¡¡ESTO NO PUEDE SER VERDAD!!
por Isidro Nieto
La Pedriza, 18 de Julio de 2009
A principios de la década de los 90 había una canción que se titulaba "Malos tiempos para la lírica”. Pues casi 20 años después habría que alargar el título un poquito más y añadir “...y para casi todo”. Los ciclistas no somos ajenos al estado de desánimo y desilusión que nos impregna a todos, en el día a día cotidiano. Se hace muy duro cuando salimos los domingos en grupo, escuchar a unos y a otros de los vaivenes y sinsabores ocurridos durante la semana. Ver los rostros serios, la incertidumbre de la mirada, hablar lo justo, como si pronunciar una palabra nos costara un esfuerzo tremendo, las cabezas cabizbajas, sumidas en una meditación perenne; intentar sacar aunque sea una leve sonrisa es más arduo que ascender la Marmolada. Pues precisamente en estos momentos tan oscuros, es cuando hay que sacar a relucir todo lo que nos ha aportado este bendito deporte llamado ciclismo. Pasión, tenacidad, constancia, humildad, sufrimiento, mucho sufrimiento, alegría, respeto, comunión con el entorno, amistad, lucha, coger lo justo, avanzar aunque sea metro a metro, tender la mano, una sonrisa siempre dispuesta, una copita de vino al final del camino; no dejéis pasar esto último, levanta el ánimo y eleva el espíritu.
El VII Ascenso a la Pandera lo viví acorde con los tiempos que corren. Frío, espeso, anodino y con poca chispa. Bastante menos gente que en otras ediciones. El personal muy distante y hermético, cada vez queda menos calor humano. Prácticamente nos limitamos a cubrir el expediente, estuve, subí y me fui.
Rondando los 50 tu cuerpo tiene pocos secretos para ti, y al mínimo que lo “escuches” un momento te avisa del comportamiento futuro, los sioux lo llaman “manitú”; pues el mío me daba malas vibraciones y una vez más no se equivocó. Subiendo la Martina pinché, luego bajando no pude esquivar un bache y el llantazo fue tremendo, la rueda se me descentró y, aunque intenté solventarlo, no hubo manera. Para llegar a Valdepeñas nos pegamos un calentón de cojones, no hicimos nada más entrar y ya estaba partiendo el grupo de nuevo, y por megafonía “¡vamos, vamos!”... Ni tiempo de comer ni beber, cogimos al vuelo unas tortas caseras echas por una madre sufrida, y echando leches hacia la Ranera. Aquí pasé por un trance un tanto cómico, entre el polvo de los tramos de carretera sin asfaltar y la densidad compacta de las tortas, por pocas me asfixio.
En esto casi media etapa, a las puertas de la Pandera, y yo sin conectar con la marcha. Sigue el “mal fario”. A la entrada de la verja, en un tramo levantado y descarnado, se forma un embudo, click-clock de calas, caídas, montonera y sálvese quien pueda. No es mi día, me dejo caer, desconecto y en el tramo de las canteras intento recomponer el guión. En estos pensamientos iba cuando llego a a la altura del amigo Juan, subimos el tramo más duro y al llegar al primer descansillo lo tengo claro, hacer la subida a cola de pelotón. Otra perspectiva que hay que conocer, la experimenté el año pasado en el Dessafio 2008, y tiene sus “momenticos”. Se aproximaban los tres kilómetros infernales de la Pandera, y tampoco me seducía dejar tirado a Juan precisamente aquí, aunque sólo sea con la presencia de ánimo, un cable en este tramo se agradece por toda la eternidad. Ves la otra cara, la que nadie cuenta, mucha gente pie a tierra, e incluso andando, que se acuerda de todos los santos habidos y por haber.
En la retina siempre te queda alguien, y en este caso recuerdo el chaval joven vestido completamente de azul, en “mountain bike”, que hizo la última parte de la ascensión con Juan y conmigo; iba haciendo la goma y cuando creía que había acabado el calvario, ante sus ojos se desplegaron los últimos 400 metros al 15%, y dejó escapar la frase “¡Esto no puede ser verdad!”. Abatido y descorazonado, arrojó la toalla.
Es la ley implacable de la montaña, la que no perdona, la que nos humilla, la que nos hace postrarnos a sus pies, sin un atisbo de misericordia. Eso la engrandece aún más. Y mientras tanto con su trabajo de hormiguita y zapador abnegado, el “abuelo” corona un año más la cima. ¡Va por ti, maestro!
SEMBLANZAS FUGACES
De auténtica “buena suerte” lo de Manolo el castillero.
Por lo menos el “abuelo” y yo te echamos de menos, Eusebio. El año que viene con cincuenta menos uno, el desquite.
Al joven de azul, esto clama venganza.
Vaya casta la de Triki-Trake. Rafalín, eres un monstruo de la evolución humana.
El enfado tonto de uno de Ciclos Biedma, se empeñó el tío en que la ambulancia no lo adelantara, por si le daba un “majacuco”.
Jose, “el madrileño”, estamos en unas edades que el mantener y conservar lo logrado es una bendición.
Pechelo, duro con ellos, sin piedad
A todos los que no fueron, jamás recuperaréis este año. Tendréis otros, pero este no.
Fin de trayecto. Que la incertidumbre y el desasosiego se difuminen en el horizonte y un rayo de luz entre en los corazones de la gente de buena voluntad.