlazamos con la carretera que va bordeando el mar en dirección de Torrox-Costa y en este punto nos desviamos hacia la Axarquía interior: ascendimos por la vertiente oeste de la Sierra Almijara. Otros años se ha subido por la ladera oriental hacia Frigiliana.
Llegados a Torrox pueblo, nos reagrupamos. Los ciclistas pidieron agua, pero falló el avituallamiento. Era la primera vez que esto sucedía. Para salir del paso, Salvador trajo algunas botellas, pero fueron escasas. Subimos a una velocidad media bastante alta, en medio de un calor agobiante.
Desde este municipio, se lanzó la cronoescalada de 13 km hasta el Puerto de Cómpeta. El árbitro ordenó a Dimitri que tomara más velocidad. Perdí de vista a los ciclistas. Uno de ellos se había escapado detrás de la moto de la organización, que nos seguía a unos trescientos metros. La distancia se fue incrementando, apenas si distinguía al ciclista, lejos ya detrás de la moto. Dejé de grabar. Lástima que los megapixels de la cámara del móvil sean escasos para las tomas con zoom.
A mitad del ascenso, aproximadamente, se produjo una bajada sinuosa muy significativa de unos dos kilómetros, durante esa bajada el ciclista escapado nos sorprendió: se nos echó casi encima. Otra orden de Sergio, el árbitro, a Dimitri y de súbito nuevo acelerón. La carretera presentaba curvas a la izquierda, a la derecha, sin cesar. El coche de Dimitri se agarraba bien al asfalto, yo iba tranquilo, pero no pude hacer fotos al campeón que había sacado ya una distancia insuperable al grupo de unos cinco perseguidores. Eché de menos mi otra cámara con mayor resolución. Ojalá hubiera sabido que haría esta ruta en el coche del árbitro.
A pocos km de la meta, plantado en mitad de la estrecha carretera y en plena curva, un rebaño de cabras, expectadoras de excepción, emitía balidos ante la vertiginosa escalada del ciclista que nos adelantó en un santiamén por la derecha. El vehículo y las motos mantuvieron al rebaño apretado contra el pretil, dejando un paso estrechísimo entre la roca vertical del talud y el borde del asfalto al corredor que venía lanzado desde el municipio de Torrox. Esta maniobra le rompió el ritmo, qué duda cabe, pero el ciclista seguía subiendo, levantado sobre el sillín, sabiendo que el triunfo ya era suyo. Aproveché para filmarlo mientras Dimitri lo adelantaba y lo dejaba lejos, absorbido como un granito de asfalto en el negro y resplandeciente pavimento. Hace unos años esta carretera estaba plagada de baches. Yo participaba con mi btt “réplica coronas”, calzadas sus yantas con cubiertas de tacos. En la actualidad es más liso el firme que un lago de hielo negro. Todos los ciclistas, inclusive los “beteteros”, de los que cada año hay menos, llevan ruedas lisas.
El sol me cegó los ojos en el siguiente tramo y dejé de grabar. Por fin llegamos a la meta. Una vez aparcado el descapotable, no esperé que me abrieran las únicas dos puertas delanteras ni el conductor ni el árbitro, di un salto y me fui rápidamente a buscar un lugar estratégico para filmar al ciclista que ya estaría a punto de coronar el puerto.
En efecto: ahí estaba ya, en la última curva, alzando los brazos en signo de triunfo.
Pensé que sería descalificado porque algunos jueces así lo hacen en estas pruebas. Aún resuenan las palabras del árbitro de la subida a Peña Escrita 2008. También en Priego de Córdoba fui testigo de ello en una prueba en la que participaron ciclistas alcalaínos, los jóvenes hermanos Vico entre otros, en el año 2002. En estos trances, como en cualquier juicio, las leyes y sus múltiples interpretaciones hacen que al final parezca que impera el capricho del juez que siempre ordena, manda y ejecuta como un dios algonquino, o mejor dicho como un rey soberano absolutista.
Vista para sentencia también esta crónica, pues ya sólo me queda evocar rápidamente que en la meta brilló la organización por la falta de avituallamiento sólido y creo que sí hubo algo de agua. Menos mal que estaba allí la oportuna Venta de Palma donde algunos entraron a beber algún refresco.
Después de tomar algunas instantáneas a amigos ciclistas de Motril y de Lucena, y del blanco centellear de las casas adosadas del municipio de Cómpeta, se inició la bajada por las altas sinuosidades de la ruta que serpenteaba hacia abajo siguiendo desde muy alto la corriente del río de Algarrobo y Sayalonga hacia el mar, pasando por los municipios del mismo nombre. En Algarrobo nos detuvimos para tomar unas tortas almendradas artesanales, típicas de este pueblo, muy dulces con una almendra entera en su corazón. Ahí nos dieron también agua y refrescos, “acuarius”, “coca-colas” y limonadas. Se desquitó la organización.
Pasamos por Algarrobo-Costa y desde ese punto cruzamos algunos pueblos costeros: Lagos, El Morche de Vélez-Málaga, Los Llanos, de nuevo Torrox-Costa… El árbitro decidió que no habría tramo libre al final de la ruta, por lo que la carrera fue neutralizada hasta Nerja. Precisamente este año que iba yo montado en un vehículo motorizado, ni sopló viento, acaso una brisa marina apenas perceptible.
En Nerja nos reunimos en el Colegio de Educación infantil y Primaria San Miguel donde nos ofrecieron latas de “acuarius”, “fanta” de limón y naranja, “coca-cola”, agua mineral y una paella que no me pareció tan buena como otros años.
Por fin la entrega de los trofeos: una figura mediana de ciclista, la misma para todos los afortunados, más bien pequeña, en mi opinión, en comparación con el trofeo de mármol liso, pulido, con vetas blancas y algunas color caramelo, que gané en una de estas pruebas, por gentileza de Unicaja. Igualmente nos obsequiaron con una camiseta naranja pero esta vez con el diseño de una cabra montés o tal vez un ciervo, en lugar del monumento natural de Nerja, el Balcón de Europa, que era lo propio en años anteriores, salvo alguna muy rara excepción.
Antes de despedirnos, me animaron los ciclistas a terminar pronto los vídeos y la crónica. Les apunté a algunos con un lápiz en pequeños trozos de cartón arrancados con la prisa de las mismas cajas de los refrescos, las direcciones de mi blog y de la Web Cicloturista de Sierra Sur de Jaén:
http://antoine-abatonsrompus.blogspot.com
http://www.ciclistas.org/sierrasur
Antonio González Martínez.
Alcalá la Real, a 23 de junio de 2008.
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PRUEBA: Subida al Pico Veleta 2008
AUTOR: Antoine González
CRÓNICA:
La Peña Alcalaína en el Nido de las Águilas.
La 15ª Subida Cicloturista al Veleta ha supuesto un reencuentro con este “pico de las águilas” y me ha traído recuerdos y fragancias de Pinos Genil, el otro escenario de mi infancia.
En las alturas de Sierra Nevada tomé algunas instantáneas, no obstante realicé esta prueba de gran fondo con el corazón dividido entre la montaña y el aeropuerto García Lorca de Granada. Mi hija Esmeralda me dejaba para volver a París y en una misma jornada tuve dos citas, una que me mordió como un perro rabioso y otra que machacó mis músculos como una roca punzante. En este momento, el tiempo transcurrido ha mitigado el dolor y ha hecho más dulce el recuerdo. En ese día corrí como un fantasma volando al cielo para cumplir con la montaña y despedir al avión que se llevó mi alma.
En ediciones anteriores la marcha arrancaba desde el Hotel Bella María en Pinos Genil, no muy lejos de la panadería “La Duquesa”, propiedad de mis tíos. Este año la organización ha introducido varias novedades. Por un lado la salida desde el Estadio Municipal Los Cármenes de Granada, por otro lado la utilización de control electrónico de los dorsales en el cajón de salida con sus luces y sus sombras. Algunos perjudicados por los errores y horrores técnicos desistimos en las reclamaciones formales cuando la organización nos pidió un adelanto de 60 euros como condición previa para aceptar a trámite las quejas. Aunque escritas, algunas cláusulas son claramente abusivas.
Esta edición contó con dos recorridos alternativos que facilitaron la participación de todo tipo de corredores. Unos 800 ciclistas eligieron el ascenso al Veleta a 3294 m de altitud por una ruta de 51 km, con alta dificultad física. Alrededor de medio centenar de corredores prefirieron la variante de 33 Km con meta en Pradollano, a 2100m y dificultad media.
La Peña Alcalaína estuvo representada por 7 escaladores: Alberto Aguilera, Francisco Arjona, Rafael Arjona, José Miguel Contreras, José Antonio Fuentes, Jorge López y yo, Antoine González.
Los primeros 9 Km, que transcurrieron por Lancha del Genil y Cenes de la Vega fueron neutralizados hasta Pinos Genil, donde se dio la salida oficial. Aunque conocida, la ruta no deja de ser muy dura desde su comienzo. Amplias curvas con subidas del 9% de la carretera vieja A-4026, la antigua nacional a Sierra Nevada, sirven de aperitivo hasta enlazar con la A-395. Después, nuevas rampas del 9% hasta el Hotel La Higuera, hábilmente emplazado como un centinela en las puertas de un llano flanqueado por una formación de chopos boleana, trémulas hojas con envés plateado. Al final del arbolado se encuentran el Hotel El Guerra, a la izquierda, con su fachada salmón, y a la derecha el Hotel Restaurante Don José, con su exquisito jamón serrano. Desde ese llano se accede a un carril que nace a la derecha y lleva hasta un alto, el Purche, en el que se levantó en tiempos un sanatorio antituberculoso, convertido hoy en un bonito lugar de ocio dotado con restaurante, piscina y zona de acampada.
Tras el breve rellano, siempre subiendo, avistamos en una bifurcación el primer avituallamiento. No me detuve esta vez, preparado para las rampas del 12% que me esperaban hasta el segundo avituallamiento, en el cruce de la bajada a Pradollano. La sed me hizo reponer líquidos con avidez y me detuve fugazmente, lo justo para rellenar el bote de agua. Una dura rampa con curva cerrada a la derecha, seguida de un falso llano eterno me evocó todas mis viejas batallas épicas con esta montaña.
Este diabólico cambio de cadencias es mi asignatura pendiente con el Veleta y me hace siempre desear con desesperación llegar a la Barrera (2500 m), donde empieza realmente mi terreno. Situada en la Hoya de la Mora, la Barrera anuncia la auténtica escalada: 12 kilómetros de herraduras, las últimas con subidas del 13%, con pavimento en mal estado, baches y asfalto migado en gravilla por la erosión de los agentes atmosféricos.
Después de pasar cerca de la ermita de la Virgen de
Las Nieves habían intercalado el tercer avituallamiento. Lanzado a un ritmo que aconsejaba no parar tampoco en este punto, dejé atrás la carpa de la organización. En este paraje la vegetación comienza a ser más escasa y los juníperos son rastreros, con sus ramas en crecimientos paralelos al suelo. A medida que la meta se intuía, aproximadamente a 3000 m, acumulaciones de nieve helada ocupaban el talud de algunas rampas.
Superada una última curva a la derecha, se suaviza el terreno en una recta final sobre un firme muy deteriorado. La llegada a la meta fue controlada electrónicamente, no sin fallos. Por problemas de cobertura de red de forma intermitente en la zona de meta del Veleta se produjeron desfases en la toma de tiempos de algunos participantes. Hemos sabido de las dificultades de la organización, es como si la vetusta montaña se vengase de los intentos de los hombres por someterla.
El cuarto avituallamiento nos ayudó a reponernos. El cortavientos que me entregaron me permitió una bajada más rápida que los otros años, así que pude llegar al aeropuerto de Granada a las 14:30, justo a tiempo para, cansado pero feliz, despedir a mi hija Esmeralda que partía rumbo a París.
Antonio González Martínez
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PRUEBA: SUBIDA AL PICO VELETA 2008
AUTOR: Eduardo Soler
CRÓNICA:
LA ESPADA DE DAMOCLES. LOS 50 KM MÁS LARGOS DE MI VIDA EN LA XV SUBIDA AL VELETA.
El día 6 de Julio de 2008 diez valientes de los clubes Peña Ciclista Alcalaína y Ciclocubín nos reunimos en el Estadio de los Cármenes de Granada para afrontar una de las pruebas más duras del panorama internacional: La subida al mítico puerto del Veleta.
A las 6:15 de la mañana nos reunimos en el Paseo los 5 miembros de Ciclocubín que aceptamos el reto. Para mí, después de vencer a la Pandera y del fiasco que me llevé el domingo anterior al no poder terminar la prueba del Río San Juan, era mi oportunidad para la revancha.
José “el Sastre”, Manolo “Boliche” y Manolo “el indio” cargaron las bicicletas en el coche de Manolo “Boliche”. José “Pileta” y yo las cargamos en el portabicicletas del coche de José “Pileta” y nos dispusimos a partir hacia el infierno. José “Pileta” y yo nos paramos en Pinos Puente a tomar el desayuno. Podíamos permitírnoslo puesto que ya teníamos nuestros dorsales. José “el Sastre”, Manolo “el indio” y Manolo “Boliche” siguieron para Granada ya que ellos aún tenían que recogerlos. Nos reunimos todos en Granda, uniéndonos con los miembros de la Peña Ciclista Alcalaína allí congregados.
La salida fue puntual, a las 9:00 de la mañana. Después de un tramo de salida neutralizada, llaneando por las calles de Granada y los pueblos cercanos, entramos en Cenes de la Vega y posteriormente a Pinos Genil donde se dio la salida oficial de la prueba.
Ascendí los primeros kilómetros de prueba junto con José “el Sastre”, José “Pileta” de Ciclocubín y con Fuentes y Jorge “de Formentera” de la Peña Ciclista Alcalaína. Íbamos a un ritmo frenético y a los 8-9 km me di cuenta de que esa no era mi carrera, de que si les seguía terminaría tan desfondado que no podría llegar hasta el final. Era el momento de ir pensando en guardar fuerzas.
Después de atravesar paisajes preciosos de pinares y monte bajo y de un par de descensos (los únicos que hay en toda la prueba) llegué al primero de los avituallamientos. José “el Sastre” comentó en la salida que era una buena estrategia no parar allí, pero a mi me hacían falta líquidos. Bebí unos tragos de agua y el resto me la eché por encima del casco y la cara para mitigar el calor. Rellené el bote con bebida isotónica. Cuando salía del avituallamiento vi como Manolo “el indio” llegaba a él.
Llevaba una hora de pedaleo y aún me sentía con fuerzas. En ese momento empezaba a hacerme “pájaras mentales” calculando el tiempo que me faltaba para llegar hasta arriba. El Veleta me haría pagar muy cara mi osadía.
Superada la primera subida, mi siguiente objetivo era llegar hasta Pradollano. Realicé todo ese tramo con un desarrollo de plato mediano y piñón 2, no quería meterle todos los hierros a la bici hasta no llegar a las rampas más duras. Sabía que la montaña reservaba lo peor para el final.
Recorrí el tramo entre el primer avituallamiento y el de Pradollano entre paisajes maravillosos compuestos de pinares, pasando posteriormente a terreno sin vegetación arbórea. El público se situaba en las curvas del recorrido y animaba a la gente cuando pasaba. A pesar de no ser una zona habitada había mucha gente animando.
En ese tramo mucha gente me preguntó por la prueba de Castillo de Locubín, ya que muchos clubes habían asistido, incluidos los “Granabike” organizadores de esta prueba. También muchos me preguntaron acerca del Dessafio interesándose por asistir al mismo. Fueron los kilómetros más relajados de todo el recorrido.
Poco antes de llegar al avituallamiento de Pradollano me alcanzó Manolo “el indio” y fui a su rueda hasta unos 300 metros del mismo donde él se despegó de mí. Le alcancé cuando se paró. Estaba completamente fundido, necesitaba líquidos y un plátano para poder llegar al final, sino las piernas no me responderían. Después de comer me entró un bajón. La sangre estaba en el estómago procesando los alimentos que acababa de comer. Tuve que meter todos los hierros de la bici, ya no había vuelta atrás. Era el momento de entregar hasta el último aliento, hasta el último átomo de fuerza.
En ese tramo me alcanzó Manolo “Boliche” y me dijo que si seguía a ese ritmo mi tiempo sería de unas 4 horas. Volví a hacerme “pájaras mentales”. Seguí su rueda durante un rato, pero vi que esa ya no era mi carrera. Ahora sólo tenía que preocuparme de llegar hasta el final.
Por suerte, sentía como se recuperaban algo mis fuerzas y pude ver que Manolo “Boliche” y Manolo “el indio”, que se había parado no sé porque razón, estaban cada vez más cerca de mí.
Cuando llegué al último de los avituallamientos, de allí salía Manolo “el indio”. Luego él me vio desde la curva que hay por encima del puesto de avituallamiento. No había mucha distancia entre nosotros ni tampoco con el resto de miembros de Ciclocubín aunque no pudiera verles.
Estaba a unos 7 km de meta, aproximadamente 2 km después del último de los avituallamientos, cuando mi propio cuerpo me dijo que no podía seguir. De pronto me entró un tremendo calambre en la pierna izquierda que me obligó a bajarme de la bicicleta. Parecía como si las entrañas del coloso gritaran: “NON PLUS ULTRA” (No más allá) y la Virgen de las Nieves más que hacer milagros parecía sumirnos en el más profundo de los infiernos.
Intenté subirme de nuevo a la bicicleta, pero cada vez que me subía no lograba avanzar más de 300-400 metros pedaleando así que decidí arrastrarla hasta la línea de meta.
Si me rendía, si me dejaba caer hasta Granada, mis pulsaciones bajarían y mis músculos completamente agarrotados se relajarían. En ese momento pensé: “Habrá otros Veletas”, pero … Miré a mi alrededor y en las caras de los ciclistas que pedaleaban a mi altura, que me adelantaban, pude ver la más cruel de las agonías. Seguían pedaleando a pesar del enorme sufrimiento que les suponía. No es que yo estuviera mejor que ellos, al contrario, pero al contemplar su sufrimiento, su dolor, pensé: “¿Porqué no?, ¿Porqué no dar un paso más?”
Al final decidí que no me rendiría, que por lo menos sufriría, como los demás, un paso más, a pesar de que la altura y la falta de oxígeno se hacían patentes y hacían mella en mi maltrecha condición física.
Sabía que mi gasolina era escasa, muy escasa, y que tendría una, y sólo una, oportunidad de llegar hasta la meta. La Espada de Damocles pendía sobre mí y a cada paso podía sentirla un poco más cerca de mi cabeza. El Veleta esperaba el más mínimo error por mi parte para quebrar el delicado hilo de crin de caballo que sostenía la Espada sobre mí.
A 1,5 km de meta me encontré con el resto de miembros de Ciclocubín y Peña Ciclista Alcalaína que bajaban a la comida final de la prueba que se celebraba en Pradollano. Me animaron a seguir hacia arriba. En el último kilómetro intenté de nuevo montarme en la bicicleta. Conseguí avanzar apenas 300-400 metros a la velocidad “supersónica” de 8 km/h. Pero las entrañas del Veleta seguían rugiendo: “NON PLUS ULTRA” y de nuevo el calambre que me dio kilómetros atrás volvió a agarrotar los músculos de mi pierna izquierda.
Me bajé de la bicicleta y apenas podía moverme. El viento frío y la falta de oxígeno, que habían hecho mella en mi condición física desde que inicié el lento y penoso caminar hasta la cumbre, se hacían esos momentos más patentes que nunca. Pero no iba a rendirme a 600 metros de la meta. En ese momento sabía que valía la pena sufrir un poco más.
Por fin pude ver las dos banderas azules instaladas a modo de meta. Aparecieron entre las rocas y la nieve ondeándose majestuosamente. Cuando llegué allí supe que mi sufrimiento había tenido sentido. Estaba en la cumbre, había vencido a la montaña y ella lo sabía. Ahora, las entrañas del Pico gritaban a cuál rezan las columnas de Hércules que enarbolan el símbolo de Nuestra Nación: “PLUS ULTRA” (más allá).
Una lágrima resbaló por mi cara a 100 metros de la meta. Mi tiempo: 4 horas, 50 minutos y 48 segundos de esfuerzo, de sacrificio y de interminable ascenso.
Al entrar en meta pregunté si había un fisioterapeuta que me ayudara a hacer algunos estiramientos para recuperarme de mi calambre. El propio soldado que había en la cumbre se ofreció para ayudarme. A los pocos ciclistas que había allí congregados les sorprendió que yo hubiera hecho 7 km arrastrando la bicicleta. Les sorprendió que un hombre tuviera tal capacidad de sacrificio, que hubiera preferido llegar hasta el final antes que rendirme.
En mi mente quedará grabada la espectacularidad de la prueba, la dureza y también la emoción que sentí cuando sabía que había vencido a ese puerto cruel y despiadado. Seguro que volveré a subir a ese pico, ahora ya sé cuales son sus puntos débiles. Quería que el puerto mostrara todo su poder, todas sus cartas y que aún así él mismo se viera derrotado. Logré mi objetivo.
Eduardo Soler Rosales
Castillo de Locubín, 7 de Julio de 2008
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PRUEBA: TERCER INTENTO DEL DESSAFIO, Julio de 2008
AUTOR: Eduardo Soler
CRÓNICA:
TERCER INTENTO DEL DESSAFIO. ESTA VEZ: ¡SÍ!
El día 27 de Julio de 2008 hicimos un ensayo del recorrido oficial del DESSAFIO. Nos reunimos un grupo de unos 25 ciclistas de la Peña Ciclista Alcalaína, Ciclocubín y otros ciclistas como los hermanos Cabrera y Manuel Roldán de Cabra, que siempre se apuntan en las ocasiones especiales.
Ese día me desperté tarde, mi reloj marcaba las 6:45 cuando me levanté de la cama. Me vestí rápidamente. Por suerte, había preparado todo el material necesario la noche anterior pero no tuve tiempo de revisarlo. No desayuné, tomé sólo una barrita, el tiempo apremiaba.
Salí de mi casa a las 7:00 en punto y cuando llegué al Paseo allí no había nadie. Recibí una llamada de Remigio diciéndome que todos se encontraban ya en el puente de Triana. Bajé rápidamente hasta allí y después de los saludos iniciales, iniciamos nuestro particular camino hacia ese recorrido cruel, ese perfil despiadado al que era necesario vencer.
Para mí era de vital importancia el reto. Ese recorrido había conseguido vencerme ya dos veces. No era mi intención dejar que lo hiciera por tercera vez.
Empezamos la ruta subiendo por la carretera de la Fuensanta pasando por los magníficos olivares de nuestro término municipal para entrar en un camino, también entre olivares, que conduce hasta el Puente Cama. Al cruzar por los parajes de la Nava del Peral y del Cortijo del Diablo los olivares dejaron paso a un paisaje de monte bajo y encinar típico de las serranías de la Sierra Sur.
A los 10 km de recorrido se encuentra el límite del término municipal de Castillo de Locubín con el de Valdepeñas de Jaén, atravesando el Río Grande. En ese tramo Fuentes y yo intercambiamos nuestras impresiones acerca de la Pandera y el Veleta, objetivos ya conseguidos.
Después de recorrer paisajes espectaculares de huertas y monte por el municipio valdepeñero, donde el agua renace por doquier, iniciamos la primera rampa selectiva de la jornada, justo antes del descenso que conduce a la zona urbana de Valdepeñas. Nunca he podido completar esa rampa montado en la bicicleta y esta vez no iba a ser la excepción. La rueda me resbaló un poco antes de la mitad de la misma pero por suerte había un descansillo unos metros por delante de mi posición donde pude montarme de nuevo para completarla con éxito.
Nos reagrupamos todos en lo alto antes de afrontar el descenso. Eran las 8:40. Nos hicimos varias fotos de grupo. El tramo de descenso había sido hormigonado desde la última vez que pasé por allí y, de hecho, algunos tramos de carril seguían siendo de tierra, con su mallazo preparado en la margen izquierda para su posterior acondicionado.
En Valdepeñas hicimos otra parada antes de afrontar el primer puerto duro del día: Navalayegua. Yo tenía la experiencia de Marzo. En aquella ocasión, tardé una hora y cinco minutos en ascender ese puerto. Ya lo conocía, sabía que esta vez podría rebajar ese tiempo. Pedaleé junto con Remigio en la primera parte del puerto. En el descansillo, en el descenso que hay mediado el puerto, él se despegó de mí unos 150 metros y alcanzó a Marcos Cabrera. Pero, al iniciar de nuevo la ascensión alcancé a Marcos Cabrera y tras unos minutos escasos a su rueda, le adelanté y fui a la caza de Remigio que pedaleaba unos metros por delante. Cuando me puse a su altura nos fuimos relevando. En la última curva de herradura antes de la cumbre miramos hacia abajo para ver el hueco que habíamos abierto con Marcos Cabrera, pero no le vimos. Es verdad que en la montaña se hacen diferencias muy rápidamente. Tardé unos 45 minutos en subir Navalayegua, 20 minutos menos que en Marzo, una marca esperanzadora.
En lo alto del puerto nos detuvimos y esperamos a que llegaran el resto de ciclistas antes de afrontar el descenso. Esperamos unos 15 minutos que aprovechamos para reponer fuerzas.
El descenso es impresionante. Se cruzan paisajes de montaña, encinares y pinares espléndidos. Aún puedo recordar el olor a pino descendiendo por esas montañas. En ese tramo perdimos a un ciclista. A Marcos Cabrera le dio un calambre en una pierna y tuvo que darse media vuelta unos dos kilómetros antes de llegar al Cortijo de Prados. Tuvo que arrastrar la bicicleta hasta lo alto de Navalayegua. Comprendo su sufrimiento, yo pasé por lo mismo en la ascensión al Veleta cundo me dio un calambre a 7 km de meta. En este tipo de rutas se viene a sufrir, a exprimirse; en ocasiones la cabeza, la furia, es más fuerte que el dolor. Se que algún día volverás y derrotarás a esas montañas y llagarás hasta el final: ¡Ánimo!
Al llegar al Cortijo de Prados nos paramos para reponer fuerzas y llenar nuestros bidones en la fuente. También venía tocado Manuel Roldán, que tiene el honor de tener el dorsal 1 el día oficial de la prueba, pero pudo seguir algunos kilómetros en el ascenso a Alamillos.
Salimos del Cortijo de Prados e iniciamos el ascenso al puerto de Alamillos. Al principio el carril va llaneando entre pinares y zonas con monte bajo y encinar con algunos tramos de descenso. Salí de los últimos del Cortijo de Prados, junto con Remigio, y no tardamos en alcanzar a Manolo Boliche, Manuel Roldán y Santi que habían salido antes.
En ese punto, poco después de iniciar el ascenso a Alamillos nos encontramos con Paco Arjona de la Peña Ciclista Alcalaína, que tuvo el detalle de traer su coche con unos portabicicletas y hacer el trabajo de coche escoba. A través de este escrito me sumo al agradecimiento colectivo por esa labor. Recogió a Manuel Roldán que venía tocado desde la ascensión a Navalayegua.
Yo ascendía a mi ritmo por el puerto. Me sentía con fuerzas después de comer en el Cortijo de Prados e incluso pude dejar a Remigio, mi compañero de fatigas, unos 100 metros por detrás. Pero… la montaña no iba a dejarse vencer tan fácilmente como los ciclistas que intentaban subirla y me haría pagar muy caro tal derroche de fuerzas.
Al llegar al pilón donde en Marzo lavamos las bicicletas, llené el bidón de agua, no sin antes refrescarme en la fuente la cara. Me alcanzó Remigio e hizo lo mismo. Seguimos subiendo los dos, a ritmo, pero en ese punto el carril empieza a tener una pendiente muy imponente ganando altura muy rápidamente. Tras, aproximadamente, dos kilómetros de dura ascensión, el cansancio me venció y tuve que poner un ritmo menos exigente. El del mazo me dio y me entró la pájara. Remigio siguió ascendiendo al mismo ritmo y pude ver como a cada metro se alejaba más y más de mi posición, hasta que le perdí de vista.
En ese momento empezaba una nueva carrera, una lucha. Sabía que debía terminar. No podía permitir que el Dessafio me venciera por tercera vez. Había venido a sufrir y mientras mi cuerpo me respondiera daría una pedalada más. Ahora mi carrera estaba delante. Luchaba intentando conseguir pequeñas metas; un árbol, una roca saliente, una curva, etc…Conocía el recorrido y sabía que el asfalto estaba cerca y que allí podría pedalear algo más cómodo. Pero parecía no llegar nunca, cada curva escondía otra detrás y luego otra y otra, hasta que por fin entre en una zona donde el carril se veía cortado. Aquello era sin duda el final, había llegado a la rampa de descenso que conduce a la carretera de los molinos.
Al pisar el asfalto estaba allí Paco Arjona y Manuel Roldán con el coche y en ese momento alcé los brazos en señal de victoria. Pero…
Las montañas me harían pagar muy cara mi precoz efusividad y mis ansias de victoria. Tras el camino de tierra, la carretera empezaba con una zona llana y un ligero descenso para luego continuar con una ascensión agónica. No recordaba que fuera tan larga y sufrí más de lo esperado para poder llegar hasta lo alto. Pero lo conseguí, eran las 12:15 cuando alcancé la cumbre. Allí esperaban José “el Sastre”, Remigio, Manuel Roldán y Paco Arjona, que me ofreció un vaso de Coca-cola en un avituallamiento inesperado pero muy agradecido. Sólo había hecho 55 km de ruta, pero al llegar arriba tuve la equívoca sensación de que lo peor había pasado.
Tras un descenso con curvas de herradura por asfalto en muy malas condiciones inicié el camino de los Rosales que tiene algunos repechos no aconsejables cuando las piernas llevan ya 3.000 metros de desnivel acumulado. Hubiera podido rendirme en ese punto, cuando me alcanzaron con el coche Paco Arjona y en el cual se habían montado Manolo Boliche y Santi, pero fui recuperando fuerzas y sabía que Los Rosales estaba cerca, que sólo debía vencer a unos pocos repechos más. Además, de Los Rosales a Frailes es todo descenso por carretera y eso me motivó aún más. A unos 300 metros de la cruz de Los Rosales (donde nos paramos en Marzo y decidimos que la aventura había terminado), alcancé a Manuel Roldán, que había vuelto a montarse en la bicicleta en lo alto de Alamillos. Era la prueba que me hacía falta para determinar mi estado de fuerzas.
Al llegar a Frailes nos reagrupamos todos de nuevo. José “el Sastre” tenía un compromiso familiar y tuvo que regresar por la carretera. Algunos hicieron lo mismo. Yo había llegado hasta allí; seguiría hasta el final.
La salida de Frailes es por un carril asfaltado con una pendiente del demonio. Mis piernas estaban completamente quemadas, pero aún así conseguí vencer a la pendiente. Seguí por el carril de tierra que tiene unas rampas más suaves hasta entrar en el descenso. En el cruce nos reagrupamos de nuevo. El recorrido proseguía por un tramo llano que, tras cruzar el río seguía por una pared vertical que nos fue imposible subir montados en la bicicleta. Desembocaba en un camino de zahorra blanca no compactada en la cual las ruedas de la bicicleta resbalaban y me obligó a arrastrarla unos 400 metros hasta que allanaba un poco.
El carril llegaba hasta Santa Ana. En ese punto me perdí. Bajé hasta Santa Ana y fui hasta Alcalá por la carretera y subí por la carretera de Charilla. Después de intercambiar algunas llamadas con Remigio, me dijo que esperara en el puente de Charilla. Volví hacia atrás y esperé. Volví a llamarle y me dijo que volviera a subir a Charilla. Estuve a punto de rendirme, podía haber subido el puerto y mi sufrimiento habría terminado. Pero no, había llegado hasta allí y, aunque me corroía pensar que de nuevo debía subir hasta Charilla, el error había sido mío, yo era el que se había perdido, y debía asumir ese esfuerzo extra por duro y exigente que fuera.
Me encontré con mi tocayo Eduardo de la Peña Ciclista Alcalaína y su novia Blanca que venían a la par cuando salían del carril que les lleva a Charilla y esperamos en la plaza del pueblo a que vinieran los demás. Compartimos los víveres que aún nos quedaban para afrontar los últimos kilómetros del recorrido. Yo tomé uno de mis plátanos y algunas nueces que llevaba Eduardo.
La parte final ya era conocida para mí. Se trata del carril que enlaza con el Vadillo y el Nacimiento del Río que he hecho en otras ocasiones. Lo pasé realmente mal en los descensos, aunque me sorprendí a mi mismo la facilidad con la que pude subir el repecho que hay detrás de la primera cadena. Sabía que lo había logrado, sólo faltaba el broche final.
Jaime, que estaba relajándose en las frescas aguas del Nacimiento del Río, me vio cuando yo pasaba frente al mismo y me dijo que algunos se habían ido ya y que iban en el grupo de ciclistas que pedaleaba unos 50 metros por delante de mí. No pude alcanzarles. Cada vez se alejaban de mí, más y más. Los perdí de vista y no sabía que habían ido por el camino del Caz. Yo ascendí por la carretera.
Cada pedalada por la carretera era un metro menos. Cada pedalada me acercaba un poco más a mi meta: terminar con éxito el Dessafio. Y al fin lo logré, alcancé la fuente del San Antón donde me refresqué.
Al final fueron 7 horas, 3 minutos y 27 segundos de pedales, de rueda rodando por 102,40 km de la Sierra Sur de Jaén y 8:30 de tiempo real. Sobre la misma distancia he mejorado en 15 minutos mi tiempo de los 101 de Ronda, con lo cual me doy por satisfecho.
Es un recorrido idóneo para quienes quieran buscar un reto personal. En este punto me acuerdo de los que hoy no han podido terminar: Marcos Cabrera, Manolo Boliche, Santi y Manuel Roldán que estoy convencido que volverán a probar ese recorrido y que a la próxima saldrán victoriosos. Una vez alguien me dijo que: “No es derrotado el que no termina…sino el que no lo intenta”
Pues bien, en mi caso después de dos intentos, de romper el eje de la rueda trasera en el kilómetro 14 la primera vez y de sufrir agónicamente arrastrando la bicicleta por el barro durante unos 7 km, he conocido el dulce sabor de la victoria. Me he exprimido hasta el límite de mi capacidad actual y lo he conseguido, he llegado hasta el final.
¡Qué dulce es el sabor de la venganza!
Eduardo Soler Rosales
Castillo de Locubín, 29 de Julio de 2008
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PRUEBA: Marcha Cicloturista de Doña Mencía 2008
AUTOR: Eduardo Soler
CRÓNICA:
CITA CON EL CICLISMO DE PRIMER NIVEL. MI CRÓNICA DE LA I MARCHA CICLOTURISTA NEUTRALIZADA DE DOÑA MENCÍA.
El día 7 de Septiembre de 2008 cuatro miembros de Ciclocubín, como representantes de la Sierra Sur y el Dessafio, disfrutamos una vez más de un día de ciclismo en Doña Mencía (Córdoba).
Nos reunimos a las 8:15 de la mañana en el Paseo los miembros de Ciclocubín que íbamos a participar en la prueba. Cargamos las bicicletas en los coches y partimos hacia la salida. En media hora habíamos llegado a Doña Mencía, no está lejos. Algún día probaré en llegar hasta allí con la bicicleta de carretera.
Sin problemas llegamos al auditorio donde se entregaban los dorsales. En el pueblo había señales que nos guiaban hacia él. Los dorsales eran económicos. Consistían en una placa de plástico con dos agujeros y un número marcado con rotulador permanente. La placa iba sujeta a la bicicleta con dos simples alambres.
A las 10:00 se dio la salida de la marcha (la salida oficialmente era a las 9:30) y después de un par de vueltas por un recorrido urbano por Doña Mencía enfilamos una calle con mucha pendiente para salir del pueblo e iniciar la primera rampa dura del recorrido.
El primer tramo era una verdadera trampa. Era de arena, tierra y piedras no compactadas en el cual la bicicleta resbalaba y era necesario echar pie a tierra y arrastrarla. Si era posible pedalear durante unos centenares de metros, el ritmo se veía truncado por el pelotón de gente que se agolpaba en las zonas donde no era posible vencer a la pendiente montado en la bicicleta. En ocasiones era el ciclista que iba delante el que resbalaba y eso obligaba a parar. Fue una ascensión dura pero corta.
Y si la subida fue una trampa, no menos lo fue la bajada. En este tramo el pelotón se había estirado un poco. Cruzamos por caminos y senderos poco marcados entre olivares; por zonas en las cuales la tierra estaba arada y completamente suelta, por terrenos llenos de piedras, sorteando olivos a izquierda y derecha… fue peor que la subida.
Al fin entramos en un camino más marcado que conducía a una carretera. Allí, en el kilómetro 7, nos detuvimos en la primera parada del día. Hablamos con Pavel Tonkov (ex-ciclista profesional) y con Luque (subcampeón mundial de ciclismo en carretera master 30). Invitamos a ambos a participar en el Dessafío de la Sierra Sur. También invitamos a Luís Amores, gerente de una empresa de perfumería que quiere colaborar con el Dessafío. Él mismo bromeaba con nosotros diciéndonos que la gente de fuera cree que él es Pavel Tonkov.
Proseguimos la marcha por un tramo de carretera hasta de nuevo pisar la tierra de los carriles de la zona. Después de unos toboganes nos detuvimos de nuevo en el kilómetro 13 para el reagrupamiento, en una zona en que el terreno picaba un poco hacia arriba. Hablamos con un corredor de Baena que aún no había saludado a Pavel Tonkov.
Iniciada de nuevo la marcha el grupo se estiró. Yo me adelanté en ese tramo de ascenso y pude situarme cerca del pelotón de cabeza. Los carriles en esa zona tenían un firme no muy apropiado, especialmente en el último tramo de la subida. Además, en los tramos con poca pendiente el pedaleo era duro debido a la enorme cantidad de piedras y el firme más inestable de los mismos. Poco antes del descenso que conduce al avituallamiento me alcanzaron y sobrepasaron, como una exhalación, Pavel Tonkov y Luque.
En el kilómetro 18 se situaba el avituallamiento. Era sencillo. Consistía en unos bollos de pan cada uno se preparaba a modo de bocadillo con el fiambre expuesto a tal efecto. Las bebidas se situaban en bidones grandes con hielo. Estuvimos una media hora parados en el avituallamiento, en el cual pudimos seguir confraternizando con los miembros de la peña ciclista Doña Mencía y con los responsables de ese avituallamiento.
Iniciamos de nuevo la marcha en un recorrido lleno de toboganes por carril en condiciones aceptables visto el tramo recorrido con anterioridad hasta el punto en que entramos en un barranco en franco ascenso plagado de repechos de cierta dureza por la naturaleza del terreno quebrado y con múltiples obstáculos. Salimos al cruce con una carretera donde se produjo de nuevo el reagrupamiento. Allí había un avituallamiento líquido pero cuando me acerqué a por agua ya se había agotado y cogí la última coca-cola que quedaba. No me la tomé. Había comido y bebido mucho en el avituallamiento y decidí guardarla en la mochila para más tarde.
La marcha proseguía por un carril en buenas condiciones (comparadas con las del barranco subido en el tramo anterior) de elevada pendiente que conducía a una carretera.
Tras unos pocos kilómetros de carretera entramos en la vía verde (a 15 km de Doña Mencía) que hicimos en el grupo de cabeza a un ritmo frenético de 20-25 km/h. Nos encontramos a un “ciclonudista” que pedaleaba en dirección contraria a la nuestra. Al llegar a la falda del pueblo nos ofrecieron gajos de fruta para reponer fuerzas.
Entramos en el pueblo de forma triunfante dándole un par de vueltas, como en la salida, antes de entrar en el auditorio donde se celebró la comida final. A Remigio y Milla se les pincharon sendas ruedas, desinflándose en el auditorio al extraer los pinchos. También pinchó Pascual que, aunque su rueda no se desinfló, llevaba muy poca presión. Así que yo fui el único que se salvó.
Nos ofrecieron fiambres variados como aperitivo y para amenizar la entrega de los trofeos. Sorprendentemente, nosotros, el club ciclista Ciclocubín, nos llevamos el trofeo al club desplazado desde mayor distancia a pesar de estar a apenas media hora de Doña Mencía. Fuimos el único club que se desplazó desde otra provincia distinta a la de Córdoba.
Disfrutamos de una buena jornada de ciclismo. Pudimos hacernos fotos con Pavel Tonkov e invitar al club de Doña Mencía al Dessafío de la Sierra Sur. Y probamos los deliciosos tomates fritos con setas al estilo menciano por el módico precio de 5 €.
Como nos dijo el propio Luque: “Vale la pena conocer otras zonas y otros recorridos”
Eduardo Soler Rosales
Castillo de Locubín, 8 de Septiembre de 2008
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PRUEBA: I DESSAFIO DE LA SIERRA SUR DE JAEN, 4 de Octubre de 2008
AUTOR: Eduardo Soler
CRÓNICA:
“HOY TENGO UN SUEÑO”
¿Cómo no titular mi crónica sobre el I maratón DESSAFIO de la Sierra Sur, que con la frase que popularizó Martín Luther King?
Hace un año…
Hace un año el DESSAFIO sólo era una idea, ni siquiera tenía todavía ese nombre. Empezó a tomar forma con aquél fatídico ensayo de Travesía de la Sierra Sur que para mí terminó con el eje de la rueda trasera partido en el kilómetro 14. Ese día era 14 de Octubre. ¿Coincidencia? Mmm…
Pero eso es otra historia. La situación era diferente, las condiciones eran distintas. Pero de eso hablaré luego…
El día de la carrera me desperté asustado, mi reloj sonó y al verlo creí que eran las 9:00 cunado eran las 6:00 de la mañana. No recuerdo si pude dormir algo aquella noche. El día anterior habíamos cenado con los árbitros y jueces de la carrera y la comida se alargó hasta las 12:00 de la noche. Por suerte había preparado ya el material y la bicicleta. Decidí llevar la chaqueta larga de Ciclocubín y el malloit y culotte del Dessafío.
Llegué al Paseo a las 7:30 de la mañana. Al poco tiempo José “el Sastre” me pidió un casco para uno de los Gallipatos de Parapanda que venía sin él y me acerqué a mi casa a buscarlo. Estaba nervioso, no sólo por la carrera sino por los detalles que había que organizar antes de la misma. La sangre hervía en mi interior y recuerdo que pensé que el glucógeno de mis músculos se habría consumido antes de empezar. Por suerte no fue así.
Después de descontrol total de mis actos en esa hora y media antes de la salida, por fin me coloqué en mi cajón de salida correspondiente junto con Alejandro Valderas. Me llamó Remigio para que fuera bajo el arco hinchable y hacernos una foto todos los organizadores, pero cunado el móvil me avisó de que tenía una llamada perdida ya se había lanzado la salida.
Sólo en los 101 de Ronda tuve una sensación parecida a la que viví ese día en el cajón de salida, con ciclistas rodeándome por todos lados. La espera no fue tan larga como en Ronda y puntualmente el cohete dio la orden a los ciclistas de iniciar el DESSAFIO. Ya no había vuelta atrás, ya no se podían corregir errores, era el momento de la verdad.
Inicié la marcha a un fuerte ritmo, colocándome a la altura de Miguel “el Cuco” y José “Pileta”, aunque pronto me distancié de ellos. Mi primer objetivo era llegar al avituallamiento de Valdepeñas en menos de 1hora y 20 minutos. En ese tramo alcancé a Remigio y lo sobrepasé antes de los 10 km y de abandonar el término municipal de Castillo de Locubín. Poco después de pasar la verja de Don Rafael Álvarez de Morales me alcanzaron y sobrepasaron, como una exhalación, los hermanos Manuel y Félix Cabrera. A los 16 km de carrera me superó Miguel “el Cuco” y justo después Milla. Todo un éxito para mí, considerando que Milla me alcanzó en el kilómetro 6 en los 101 de Ronda y porque tuvo que bajarse a recoger un bote que se le había caído.
Llegaba la primera rampa dura del recorrido, el momento de la verdad se acercaba. Las sierras empezaban a mostrar su poder, pero tímidamente, sólo para que los que creemos en poder vencerlas caigamos en su trampa. Conseguí superar la rampa montado en la bicicleta, la segunda vez que consigo hacerlo.
La bajada, a pesar de estar hormigonada, no deja de tener su peligro, con curvas cerradas. Desemboca en la falda de Valdepeñas de Jaén. En ese tramo me alcanzó José “Pileta”.
Una vez llegado al avituallamiento unos niños vestidos de ciclistas entregaban las barritas energéticas mientras que María Angustias Velasco, concejal de ese Ayuntamiento y diputada de deportes estaba arrimando el hombro ayudando a los voluntarios con los plátanos. Me encontré con los hermanos Cabrera, que decidieron tomárselo con calma. No conseguí llegar en 1:20 horas por 3 minutos. Paré poco en ese avituallamiento. Me quité la chaqueta de Ciclocubín luciendo en la ascensión a Navalayegua el malloit del Dessafío.
Había que guardar fuerzas, conocía ese recorrido. Sabía de la crueldad de las montañas. Cualquier esfuerzo extra, cualquier rueda que intentara seguir, sería una losa pesada que me hubiese sido imposible levantar. Realicé la ascensión en un tiempo discreto (50 minutos), aunque menor que la primera vez que lo subí (1 hora y 5 minutos). Durante la misma tuve la oportunidad de hablar con 2 ciclistas de Madrid y les dije lo que les esperaba a partir de ahora. Decidieron tirar, pero luego pagaron el esfuerzo y los adelanté poco después de pasar el cortijo de Prados. En la cumbre de Navalayegua, había un ciclista caído que ya había sido vendado.
La bajada fue trepidante, arriesgué en todas las curvas y tuve que pegar más de un frenazo que por pocas voy al suelo. Pero yo tenía una carta a favor, ya había realizado ese descenso en varias ocasiones y sabía donde se podía tomar velocidad y donde no.
Llegué al avituallamiento de Cortijo de Prados, en 2 horas y 40 minutos, hasta yo mismo me sorprendí del tiempo que estaba haciendo. Pero no quise hacerme “pájaras mentales” (que son peores que las físicas), ya las había sufrido en la Ascensión al Veleta (físicas y mentales, ahí hubo de las dos). Allí me encontré con varios miembros de la Peña Ciclista Alcalaína como Jorge el de Formentera y Cristóbal, lo que venía a demostrar la gran progresión que llevaba. Me alcanzó también Rafa Caño que me acompañaría durante los primeros kilómetros de la subida a Alamillos. Comí rápidamente y bebí un vaso de bebida isotónica en el avituallamiento y salí inmediatamente junto con Rafa Caño.
Durante algunos kilómetros formamos un terceto Rafa Caño, un ciclista de Córdoba y yo que se desmembró al llegar al Cortijo de Alamillos, cuando yo me paré para reponer agua en la fuente. Las montañas hacían patente su poder, pero a diferencia de otras veces, ahora sabía de lo que eran capaces, sabía que sólo debía sufrir un poco más.
En el punto de agua saludé a Blas de Protección Civil, mientras Rafa Caño decidió seguir hacia delante y no esperarme. Luego pagaría ese esfuerzo. En esa zona el carril comienza a ganar altura muy rápidamente y allí fui recogiendo algunos cadáveres incluido el de Rafa Caño, al que ví arrastrando la bicicleta a 300 metros del descenso que pone fin al carril.
Empezaba a sentirme cansado. La subida hasta los molinos parece cada vez más larga que la anterior, pero aún así de algo tenían que servir las fuerzas que guardé en el puerto de Navalayegua y decidí que había llegado el momento de entregarlo todo y subí hasta los molinos con un desarrollo duro, que dadas las condiciones físicas en las que estaba en ese momento significa plato mediano y piñón 2. Sólo un ciclista de Granabike logró rebasarme en todo el tramo y dos más que me alcanzaron al llegar al avituallamiento.
Pero nunca me cansaré de repetir que las montañas son crueles, frías y duras. Que los Dioses de la Naturaleza las diseñaron con el único objetivo de torturar a los hombres, seres mortales inferiores. De no ser así, ¿Qué sentido tendría subirlas? ¿Cuál sería el reto? ¿Dónde termina nuestra fuerza? (o ¿Dónde empieza nuestro orgullo?).
Nos debatimos en un pulso contra la Naturaleza, un pulso que estamos predestinados a perder pero que podemos controlar a base de valor, coraje y sufrimiento. El fracaso no es una opción.
La bajada desde los molinos fue placentera, adquiriendo una gran velocidad especialmente en los tramos en los que era posible hacerlo. Inicié el camino hacia Los Rosales con un desarrollo blando manteniendo a un grupo de 4 ciclistas a unos 10 metros de distancia. Por los uniformes creo que eran dos de Pata Negra Doña Mencía y dos de Granabike, aunque no estoy seguro ya que no logré alcanzarles en ningún momento. Pedaleé con fuerza pero no lo conseguí. Tuve un amago de calambre justo antes de llegar a la cruz de Los Rosales, que por suerte únicamente fue eso, un amago. Eso hizo que me tomara las cosas con más calma, sobre todo después de que me alcanzaran Remigio y Rafa Caño en el segundo punto de sellado.
Uno de los ciclistas que selló su pasaporte antes que yo se quejaba de la dureza de la prueba diciéndole a los controladores en tono irónico: “decidles a los organizadores que son unos cab****zos”. Descendimos por el camino entre olivares y huertas el terceto formado por Rafa Caño, Remigio y yo, llegando hasta el avituallamiento de Frailes. Allí nos encontramos con Alejandro Valderas, Jorge “Formentera” y Cristóbal en una prueba más del excelente tiempo que estaba haciendo en la prueba. El propio Jorge reconoció mi esfuerzo diciéndome en todos los puntos donde nos encontramos: “Hoy estás que te sales”.
Paramos poco en ese avituallamiento y pronto iniciamos de nuevo la marcha el terceto reunido en el control de Los Rosales. A la salida del avituallamiento se encontraba Caridad, concejal de cultura del Ayuntamiento de Frailes que se prestó para colaborar con el Dessafío, del mismo modo que lo hizo María Angustias en Valdepeñas. Después de atravesar Frailes nos adentramos de nuevo en la Sierra, superando en primera instancia una rampa con una fortísima inclinación. Me adelanté un poco a mis compañeros de fatigas al ver que podía pedalear cómodo, pero enseguida bajé el ritmo para que me alcanzaran. Es una rampa larga, eterna, especialmente con 72 km en las piernas.
Continuamos por terreno favorable hasta llegar a los únicos metros del recorrido que son imposibles de realizar montado en la bicicleta; una pared vertical en la cual hay que arrastrarla para poder continuar. Afortunadamente son escasos. La carrera prosigue por un camino de zahorra blanca en el cual hay que arrastrar la bici unos metros antes de poder montarse en ella de nuevo. Recorrimos todo el tramo que separa ese punto del avituallamiento de Alcalá el terceto que formamos en Los Rosales. Allí, encontramos de nuevo a Alejandro Valderas, Jorge “Formentera” y Cristóbal ya por última vez antes de la meta.
No paramos demasiado tiempo en el avituallamiento. Yo aproveché para quitarme la chaqueta de Ciclocubín que llevaba desde el descenso de Navalayegua. Ya sobraba. Solamente quedaban unos 15 kilómetros a meta, sabía que era posible logarlo y además en menos de 7 horas que era el tiempo que me había marcado como referencia.
Aún así los últimos kilómetros fueron un auténtico calvario. La salida de Alcalá es por unas calles de enorme pendiente que me hizo temer por los tirones que había sufrido kilómetros atrás en Los Rosales. Por el contrario, el camino viejo de Charilla es casi todo en descenso, lo que me ayudó a recuperar fuerzas para afrontar el sprint final de la prueba. Sin embargo en el último tramo de subida antes de entrar en Charilla, los amagos de calambre volvieron a aparecer, aunque pude resistir la subida hasta la carretera. A Rafa Caño le dio un calambre en esa subida y tuvo que bajarse de la bici para estirar. Remigio y yo fuimos más lentos para ver si era capaz de alcanzarnos y al poco tiempo ya estaba de nuevo montado en la bici y a nuestra altura.
A la salida de Charilla se situaba el último punto de sellado. Al pararnos nos alcanzó un pelotón de ciclistas, pero nosotros salimos antes que ellos y no lograron alcanzarnos. En ese tramo nos distanciamos. Rafa Caño tiró por delante y a mí me rebasaron dos ciclistas de Alcaudete que se colocaron entre Remigio y yo. Al llegar a la cuesta “del perro” vi como Rafa Caño estaba parado, no pudo vencer la pendiente. Yo en cambio si. Puse el desarrollo más blando y de la misma forma que en el ensayo de Julio conseguí subirla entera a pesar de los 90 km que llevaba ya en las piernas. En el descenso estuve a punto de caerme, pero la Diosa Fortuna estaba conmigo ese día; pude sacar el pie del pedal y evitar besar el suelo. En ese tramo me alcanzó Rafa Caño y fuimos juntos hasta la entrada del pueblo donde se distanció de mí.
Ver el cartel de 1 km para meta después del sufrimiento padecido fue una absoluta bendición. Sabía que ese kilómetro sería duro, no sólo físicamente porque las calles del Castillo pican hacia arriba, quizás más incluso por el hecho de saber que quedan únicamente 1000 m de sufrimiento, de dolor, 1000 metros para la Gloria.
Al final logré mi objetivo, o mejor dicho, mis dos objetivos. El primero terminar el Dessafío y el segundo hacerlo en menos de 7 horas. Sólo puedo decir que para mi fueron 6 horas y 55 minutos de auténtica tortura, pero ha merecido la pena.
Conseguir que el 4 de Octubre fuera una fiesta para los amantes del ciclismo de montaña no fue tarea fácil. La preparación, coordinación, diseño y ejecución del proyecto ha durado casi todo un año.
En este tiempo ha habido de todo. Desde las primeras reuniones que mantuvimos como la que realizamos el 7 de Diciembre de 2007 en Alcalá, después de participar el día anterior en la dura cicloturista de la Grana en un recorrido durísimo de unos 65 km, hasta la última que tuvimos un mes antes del la fecha indicada en casa de Valderas tomando las decisiones más importantes de la carrera.
Por momentos parecía que el DESSAFIO no se realizaría, mientras que en otros la idea tamba más fuerza y se acercaba a la realidad. Finalmente ha abandonado para siempre la sensación de irrealidad que lo envolvía para convertirse en una sólida realidad. Ahora sabemos que sólo estaba oculto, que era la manzana dorada del jardín de las Espéridas, únicamente la conjunción de Héroes y Dioses es capaz de poseerla.
Un día soñamos en que podía hacerse y lo hicimos. Nadie pensaba hace un año que 500 ciclistas pasarían por un recorrido diseñado por nosotros (es decir, por José “el Sastre”, el recorrido es mérito suyo), nadie pensaba que podíamos llegar hasta el límite de nuestra capacidad. Y no sólo eso, sino que incluso lograríamos rebasarlo. Y ha sido posible con el trabajo de todos. En este punto sería injusto no mencionar las horas de trabajo que ha sacrificado Remigio para que la prueba fuera un éxito hasta en sus últimos detalles, las horas que ha dedicado José “el Sastre” (el Padre de la idea) o 12 horas que pasamos José “Pileta”, Fuentes y yo señalizando el recorrido (“Pileta” no me perdonaría que no mencionara a su Suzuki en esta crónica).
Esa es la esencia de la Sierra Sur, paisajes espectaculares, olivares, pinos, encinas, chaparros, montes,… y especialmente subidas, terreno rompepiernas elevado a la enésima potencia que hace las delicias de los amantes de este deporte. El sufrimiento es inherente a nuestro territorio. El esfuerzo, sudor, la sangre derramada en esas bajadas,…forman parte de nuestra idiosincrasia.
Somos los que hemos convertido ese sueño en realidad, en algo tangible, no nos lo han regalado, es fruto de nuestro esfuerzo, nuestra dedicación y nuestra insistencia. Por encima de retos personales nos hemos aunado en un “dessafío” común del que podemos estar orgullosos de su éxito.
Lo hemos hecho una vez, una vez creímos que era posible, creámoslo de nuevo. “Hoy tengo un sueño”… Hecho realidad.
Eduardo Soler Rosales
Castillo de Locubín, 9 de Octubre de 2008
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PRUEBA: Marcha Cicloturista Domingo Pérez 2008
AUTOR: Eduardo Soler
CRÓNICA:
LO QUE PUDO SER Y NO FUE (AFORTUNADAMENTE). CRÓNICA DE LA IV MARCHA CICLOTURISTA A DOMINGO PÉREZ.
El día 19 de Octubre de 2008, por enésima vez este año, nos reunimos un grupo de ciclistas de la Sierra Sur para participar en la IV marcha cicloturista Domingo Pérez. Partimos con cierto retraso desde Castillo de Locubín, los 3 ciclocubines que participamos en la marcha, pero logramos llegar a tiempo para recoger nuestros dorsales e iniciar la carrera.
Llegados a Domingo Pérez nos encontramos con los miembros de la Peña Ciclista Alcalaína. Algunos de nosotros llevábamos puesto el malloit del Dessafío, enseña única, estandarte y referente del ciclismo en la Sierra Sur a partir de ahora.
Antes de iniciar la marcha la organización nos informó del mal estado en el que se encontraban los carriles de la zona por el barro producido por las lluvias de los 3 últimos días. Sin embargo, la organización no suspendió la prueba y a cambio nos ofreció un recorrido alternativo por asfalto en su mayor parte pero precioso.
Aproximadamente a las 10:00 se dio la salida. El grupo de ciclistas, de aproximadamente 80 unidades, fue dirigido por la organización por carreteras entre olivos y campos de cereal en un falso llano picando hacia arriba. No quité el plato grande en todo ese tramo, salvo en una cuesta de mayor pendiente antes de la primera para del día.
En el descenso se me salió la cadena y tuve que parar a ponerla y un par de kilómetros más tarde hicimos la primera parada del día, reagrupando a todo el pelotón. En ese punto, el grupo de cabeza fue dirigido por la organización por un camino a mano derecha el cual no parecía ciclable dado el barro que había. Yo intenté entrar cuando llegué al punto en el que se inicia el camino pero la organización me retuvo en la carretera. Poco después los que habían iniciado la aventura por el carril volvieron con las bicicletas llenas de barro. Viejos recuerdos vinieron a mi mente rememorando el intento fallido del Dessafío en Marzo. Yo creía que “sólo” era un recuerdo.
Finalmente todos los ciclistas nos concentramos en ese punto y la organización nos dirigió de nuevo por carretera hasta el avituallamiento situado en Montejícar.
Una vez llegamos a Montejícar le dimos un par de vueltas al pueblo, donde el ambiente de puro ciclismo se podía respirar en el ambiente con la gente volcada y animando a los ciclistas a su paso.
Nos sirvieron zumos y bebida isotónica, así como unas deliciosísimas tortas de azúcar. Estuvimos parados una media hora en la cual pudimos confraternizar con los allí congregados. Especialmente Jorge de Formentera que piropeó a una rubia con la cual acabamos echándonos una foto algunos miembros de la Sierra Sur.
Al salir de Montejícar, circulamos por todas las calles del pueblo siendo animados por todos los habitantes del pueblo. Yo choqué las manos con un par de niños que extendieron sus manos hacia la calzada.
Me coloqué en las primeras posiciones del pelotón y empezamos a rodar por terreno completamente llano en el cual empecé a tomar mucha velocidad incrementando paulatinamente el ritmo de mis pedaladas, adelantando a algunos ciclistas.
Poco después, en franco descenso, entramos en el único tramo de carril del recorrido. Se podía rodar bien, pero de vez en cuando había charcos y terreno de barro blando en el cual había que imprimir más velocidad para conseguir no echar pié a tierra. Pero superamos ese escollo sin mayores dificultades, el resto del firme del carril era ciclable. El paso por los charcos y dejó todo mi cuerpo salpicado de barro. Pero aún quedaba lo peor…
Después de superar ese tramo entramos en una zona de carretera de unos 3-4 kilómetros, que atravesaba una urbanización, antes de que la organización nos desviara de nuevo por un carril a los primeros ciclistas.
Este nuevo camino, entre olivares, empezaba bien. El firme parecía bastante sólido y aunque había barro no era del que se pegaba a las ruedas. Puede superar una primera rampa de mucha pendiente sin apearme de la bicicleta. El descenso era por una finca privada hasta un talud que desembocaba en un camino y que había que atravesar bajándose de la bicicleta.
En el camino, el pedal izquierdo me resbaló cuando intenté engancharme debido al barro acumulado en la cala y me di un fuerte golpe en la pierna izquierda, justo por debajo de la rodilla, y luego resbaló hacia abajo produciéndome una herida hasta la mitad de la pierna. ¿Porqué todo lo malo me pasa en la pierna izquierda? En Ronda y el Veleta, calambres; en Alcaudete, una caída que afectó también al antebrazo izquierdo; una caída a la salida de Alcalá con la bici de carretera en la que me clavé los dientes del plato grande,… Aún así pude continuar, pero el camino tenía cada vez más barro pegajoso, hasta un punto, justo al entrar en una zona donde hay algo de monte, en el cual ya no pude pedalear más. Y como yo, muchos otros tuvieron que apearse y arrastrar la bicicleta hasta unos metros más allá donde la organización nos retuvo.
Y lo que sólo era un recuerdo se convirtió en una sólida realidad. De nuevo nos encontrábamos atrapados en un universo embarrado. Solamente Jorge de Formentera y yo sabíamos lo que era aquello. Sabíamos lo que era sufrir el azote de caminos indómitos llenos de barro pegajoso que no permiten que la rueda avance ni un metro. Ahora muchos otros pudieron comprobar nuestro sufrimiento. Jaime bromeaba diciendo que su mujer le había pedido tierra para las macetas. No pudimos continuar.
La organización nos devolvió de nuevo a la carretera donde se inicia el carril, en la cual se había concentrado todo el pelotón de ciclistas que iniciamos la marcha y recorrimos el último tramo de la marcha por carretera hasta Domingo Pérez.
Al llegar le dimos un vuelta al pueblo antes de entrar al auditorio donde se celebró la comida final. La organización dispuso de una cuba para que pudiésemos lavar las bicicletas y nos ofreció una paella como comida para amenizar la entrega de premios (por cierto a mi me tocó un casco).
Al final fueron 53 kilómetros casi todos por carretera, pero eso no quita que disfrutáramos de un excelente día de ciclismo. Seguro que el año próximo volveremos y disfrutaremos aún más con los caminos y senderos de esas sierras.
Eduardo Soler Rosales
Castillo de Locubín, 22 de Octubre de 2008
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PRUEBA: Ruta BTT Sierra Mágina
AUTOR: Antoine González
CRÓNICA:
El Club Deportivo Cicloturista "Vergilia", el Excmo. Ayuntamiento de Campillo de Arenas y la A.D.R. de Sierra Magína en colaboración con la Diputación Provincial de Jaén y la Federación Andaluza de Ciclismo, organizaron esta mañana, domingo 2 de noviembre de 2008, la VIII RUTA CICLOTURISTA BTT "SIERRA MÁGINA, EN MEMORIA DE ANTONIO SÁNCHEZ GARCÍA", por la Sierra de Campillo de Arenas. Se rindió homenaje al desaparecido ciclista del club "Vergilia" de Campillo de Arenas en presencia de su hijo y su hija, que entregaron los trofeos y demás regalos a los participantes.
El recorrido comenzó a las 9:30 y transcurrió desde la Plaza de Andalucía de Campillo de Arenas donde se dio la salida, por el alto de Orozco, Puerto El Escribano y un difícil Circuito por el Cortijo del Barranco, 4 km de trayecto opcional que hicimos solamente algunos ciclistas que íbamos en cabeza de carrera, mientras llegaba el resto de participantes. Confieso que de haber tenido idea del barrizal que escondían esos 4 kilómetros, no los habría recorrido pues había en ese carril más dificultad y lodo que en el circuito previsto para todos los ciclistas. Tuve que parar dos veces a limpiar el desviador que se había bloqueado por el barro, al bajar en plato grande no pude pasar a plato mediano en la subida hacia el cruce donde nos volvíamos a reunir con los vehículos de la organización que ya estaban entregando el primero de los dos avituallamientos. Además de estos también nos entregaron una bolsita con trozos de pan de higo y otras golosinas al recoger el dorsal.
No hubo ningún ciclista de Alcalá la Real, excepto yo. Sí hubo ciclistas de Motril y de Torrenueva Costa Tropical, de modo que opté por ponerme encima del maillot de la peña alcalaína, el chaleco del club ciclista "radiovisión" de Motril en representación de sendas Peñas.
Paramos una vez más para hacernos unas fotos aprovechando el segundo avituallamiento, que también dedicamos, mientras nos tomábamos una manzana y un zumito de fruta, a limpiar las bicis con ramas rotas de los pinos e ir soltando lastre, sobre todo alrededor de los puntos de la transmisión, desviador, cadena, debajo de las horquillas, etc. limpiando las cubiertas que habían desaparecido escondidas por una espesa funda de lodo. El barro me salpicaba también el casco e inundaba los culottes largos, el maillot y la cara.
Lo peor de todo fue la lucha con la limpieza de las gafas, salpicadas de barro, empañadas por una discreta niebla, una lluvia apenas perceptible que dejaba sus gotas pegadas en los cristales de los que usamos lentes.
Tras esos instantes dedicados a los paisajes en el corazón de un frondoso bosque, teniendo por espectadores zorzales entre las hojas mojadas del ramaje esparcido, volvimos hacia Campillo de Arenas pasando por la Alberquilla, Cortijo Prados Bajos, Portillo de Casablanca, Casablanca y de nuevo, vuelta a la plaza del pueblo a orillas de la cual seguía abierto el vehículo de los churros de esta madrugada, que ahora vendía pollos asados. Allí aparqué esta mañana mi "renault laguna".
Regresamos por la Calle San Marcos donde el "todo terreno" de la organización arrancó a un ritmo inesperado, impetuoso, como para demostrar al entusiasmado público que las raíces de las húmedas encinas, de los espinos rojizos habían vertido su trasparencia de ligera savia sobre nuestras piernas y volábamos como los chorros de aquella lengua de agua debajo del puente de piedra donde todos posamos para unas fotos colectivas, entre corteza de árboles otoñales, ramas podridas, tierra y hierba mojadas, y los pájaros bebían en el alma del arroyo luminosos jugos de setas silvestres, bayas, placeres de roja resina, secretos de bosque, tímido sol de noviembre que de repente nos hacía invisibles, gotas de sudor cada ciclista con la sed en el cuerpo de su transpiración, bajo las gotas del viento frío despertando con temblores y sobresaltos, extrañas agitaciones, indescifrables movimientos, secretos húmedos y díafanos como perlas misericordiosas de agua bendita, agua del cielo, agua de nubes, de trémulas hojas, de algodonadas plumas de pájaros, agua cristalina del infinito, como la poesía de la infancia sin retorno posible.
Después de la entrega de premios y obsequios, subimos a la tercera planta para disfrutar de un buen tapeo de jamón, queso y chorizo, con cerveza sin alcohol, refrescos, limonadas, coca-cola, fanta, et coetera, para finalizar con un plato de secretaria en el balcón-azotea del edificio, desde donde hice tres fotos de fachadas y tejados de las casas céntricas de Campillos con los paisajes montañosos de los alrededores.
Por fin, he vuelto a mi coche, aparcado delante de la Plaza de Andalucía y emprendí regreso a Alcalá la Real. Ya en casa, me esperaba la gran bañera del cuarto de baño de esta planta de mi casa, me he sumergido en agua caliente casi hirviendo, sólo me falta el equipo de neopreno, las aletas y el fusil marino, masaje en las sufridas piernas con mis manos, disfrutando de lo lindo entre vapores y burbujas en la espalda. Después de ésto, mi ordenador y mi blog siempre dispuesto a escuchar mis historias, como un electrónico confidente. Ni más ni menos que la historia que acabo de contar e ilustrar con fotos y vídeos, al hilo de la improvisación. Nada ni nadie me satisface más que la aventura y poder hacer una crónica escrita y gráfica. Nada puede ser comparado a este placer. Después de comer algo ligero, con la tranquilidad del silencio y las imágenes de la jornada aún en mi retina, me espera la cama. Me gusta leer tranquilamente y dormirme como se duerme mi canario - es una hembra, se llama Lutecia - en la jaula donde viajó desde la casa de Lola en Madrid, sin asustarse, sobre el asiento trasero de mi coche, cantándome su felicidad de pájaro, quizás un beso o una metáfora, un principio de vida desde sus plumas amarillas como una lluvia de alas y sentimientos en tinta...
Antonio González Martínez
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PRUEBA: Bercho Bike 2008
AUTOR: Eduardo Soler
CRÓNICA:
EL RETORNO DEL JEDI. CRONICA DE LA MARCHA BERCHO BIKE 2008
El día 9 de Noviembre de 2008, un puñado de ciclistas de la Sierra Sur de Jaén participamos en la marcha Bercho Bike de Pegalajar. Es una ruta distinta, en principio, a las que hemos participado hasta ahora, al menos para mi, pero sabíamos a lo que íbamos.
Llegamos a Pegalajar a las 8:45 de la mañana, justo para rellenar la declaración jurada y hacer el donativo para obtener el ticket de la comida. Observar el conjunto de máquinas que había a mi alrededor era motivo suficiente para echarse a temblar. En el auditorio desde el que se realiza la salida sólo vi dobles con una amortiguación trasera extrema. En ese momento supe que no sólo iba a sufrir subiendo (algo lógico) sino también bajando.
Nos encontramos con Jorge Lara en la salida. Ya me parecía raro que no viniera siendo un especialista en bajar por veredas estrechas y malas.
Iniciamos la ruta el pelotón de 300 ciclistas allí congregados callejeando por Pegalajar, hasta pasar el cementerio y entrar definitivamente en caminos de tierra.
El grupo inició la ascensión a los cerros de Pegalajar entre monte bajo y encinares, pasando posteriormente a pinares. El firme en algunos tramos estaba mojado, y también las plantas, lo que nos hizo disfrutar de una orgía olfativa. Pero eso sólo era un canto de sirenas, una melodía/fragancia dulce, una vil artimaña que la montaña utilizaba para arrastrarnos hasta su trampa.
Pronto el carril se convirtió en una estrecha vereda en franco ascenso que nos obligó a apearnos de la bicicleta. De pronto, un reguero de ciclistas había delante y detrás de mí empujando la bicicleta por el sendero. Mi GPS marcaba pendientes de hasta el 32 % momentos antes de que se le terminara la batería y se apagara.
La montaña era muy cruel. En algunos tramos era posible montarse de nuevo en la bicicleta pero a los pocos metros, la caprichosa Madre Naturaleza nos enviaba, de nuevo, a nuestro fatal destino.
Mis gemelos, especialmente el de la pierna izquierda, estaban a punto de reventar del durísimo esfuerzo realizado en la ascensión, cuando la montaña decidió que era el momento de una tregua…
Descendí por el sendero hasta la carretera donde se realiza la elección del sendero por el que hay que bajar. Uno más corto pero más técnico u otro más largo y más rápido, conocido como el del JEDI.
Elegimos el sendero del JEDI. Parecía sacado de una las películas de la saga Star Wars, un descenso rapidísimo entre pinares altos y cerrados, encinas y quejigos propios del Planeta Naboo, donde caballeros valientes luchaban para salvar la Galaxia. Nos sentimos como verdaderos JEDIS. Pero…
Todos los héroes necesitan del sacrificio, del esfuerzo y también del fracaso, para salvar el mundo. En ese sendero me caí un par de veces. La primera fue al intentar esquivar una piedra que había en el centro de la vereda, y al caer estuve a punto de hacerlo sobre una formación rocosa prominente. En el suelo la vi perfectamente a través de mis gafas. La segunda fue en un tramo de ascenso. Las calas de mis zapatillas se habían llenado de barro (acumulado en la subida) y el pié me resbaló al intentar engancharme, dándome un golpe en la pierna izquierda y perdiendo el equilibrio. Eso no me impidió seguir. No iba a permitir que la montaña fuera más fuerte que yo.
Tras el sendero se encontraba el avituallamiento. Era copioso. Comí un par de tortas de azúcar y una barrita y bebí una bebida isotónica. Había unas dosis de glucosa que cogí y guardé en el malloit para posteriores rutas. Paramos demasiado y nos enfriamos. En ese tiempo, fueron entrevistados por un reportero gráfico, Cristóbal de la Peña Ciclista Alcalaína y Remigio de Ciclocubín.
Tras descansar y reponer fuerzas en el avituallamiento, la organización nos dirigió a través un tramo asfaltado de tendencia ascendente hasta el segundo sendero de descenso de la jornada. De nuevo la montaña nos atraía con su canto de sirenas, mostrándonos un camino fácil. Pero… lo que empezó como un camino fácil de pronto se convirtió en una vereda rapidísima, en la cual hay que tomar decisiones vitales en milésimas de segundo. En algunos tramos tuve que apearme de la bicicleta por miedo a sufrir una caída. Me dolían hasta los brazos de tanto frenar, algo que sólo me ocurrió una vez cuando descendí el puerto que conecta los Llanos del Ángel con Valdepeñas (claro que, en aquella ocasión, llevaba una bicicleta sin suspensión delantera y no llevaba guantes).
Entrar en una pista ancha de tierra fue una auténtica bendición. Puse el desarrollo más duro a la bici y me dejé caer hasta el punto de reagrupamiento en Pegalajar casi sin pedalear.
Una vez allí, de nuevo dos opciones: un recorrido adicional de 7 km ó entrar en Pegalajar y esperar en el auditorio la realización de la comida. No eran todavía las 13:00 así que decidimos realizar la ruta alternativa. En resumidas cuentas, más canto de sirenas.
Tras unos kilómetros por carretera, la montaña de nuevo nos llamó y entramos en un sendero de elevada pendiente que tuvimos que realizar a pie, arrastrando las bicicletas hacia arriba. Los gemelos se resintieron de nuevo, no recuperados del esfuerzo anterior.
El descenso era temible. Algunos tramos estaban compuestos de afloramientos de roca madre los cuales que me fue imposible bajar de otra forma que no fuera apeado de la bicicleta. Otros en cambio eran veredas entre pinos rectas en las que se podía tomar velocidad pero que al final con una curva cerradísima. Mi tercera caída del día se produjo en una de esas curvas al resbalar tras un frenazo.
Y por fin, las casas del pueblo, sin duda un regalo de los Dioses. Llegué hasta el auditorio donde se celebró la comida final, donde la tensión de mis músculos se relajó.
No fue hasta el día siguiente cuando me di cuenta de la magnitud de mis heridas; de la mella que la Bercho Bike había hecho en mi cuerpo. Con el ciclismo se aprende a sufrir, aunque esta vez no haya habido sangre de por medio, las magulladuras y golpes producidos en las distintas caídas, el dolor, el miedo,… hasta ese momento pensaba que con la bicicleta de montaña, aunque fuera BTT, no se podía pasar por cualquier tipo de terreno, pero se puede, siempre se puede.
Es un nuevo reto que he superado, una prueba que ha castigado física y mentalmente mi endeble cuerpo, una prueba en la que se hace patente el poder del miedo. Y aún más patente el poder del valor para superarlo. Las montañas son imprevisibles, crueles, la personificación del mal. Un mal atrapado, un mal que sólo puede expresarse de esa forma, que sólo puede arremeter contra nosotros de esa forma, dejándonos apenas caminos estrechos y malos. El día 9 nos demostramos a nosotros mismos que sólo hay una forma de vencer… luchar. Para que el mal triunfe sólo hace falta que los hombres buenos no hagan nada. El JEDI había regresado “sano” y salvo.
Eduardo Soler Rosales
Castillo de Locubín, 11 de Noviembre de 2008
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