(Dedicado a los Amigos de la Bicicleta de Los Villares, en particular al "moro")
CRÓNICA DE LO QUE "ESTA VEZ NO FUE UN SUEÑO" - LA MEJOR PANDERA
No se trataba de quitarle la razón a mi amigo el "moro". Siempre que nos encontramos me recuerda que mi mejor ascenso a la Pandera fue el que no hice... pero este año el ciclista villariego se ha quedado sin argumentos. En 2006 tuve que quedarme en Madrid y sólo pude subir a la Pandera en sueños, como saben quienes han leído mis crónicas anteriores. Este año las circunstancias me han permitido participar en la prueba, a la que he llegado en un extraordinario estado de forma, y así he podido sacarme esa espina por fin.
En 2003 sufrí un pinchazo a dos kilómetros de meta... en 2004 una terrible pájara me hizo l
legar extenuado y fuera de control... en 2005 conseguí llegar a la cima, pero reventé la rueda en el descenso, rompí un radio y tuve que regresar a mi pueblo en el coche escoba... y en 2006 no pude participar. Esta era la quinta edición de la prueba, con demasiadas deudas pendientes. Lo he tenido presente durante el invierno y la primavera, preparándome lo mejor que he podido en mi club Hortaleza, de Madrid, y participando en pruebas como la Sierra Norte y los Lagos de Covadonga.
¿La prueba? Ah, sí, eso es lo que quería contar. Algo más de 160 ciclistas se dieron cita en la edición de este año. Menos de los que nos gustaría, pero más que en las ediciones anteriores. La entrega de dorsales fue como cada año, un pelín lenta, pero entretenida con el gran surtido de bebida y comida que se encontraba a nuestra disposición en el parque de Castillo de Locubín. Yo traía el desayuno puesto, y me dediqué a saludar a gente que había conocido a través de Internet, como el valdepeñero Jose Manuel Cabrera, colaborador de esta web con sus crónicas, y Fernando, un cicloturista de Zafra (Badajoz) que venía acompañado por su hijo Angel, quien colaboró improvisada pero activamente con la organización. ¡Gracias, amigos!
Salimos con veinte minutos de retraso. El día invitaba a disfrutar con una agradable temperatura, algo fresca al amanecer, pero ideal para el ciclismo durante la mayor parte de la mañana. La subida al Puerto del Castillo fue un luminoso paseo, premiado con la espectacular panorámica del valle del río San Juan. Aproveché estos primeros kilómetros para charlar con la gente y hacer algunas fotos en ruta con el teléfono móvil, por lo que me quedé a cola del grupo. El pelotón fue a un ritmo un poco más alto que en anteriores ediciones, pero algo retenido por el coche que abría la marcha. Fueron pasando los kilómetros y llegamos a Frailes, punto clave de la jornada, donde comenzaba la ascensión a los Collados de Frailes, un bonito puerto de tercera categoría, que casi puede considerarse de segunda, donde la mayor dureza está en los dos kilómetros finales a casi el 7% de pendiente media. En las rampas de este puerto ya se empezaron a definir los grupos, y me vi rodeado de casi las mismas personas que posteriormente me acompañarían en el coloso. Mi paisano Miguel, un fanático del deporte y escalador nato, hizo la subida conmigo a lomos de su bicicleta de montaña, y entabló una nostálgica conversación con un ciclista que llevaba un maillot de Cataluña, recordando los quince años que pasó en su juventud trabajando en los hoteles de la Costa Brava. Llegamos casi sin darnos cuenta a los Collados. Esto se estaba pasando muy deprisa, casi sin sentir. La otra vertiente de la ladera nos regaló una vista espléndida de los llanos del Angel, una planicie a 1200 metros de altitud, que presentaba un espectacular color verde salpicado de motas multicolores. Un rebaño de ovejas se había agrupado bajo la impresiontante sombra de un árbol gigantesco, que les permitía cobijarse del sol. El arroyo de Cabañeros no llevaba agua, ya que es un curso que sólo discurre en fechas inmediatamente posteriores a las precipitaciones, o bien cuando la sierra de la Cornicabra está nevada, lo cual nos privó de asistir al espectáculo natural de la vieja cascada, con el agua despeñándose hacia el valle de Caños Blancos. Decidí que me interesaba llegar pronto al avituallamiento de Valdepeñas, así que me lancé al descenso con una valentía inusual en mí, de natural bajador temeroso. El conocimiento del terreno me impulsó a arriesgar un poco y fui adelantando grupos hasta que divisé el coche que abría la marcha, a un par de kilómetros de Valdepeñas. Allí me uní a Fernando y sus compañeros de Zafra, que habían ido todo el rato en cabeza. En el avituallamiento seleccioné sólo un plátano y un poco de bebida, y me tomé una barrita de miel que traía de casa. Todos los ciclistas estábamos detenidos en este punto, para proceder a la segunda salida oficial, con un grupo de 30 ciclistas que se incorporaban a partir de este pueblo, para hacer la versión corta de la marcha.
Como siempre, cruzamos Valdepeñas de Jaén en medio de gran expectación popular. Este pueblo siempre es muy agradecido. A la salida de Valdepeñas comienza la verdadera subida, aunque los siete kilómetros del puerto de Ranera sólo son un aperitivo sinuoso, un mirador de lujo para observar las antenas de la cumbre, que se acerca inexorable. Teníamos quince kilómetros por delante, en los que superaríamos casi mil metros de desnivel. "Entonces no es mucho", decía un ciclista de Adra, Almería, recordándonos que en su pueblo tenían subidas verdaderamente terribles. Si nos atenemos a los perfiles publicados de la Pandera y la comparación con otros puertos, efectivamente, esta subida no parece tan difícil, pero hay que afrontarla alguna vez en la vida para saber que tiene algo diferente, que la hace especialmente cruel con quienes se atreven a faltarle al respeto. Que se lo pregunten a las decenas de ciclistas que se arrastraban a tres kilómetros del alto, después de habernos superado alegremente cuando faltaban ocho.
En el puerto de Ranera se produjo un parón del coche de cabeza para reagruparnos, lo cual fue muy criticado por los que iban delante, justo antes de girar a la derecha y cruzar la verja que da paso al infierno. Nada más arrancar la subida hay algo más de un kilómetro con algunos tramos del 15% de pendiente, pero con varios descansos que hacen que la gente se confíe. Muchos ciclistas nos adelantaron a Miguel y a mí en esta zona. Después viene una amplísima curva llana hacia la izquierda y una suave subida, que va progresivamente convirtiéndose en pendiente, pero que consume dos kilómetros más sin apenas atisbar la dureza que se avecina. Estábamos a la mitad de la subida, sólo quedaban cuatro kilómetros cuando la carretera giraba bruscamente a la derecha, enfilando la terrible ladera que yo denomino "Huesera del Sur", una rampa que se prolonga durante dos kilómetros con picos del 19% de pendiente y sin ningún descanso. En esta zona Miguel y yo subíamos a la "vertiginosa" velocidad de 7 km/h, adelantando a muchos ciclistas que iban empujando sus bicicletas y algunos que serpenteaban penosamente. Conseguí subir todo este tramo regulando mis fuerzas, mirando al suelo y diciéndome a mí mismo que sólo había que dar una pedalada detrás de otra, sin pensar en el resto. Con esta estrategia llegamos a la curva y contracurva de la caseta, un punto que considero crítico en la subida, porque presagia el final de la temida rampa, aunque no se aprecie visualmente. Un esfuerzo más y llegamos a las rocas del collado que, con una pendiente mucho más llevadera, nos permite asomarnos a la cara norte de la montaña, desde donde se observaba una preciosa vista de la ciudad de Jaén, coronada por el castillo de Santa Catalina. ¡Qué pequeña se veía la ciudad allá abajo! Tras este pequeño descanso a dos kilómetros del alto, aún nos quedaba por superar un tramo de 300 metros con un máximo del 18% de pendiente. Esta es la rampa que realmente se me atraviesa. Parece corta, pero no consigo dominarla nunca. Miguel se me escapó unos metros por delante, y dos ciclistas de La Pedriza, una aldea de Alcalá la Real, que venían por detrás, me dieron alcance y me ayudaron a subir los últimos metros. Entramos los tres juntos en las instalaciones militares, en medio de una absurda cortesía que nos llevó a cedernos el paso mutuamente para no pasar primero por la línea de meta. Realmente ellos merecían pasar, porque se habían frenado para ayudarme en la última rampa, pero vi que estaban empeñados en dejarme a mí. Ante el riesgo de caerme al suelo decidí aceptar y cruzar la línea de meta el primero. A la espera de los tiempos oficiales creo que hice algo menos de 50 minutos de subida neta. Creo que no habían llegado más de cuarenta ciclistas en esos momentos, lo cual era un verdadero éxito para mí.
Una vez superado el reto, el resto fue euforia y felicidad. Bajé con la tranquilidad de haber vencido mis propios fantasmas, y subí la última tachuela, el puerto de Locubín, que en su cara norte apenas tiene doscientos metros de desnivel, a un ritmo muy vivo, en medio de una agradable conversación con los amigos de Los Villares, Zafra y otros ciclistas del Puerto de Santa María, Cádiz.
En la entrada a Castillo de Locubín se produjo algo de confusión porque el final de la marcha no se situaba en el pueblo, donde se dio la salida, sino en el paraje natural del Nacimiento del Río San Juan. Tuvimos que desandar un kilómetro para entrar en la zona de la vega por un camino local asfaltado. Este sitio es realmente espectacular, con tres grandes pozas de varias decenas de metros de diámetro, llenas de agua transparente. Especialmente llamativo es ver cómo brotan burbujas del fondo, formando un gran caudal de agua que se derrama por la vega en dirección a Córdoba. El río San Juan es la cabecera del que se conoce como Guadajoz y desemboca en el Guadalquivir en la propia capital cordobesa.
El final de fiesta fue perfecto, con una gran comida con mesas y sillas para todos, al estilo de los comics de Asterix, aunque sin jabalí. En su lugar, tuvimos paella y sandía para ciclistas y acompañantes. Desgraciadamente hubo un pequeño grupo de ciclistas que habían decidido acercarse primero al pueblo para recoger las cosas de sus alojamientos, por lo cual llegaron tarde a la comida, cuando ya se había agotado la paella, pero les dieron otras comidas alternativas. Se entregaron los premios de rigor y creo que esta vez no se puede poner ningún pero a la organización, espléndida en cuanto a la calidad y cantidad de avituallamientos, señalización de los cruces (mención especial a la peña motera "Er Güeso", de Valdepeñas) y todo con un precio de inscripción de cinco euros. Espero que el año que viene salga igual de bien
José Antonio Jiménez Castillo
Madrid, 4 de Junio de 2007