PARÍS – BREST – PARÍS 2015. “DEUS EX MACHINA

 

 

Seguro que José A. Jiménez “el Sastre”, gran aficionado al teatro, sabe lo que significa ese latinajo: “Deus ex machina”. Se utilizaba en el teatro griego y romano cuando una máquina introducía en el escenario desde fuera del mismo una deidad que resolvía; mediante poder divino, obviamente; una situación aparentemente imposible.

A mí me interesa más el sentido que actualmente se le da a la expresión: cuando un elemento externo resuelve una situación sin seguir su lógica interna.

 

Cualquiera que piense en 1.230 kilómetros en 84 horas, puede tener la sensación que es un reto imposible. Yo así lo creía. Llegué a París con cierta incertidumbre, hasta tal punto que; en el largo camino de ida; llegué a decirles a mis compañeros en esta aventura que si, en un momento dado, no me viera capacitado para terminar el recorrido en el tiempo marcado, que siguieran sin mí y yo ya me las averiguaría para completarlo aunque fuera de tiempo. Uno tiene su pundonor, las pruebas hay que terminarlas.

 

Todo el mundo sueña… Todo el mundo puede ser “engañado” en una prueba u otra. Aquí no. El que llega a París sabe dónde está. Ha tenido que hacer, al menos, 4 “brevets-randonneurs” de 200km, 300km, 400km y 600km. La París-Brest-París sólo es la culminación a ese esfuerzo previo, la creencia que todo es posible.

 

He realizado todas las pruebas preparatorias con el Club Ciclista Cástulo de Linares, salvo el 300 que lo hice en Algete (Madrid). Son muchas las anécdotas de todas esas rutas.

Recuerdo las croquetas con carne de rabo de toro que nos zampamos Bienvenido Camacho y yo en el 200 en el mismo bar-restaurante donde desayunamos por la mañana en Torredonjimeno, y al acabar de comer el camarero nos preguntó si ya habíamos terminado la ruta. Quedó atónito cuando le dijimos que llevábamos 140 km en las piernas y que nos quedaban todavía 60 hasta Linares!!

Del 300 de Algete, sobre el mismo recorrido que el primer 300 que hice en el año 2010, recuerdo perfectamente el trazado, todos los paisajes y pueblos de la provincia de Guadalajara. En esa ocasión, 11 de abril, me alojé en el mismo Algete, deleitándome la noche anterior a la marcha con una pata de cordero lechal que me dio fuerzas para superar la brevet con garantías. En cuanto a la marcha, compartí más de la mitad del recorrido con José A. Jiménez y con Agustín, habituales en este tipo de rutas y la verdad es que el recorrido se nos hizo muy ameno. También coincidí allí con Arturo, ingeniero agrónomo como yo, al que conocí el 300 de Linares-Córdoba-Linares del año pasado y con el que compartí gran parte del recorrido por el valle del río Tajuña, con el viento en contra.

El 600 ya fue otra historia. Jamás me había enfrentado a una distancia semejante. Manuel Valléz, el “capi” de Linares, me dijo que “sólo” eran dos trescientos seguidos (¡¡casi na’!!) y que la peor distancia para un randonneur es el 400. Tenía (y tiene) razón. Fue allí donde el grupo que finalmente iría a la París-Brest-París se unió definitivamente. O casi definitivamente.

El fin de semana elegido para esta brevet fue el primero de un interminable ciclo de olas de calor. Cuando realizamos los primeros 150 km hasta Córdoba la temperatura superaba ya los 40 grados. El viento no nos favorecía; es una máxima en todas las brevets: <<independientemente de las previsiones el viento siempre sopla en contra>>. A las 20:00, a 30 km de Sevilla, la temperatura seguía siendo superior a los 35 grados. Era insoportable. Llegué a Gelves (Sevilla), donde el amigo Gerardo, participante en la brevet, nos abrió generosamente las puertas de su casa, totalmente exhausto. Jamás había sufrido tanto en un 300. La comida y el reposo hacen milagros en un fondista.

Partimos de Gelves a las 5:00 de la mañana, objetivo: llegar a Linares antes de las 21:00, hora de cierre del control. Tras 80km de pedaleo las piernas respondían bien. Paramos a tomar café. No podía creérmelo. No imaginaba que el cuerpo humano podía recuperarse de tal forma. Pero haciendo las cosas bien, con cabeza, rodando al ritmo que hay que rodar y a relevos (no como el día anterior) las distancias se acortan. O por lo menos, se amenizan.

400: 27 horas de margen. Eso es otro cantar. Sobre el mismo recorrido que el 600 pero dándose la vuelta en Palma del Río. Sólo 4 valientes afrontamos la ruta: Gerardo, Javi de Málaga, “El Capi” y yo. De esta brevet sólo destacaré que estuve un buen rato tumbado en el suelo en Torredonjimeno con 345km ya en el cuerpo y que terminé vomitando la cena. Terminé a las 3:00 de la mañana pero no excesivamente mal; durmiendo en los asientos traseros de mi coche (tengo que decir que es una práctica habitual cuando termino reventado en este tipo de pruebas) hasta las 6:30 de la mañana. Es, ciertamente, la distancia más dura para un randonneur.

Ya había hecho los deberes, pero no había margen para dormirse en los laureles. Ahora tocaba la parte más dura. Hacer rutas largas para mantenerse en forma, saliendo a horas intempestivas o bajo cualquier circunstancia. Hice varias de esas rutas, de más de 200 kilómetros, con Pedrito Molina, Kisko y José A. Jiménez. Todas en plan brevet. Y también hice un 300 con el Club Cástulo pero ya con inscripción confirmada en la PBP. Para más inri la mitad del mismo, nocturno.

 

Deus ex machina”, perdonad que repita esta frase. Ya había hecho algo que para muchos es inconcebible. Pruebas de 200km, 300km, 600km y 400km, que al ritmo adecuado y con el entrenamiento adecuado son “asequibles”. Ahora había que enfrentarse a la madre de todas las pruebas, más del doble de kilómetros que cualquier otra prueba realizada hasta ahora.

El viaje hasta Saint Quentin-en-Yvelines fue largo y duro. Muchas horas metidos en una caravana, alquilada al amigo Gerardo en Sevilla. Mereció la pena. Muchas horas planificando, meditando. Intentando reconocer hasta el último centímetro de la marcha en una guía de carreteras que habíamos comprado en una estación de servicio.

Una vez llegados a Saint Quentin-en-Yvelines el follón padre. La Organización no había dispuesto ningún tipo de señalización hacia la zona del velódromo. Por suerte, un amable vecino nos indicó (en francés, por supuesto) y luego se puso delante de nuestra caravana con su coche para llevarnos hasta el lugar indicado.

Aún así aparcamos en el lugar incorrecto. Un miembro de la organización vino a decirnos que allí sólo podríamos estar 3 horas como mucho. Le expliqué como pude (en francés, por supuesto) que teníamos reservada plaza para la caravana. No era allí. Nos indicó un aparcamiento en el plano cerca de la instalación donde se realizaría la salida.

 

Llegados al lugar correcto una voluntaria, que se dirigió a nosotros en español, nos comentó que una bicicleta nos iba a llevar al aparcamiento. Hicimos poco más que instalarnos e ir a comprar al supermercado más cercano.

De camino un francés, François o Francisco de origen jiennense nos paró y en un español más que aceptable nos comentó que quería ir desde Carcassonne, donde vive, hasta Siles (Jaén) el pueblo de su padre.

Poco después nos encontramos a José A. Jiménez y el grupo de Madrid. Ya habían pasado el control de bicicletas e iban a su hotel a cenar… ¡Y a descansar!

La mañana del domingo la dedicamos a pasar el control de bicis el grupo de Jaén. Mero trámite. Recogida de la documentación y preparación de la máquina en formato randonneur. Alguno incluso se pasó de randonneur.

La tarde fue para visitar París. No tiene lógica que lleguemos hasta “París” y no visitemos París. Antonio, nuestro conductor de la caravana, y yo cogimos un tren hasta la capital francesa. Media hora de viaje hasta el mismo centro de la ciudad; a la estación de Montparnasse.

Cerca de la misma estación, visita al “Museo”, el cementerio de Montparnasse, denominado de esta forma por la multitud de famosos escritores y literatos enterrados allí. En la parte antigua, la zona de los panteones, se rodó una escena de la película: “El fantasma de la Ópera”.

De vuelta a la estación de ferrocarril, tomamos un metro hasta “Le Champ de Mars”, famoso por situarse allí la “Tour Eiffel”. Un paseo por los canales del Sena nos conduce a la base de la torre. Es una construcción monumental, que rompe la sintonía con el resto de la ciudad, en general, sin edificios altos.

De nuevo el metro nos conduce a “L’île de la cité”, que alberga el Ayuntamiento parisino, la sede del gobierno y la catedral de Nôtre-Dame. Todo impresionante. París es una ciudad que merece la pena. Un monumento en sí misma. ¿Quién fue el que dijo: <<París bien vale una misa>>?

 

A dormir. A las 4:15 hay que estar listo para ir a la salida. A las 5:00 comienza la PBP 2015. Mi primera PBP. Ya desde la salida no se parece a ninguna otra prueba. Incluso a las 5:00 hay voluntarios en todos los cruces y rotondas. Sobre todo jubilados.

Los primeros kilómetros pasan rápido, muy rápido. A las pocas horas nos reunimos con “el Capi” en el primer punto de avituallamiento (a la ida no es control) en Mortagne-au-Perche. Ya llevábamos 140 kilómetros. Más del 10% de la prueba. Recuerdo en los primeros compases, antes del primer control, fraccionar la prueba en bloques de 12,3 km (1%). Cada vez que pasaban otros 12,3 km pensaba en que ya quedaba menos. Tras el primer avituallamiento dejé de hacerlo. Los grupos eran más reducidos, el ritmo más lento, propio del cicloturismo más puro. Empezaba de verdad la París-Brest-París. Hasta ahora sólo me limité a tirar y tirar hasta que los kilómetros pasaran.

En Mortagne-au-Perche nos grabaron al grupo de españoles y dije a cámara algo así como: “Ça pour la TV française!!”. El que estaba grabando me contestó en español: “No, para la Televisión Española!!”. Encontré al mismo hombre en el siguiente punto de control: Villaines-la-Juhel.

A la entrada del pueblo (Villaines-la-Juhel) empezó a llover intensamente, pero sólo fue una nube. 9:08:00 encima de la bici y ya habíamos hecho 220km. Toca comer y reponer fuerzas. El plan era dormir en Loudéac, en el kilómetro 450.

Los tres mosqueteros (“el Capi”, Arturo y yo) nos dirigimos al siguiente control: Fougères. Algunos toboganes pero de momento la lluvia no había hecho acto de presencia (salvo a la entrada de Villaines-la-Juhel) y el viento ni está, ni se le espera.

Durante la ruta hay tiempo para todo. Incluso para tomarse un chocolate caliente y unos dulces. Eso es lo que nos ofrecieron cuando pasamos por la pequeña localidad de Lévaré, totalmente gratis. Los franceses viven con gran expectación esta prueba. E incluso nos dejaron su tarjeta. Tened por seguro que van a recibir esta crónica.

 

Tras el avituallamiento de Fougères hubo un pequeño (o gran) fallo de coordinación con la autocaravana. Terminamos comiendo fuera del pueblo tirando de barritas y de una lata de atún con unos mendrugos de pan que llevaba Arturo, rezando para que la caravana supiera llegar al próximo control: Tinteniac.

La etapa más corta de toda la PBP. Sólo 54km nos separaban del siguiente control. El gran “problema” es el abastecimiento de agua. En la entrada de un pueblo vi a un padre y sus dos hijos que estaban en la puerta de su casa. Saqué mi bote y les dije: “De l’eau??” “De l’eau??”. Los tres nos detuvimos y nos llenaron los botes de agua y nos ofrecieron dulces típicos de la zona. Cuando le contamos que habíamos salido a las 5:00 de la mañana y que nuestro plan era llegar a Loudéac no dio crédito a nuestras palabras.

 

Al dejar atrás Tinteniac quedaba lo peor del día… o de la noche. Eran las 23:00 horas cuando nos pusimos a pedalear de nuevo, noche cerrada. Dirección: Loudéac. Los kilómetros más tediosos de la PBP. Parecían no pasar, además, con la permanente sensación de estar siempre pedaleando hacia arriba. <<¡No puede ser!>> -pensé- Brest está en la costa y París más arriba en algún momento tendrá que haber una gran bajada. Pero ese momento nunca llegó.

De noche los pueblos son propios de cualquier sitio inhóspito o abandonado. Por no haber no había ni alumbrado público. Con razón tienen fama los franceses como ladrones de guante blanco.

Nos estábamos durmiendo. En un cruce Arturo dijo que tenía que parar para hacer un café soluble que llevaba. Me tumbé en la acera y pude contemplar, mirando hacia arriba un cielo completamente limpio y estrellado. <<Si cierro los ojos me duermo>> -pensé-. Arturo vino a despertarme y me tomé la espuma del café que había hecho. Quedaban 24km para Loudéac.

De nuevo en marcha, no paraba de fijarme en unas luces rojas parpadeantes en el horizonte. Creía que eran las luces traseras de otros ciclistas y además estaban bastante arriba. <<Como haya que subir hasta allí la llevamos clara>>

Un rayo de esperanza en la oscura noche. Un avituallamiento improvisado a las 2:00 de la mañana. Necesario, muy necesario. Un caldo caliente y un dulce. Imprescindible. Quedaban 15 kilómetros a Loudéac. He dicho antes que los franceses viven con intensidad esta prueba. Allí quedó claramente demostrado. Una familia entera, ofreciendo café, caldo y dulces a quienes pasaran por allí y a las 2:00 de la mañana, cuando en los pueblos no hay ni luz en las calles.

Ya no tengo recuerdos hasta llegar a Loudéac. Lo conseguimos. Sellar, comer y dormir. 450km en 22 horas y 20 minutos. Casi na’.

 

No recuerdo nada de esa noche. Sólo que a la mañana siguiente nos despertamos, desayunamos y a las 8:30 estábamos en marcha. Próximo destino: Carhaix-Plouguer.

Es increíble el poder de regeneración que tienen apenas 4 horas de descanso. No sentía el cansancio del día anterior. Me encontraba bien. Dispuesto a disfrutar de otra jornada de ciclismo.

En el ciclismo de ultrafondo no hay que mirar más allá del siguiente control. 85km una distancia que se hace bien, especialmente si la carretera no tiene ninguna dificultad montañosa. Es increíble la cantidad de gente, en los pueblos que atravesamos, que animan a todos los ciclistas. La cantidad de voluntarios que moviliza esta prueba. Al llegar a Carhaix-Plouguer, también llegó el amigo Gerardo: ¡De vuelta! Nos llevaba 180 kilómetros de ventaja. Todo un máquina dándole a los pedales.

Ya faltaba poco para Brest. Sólo 85km más y estaríamos a mitad de la prueba. Todo un hito.

Paramos a repostar agua en uno de los números puntos ofrecidos por los lugareños y la mujer que había allí nos dijo -en francés- que su hijo respondía al nombre de Pablo (nombre en español). El niño, amablemente, me llenó el bote.

El único “puerto” de la ruta se encontraba precisamente aquí, a 50km de Brest. En ese tramo coincidimos con José A. Jiménez que iba de vuelta, nos llevaba 120 km de ventaja, pero había salido 11 horas antes que nosotros. Como me adelantaba en las subidas me paré tranquilamente en un ancho de la carretera a tomarme una barrita y a conversar con los aficionados franceses que habían aparcado allí para ver a los ciclistas de subida…¡¡Y de bajada!!

Hasta ahora, todo el recorrido me había parecido que picaba siempre para arriba. Ahora por lo menos había una bajada para explayarse. Muy corta; bueno, mejor mirar el lado positivo, así no es tan larga de vuelta.

Atravesamos un montón de pueblos, según “el Capi” ese recorrido inédito en esta PBP, antes de cruzar un gran puente sobre la ría de Brest. El punto de control estaba en lo alto del pueblo. No podían haberlo puesto en otro sitio. Ya todo el recorrido era de vuelta hasta Saint Quentin-en-Yvelines.

Al “Capi” empezaron a asaltarle las dudas. Llevábamos una hora de retraso según el plan marcado inicialmente. Había que correr.

 

En una prueba tan larga es normal que las dudas nos abrumen en algún momento. Este fue uno de ellos. Hasta pasados unos kilómetros habiendo dejado atrás Brest no fuimos capaces de calcular exactamente las horas que llevábamos de prueba. No estábamos tan mal. Habíamos alcanzado el ecuador de la prueba en menos de 36 horas. Ahora rodábamos los 3 solos: Arturo, “Capi” y yo. No fue hasta las inmediaciones del “puerto” que volvimos a contactar con otros ciclistas. Al salir a 84 horas éramos conscientes (o no) que no íbamos a encontrar a muchos ciclistas por el camino.

Subiendo el “puerto” recuerdo a un alemán gritarme: ¡¡Contador!! ¡¡Contador!! cuando lo adelanté. Nada más lejos de la realidad, aunque no me importaría parecerme aunque fuera a su sombra. Yo soy más de Carlos Sastre, pero si tengo que parecerme a alguien prefiero que sea a Cadel Evans.

De nuevo esperé en la cima a Arturo y al “Capi”, mientras conversaba con un australiano que también esperaba a sus compañeros.

Una vez reunidos los 3 sólo quedaba rodar hasta Carhaix-Plouguer. Terreno suave, fácil. Acabábamos de subir por allí como aquél que dice.

 

Cambio de planes. El plan era seguir rodando hasta Loudéac y hacer noche allí de nuevo. No fue así. Y tampoco estábamos dispuestos a repetir la experiencia de la jornada anterior en la que terminamos tostados a las 3:20 de la mañana.

Fue donde “el Capi” abandonó la PBP. Comimos y dormimos, sólo 2 horas de parada. Había que intentarlo. En ultrafondo las pruebas hay que terminarlas, no importa el tiempo.

 

A partir de Carhaix-Plouguer si que “Deus ex machina”, según nuestros cálculos, erróneos por cierto, no entraríamos a tiempo en los controles siguientes. Necesitaríamos de la intervención de una deidad para resolver esta situación. Yo ya dije que había venido a hacer la PBP y que me daba igual entrar en 84 horas que en 87. Simplemente acabarla ya es un hito. No sufría tanto por el tiempo.

<<Los obstáculos aparecen cuando apartas la vista de tus objetivos>> dice esta máxima empresarial, que es perfectamente aplicable a la importante empresa de terminar una PBP.

Arturo y yo lo intentamos. Salimos a las 2:00 de la mañana del miércoles día 19 intentando arañar cada segundo, cada minuto al cronómetro. Pronto encontramos a más sufridores en la carretera. Nos acoplamos a un grupo de franceses. En algunos cruces la señalización no era muy visible (era noche cerrada) y había que fijarse bien para coger el desvío correcto. Ya es suficientemente larga la PBP como para tomar el desvío incorrecto y tener que volver atrás.

Ahora parecía que el terreno era descendente, o que el viento era favorable. El control de Loudéac se cerraba a las 6:47.

Había un control sorpresa antes de Loudéac. Al llegar, serían aproximadamente las 4:00 de la mañana, lo primero que hice fue dirigirme a los controladores con un: <<Bonjour. Bonsoir. Je ne sais pas.>> a lo que uno de los voluntarios me contestó: <<Maintenant, a cette heure, c’est bonjour>>.

Rodamos muy fuerte intentando arañar tiempo al cierre de control. Llegamos a Loudéac a las 6:15, media hora de adelanto respecto al cierre de control. ¡¡Conseguido!!.

El ultrafondo se basa en pequeñas victorias. Esta fue, sin duda, la primera y quizás la más importante. Arturo y yo volvimos a creer que era posible terminar la PBP en el tiempo marcado y eso nos elevó la moral.

Estuvimos 30 minutos en el control desayunado. Un buen tazón de chocolate caliente, que ni siquiera pude terminar por completo, hizo las veces de despertador.

Salimos de Loudéac a las 6:45 mientras estaba amaneciendo. Arturo temía precisamente ese momento: el amanecer. Es cuando al cuerpo le entra la morriña. Yo me había tomado una bebida energética cuando salimos a las 2:00 y no tenía tanto miedo a eso. Además las rutas preparatorias para la PBP, el 300 nocturno de Linares y la ruta de la Virgen de la Cabeza, saliendo a las 4:00 me habían preparado bien para ese instante. O al menos eso creí.

Estuvimos hablando un buen rato sobre los beneficios de las bebidas energéticas y sobre realizar una siesta de 40 minutos cuando nos reencontráramos con la autocaravana para recuperar algo la falta de sueño.

Estábamos pendientes de nuestro carnet de ruta. A partir de ese momento teníamos unas 6 horas para cubrir 85km hasta Tinteniac. Rodamos a gran velocidad. Incluso, nos permitimos el lujo de bajar un poco nuestro ritmo cuando encontramos a César, un madrileño que iba con una bici llena de luces y reflectantes que de noche aquello tendría que parecer una feria. Él nos comentó que, según las nuevas normas del ultrafondo, si no llegas a tiempo a un control tienes hasta los 2 siguientes controles para recuperar el tiempo perdido. No nos haría falta hacer uso de esa norma.

 

Llegamos con casi 2 horas de adelanto a Tinteniac, respecto al cierre de control. Cada vez era más factible terminar la PBP. Y cada vez quedaban menos kilómetros. Nos hincamos unos bocadillos y barritas en el avituallamiento y llamamos al “Capi” para comentarle nuestros progresos.

Durante el viaje de ida a París, en el supermercado de Miranda de Ebro, compré una batería recargable para el móvil. Fue nuestra salvación. Mi móvil había muerto y el de Arturo no funcionaba bien con la humedad. Al “Capi” le dijimos que Arturo y yo íbamos a salir con 2 horas de adelanto desde Tinteniac y que nos esperaran en Fougères.

 

La etapa más corta de la marcha: 54km. No sé si tuvimos suerte, viento a favor o lo que fuera. Lo cierto es que desde que salimos a las 2:00 de la mañana no hacíamos más que recuperar tiempo en todos los controles por los que pasábamos. De Tinteniac a Fougères fue un visto y no visto y en 2:30 habíamos llegado al control. O no tanto. Si que fue visto. A 14 kilómetros del control nos paramos en un maizal y nos hincamos una mazorca cada uno. Un ciclista que pasó, al vernos, hizo lo propio. Cogió dos mazorcas, se comió una y la otra la guardó en la bolsa para luego.

Tal como habíamos hablado de madrugada, sellamos, comimos y dormimos en la caravana. Sólo 40 minutos. Suficientes para recuperar algo nuestras maltrechas fuerzas.

 

Próximo destino: Villaines-la-Juhel. 88km. 4 horas de pedaleo. No tengo muchos recuerdos de ese tramo, pero sí de la entrada a Villaines-la-Juhel. Espectacular.

Todo un pueblo entregado a ayudar a los ciclistas que, a estas alturas, ya llevábamos más de 1000km en el cuerpo. Tuve ocasión de intercambiar algunas palabras con un ciclista venido desde Washington D.C. Esta prueba está llena de deportistas americanos. ¡Los estadounidenses se apuntan a un bombardeo! (En inglés, por supuesto)

Arturo y yo decidimos descansar en este pueblo y al pasar el control de sellado nos dirigimos hacia la autocaravana. La acogida que ofrece este pueblo es espectacular, hasta con speaker incluido mientras salíamos por la calle principal abarrotada de gente.

Me dirigí al speaker de la siguiente forma: <<Monsieur, je peux chanter opera maintenant>>

Hay momentos en los que sientes el silencio en la multitud y sólo una voz, mi voz interior, clamando durante un minuto. Yo lo sentí en aquel instante. Mientras de mi boca salía, lentamente, la letra del Adagio de Tomaso Albinoni.

Fue tal la sorpresa del pueblo que incluso el alcalde, presente en ese momento, bajó a la calle a saludarme. Aquí dejo un fragmento de la carta que le envié agradeciéndole la gran acogida del pueblo de Villaines-la-Juhel:

 

« Mais qui est ce que je vécu à Villaines-la-Juhel. Tous les villageois prêts à servir et donner une bonne image à tous les cyclistes se sont rassemblés là. Un peuple prêt à donner de leur mieux. Par conséquent, je ne peux que vous dire d’autre chose que: «¡¡Merci Beaucoup!!».

Je ne peux pas conclure cette lettre sans réitérer ma profonde gratitude au la ville de Villaines-la-Juhel par l'affection qu'il a reçu tous les athlètes après plus de 1000 km d'effort. Pour beaucoup, ce nombre est plus qu'une étape. »

 

Aquí no terminan las anécdotas vividas en el fin de esa etapa. Estando en la autocaravana, cenando, se acerca un ciclista inglés diciendo:

-       ¿Hay alguien aquí que hable inglés?

-       Yo mismo. -Le contesté-

Nos dijo que se iba a retirar y que lo lleváramos hasta la meta, pasando por los controles y haciendo el recorrido que tuviéramos previsto. Le dije que Arturo y yo íbamos a dormir y que nos quedaríamos allí unas 4 horas. Al preguntarle por la Londres-Edimburgo-Londres me contestó: <<¡Soy el tesorero de la LEL!>>

 

Yo no quería descansar en Villaines-la-Juhel. Eran las 19:00 y eso nos obligaba a despertarnos a las 23:00 y pasar otra noche pedaleando. Quedaban apenas 220km a meta. Prefería seguir hasta Mortagne-au-Perche y dormir allí aunque llegáramos pasadas las 23:00. Dependía en ese aspecto de Arturo. A mí no me importaba. El control de Mortagne-au-Perche lo cerraban a las 5:00. Como estaba cansado no tardé ni dos minutos en dormirme. A las 23:00 estaba en pie. Último esfuerzo y la PBP será un maravilloso sueño.

 

Arturo y yo salimos en dirección Mortagne-au-Perche. Es increíble la cantidad de ciclistas que encontramos durmiendo en las cunetas. Salimos a rodar de noche. No notaba cansancio. Había descansado bien, no así Arturo que sólo durmió 2 horas esa noche.

Por suerte, en los distintos pueblos por los que circulamos, había multitud de personas que ofrecían café y dulces a los ciclistas que circulábamos por allí, aunque fueran las 2:00 de la mañana. Recuerdo habernos detenido en dos ocasiones para tomarnos café (en mi caso un chocolate caliente) y galletas o napolitanas. La segunda parada para café fue en una tienda de comestibles, especialmente abierta para la ocasión, en la que Arturo y yo compartimos mesa con unos italianos y en la mesa contigua había unos estadounidenses. Aproveché para comprar una lata de bebida energética tamaño grande que guardé en la bolsa de la bici por si acaso. No me cansaré de decir que los franceses viven con intensidad esta prueba.

Tras algún que otro fallo técnico con las luces llegamos a Mortagne-au-Perche sin complicación.

 

Eran las 4:00 de la mañana cuando nos metimos en la autocaravana tras el sellado en el control. Dormimos una siesta de 40 minutos y salimos a las 5:00. Quedaban 140km hasta Saint Quentin-en-Yvelines, la meta.

Arturo salió un poco antes que yo, mientras me ponía el chaleco y la ropa de invierno. Entre las 5:00 y las 6:00 fue la única hora en la que sentí frío en toda la PBP. Las bajadas de noche daban miedo, sobre todo, por el rocío y la humedad que se acumulaba en la calzada. En este caso, favorecía que el asfalto fuera rugoso para la adherencia de la bicicleta al piso.

Una aparición inesperada: Bienvenido Camacho, un habitual en las brevets de Linares y de Pueblo Nuevo. Bienve y yo nos fuimos a por Arturo y los tres formamos una asociación perfecta hasta el siguiente control: Dreux.

Ya éramos algo más conscientes de nuestra victoria; teníamos de margen hasta las 17:00 y sólo quedaban menos de 140 kilómetros. Bienve nos comentó que iba a dormir dos horas en el control de Dreux para esperar a sus compañeros y entrar junto a ellos en meta. Los kilómetros hasta Dreux, ahora sí, se acortaban.

Entramos en Dreux a las 8:45 (hora de sellado). Sólo quedaban 64km hasta meta. Después de más de 3 días de pedaleo estábamos a sólo 3 horas de meta. Es cierto que 84 horas dan para mucho. Tienes que sufrir una serie de calamidades para no entrar en tiempo a los controles y no llegar a meta. Y no todo es malo. Cuando se rueda al lado de otros, sin prisa pero sin pausa, se avanza mucho más. Hay una máxima para los randonneurs que dice: <<Si quieres ir rápido, ve solo; si quieres llegar lejos, vamos juntos.>>

 

En Dreux, a las 8:45 de la mañana, comimos en el control. Comimos como si fueran las 14:00 de la tarde. Pasta, fruta y dulce. La nota negativa es que un ciclista resbaló cerca de donde estaba sentado yo y me derramó parte de su café caliente en el hombro. No pasa nada.

Nos despedimos de Bienve antes de salir. Arturo y yo nos despistamos en la salida del control de Dreux. Había ido al servicio mientras yo terminaba de comer y cuando terminé pensaba que había salido antes que yo y que ya lo pillaría. Para más inri, apareció la lluvia. Tenía que llover en la PBP, es otra de las cosas que siempre suceden en esta prueba. No pasa nada. Me pongo el chubasquero y ya está.

Salí a toda pastilla de Dreux. Fui cazando gente, cazando grupos. Especialmente cuando me puse a rueda de un ruso que tiraba como si no llevara casi 1200 kilómetros en sus piernas. La media era superior a los 30km/h. No encontraba a Arturo por ninguna parte. No podía ser que me llevara tanta ventaja. A 30km de meta bajé el ritmo. Ya no podía más. Me había desfondado intentando pillar a Arturo.

En cada pueblo había ciclistas durmiendo casi en cualquier sitio, especialmente en las paradas del autobús, cubiertos con mantas térmicas. Qué raro -pensé- quedan menos de 30km y se paran a dormir. Tampoco sé el cansancio acumulado que podían tener.

Especial alegría me dio ver el cartel indicativo de 15km meta. Eso para un fondista es nada. Y al poco tiempo el de 10km meta. Ya había entrado en las rotondas de Saint Quentin-en-Yvelines pero no se veía el velódromo por ninguna parte. Aproveché un semáforo en rojo para subirme a la acera y quitarme toda la ropa de invierno. Ya no era necesario el chubasquero (había dejado de llover) y no hacía frío. Sólo me quedé con el maillot de Ciclocubín para entrar en meta. Quedaban apenas 4 kilómetros. Pero aún no averiguaba dónde estaba el velódromo.

Sólo unos 100 metros antes de llegar se ve con claridad el objetivo: lo había logrado en 79 horas 24 minutos y 59 segundos; el mayor reto deportivo al que me he enfrentado hasta ahora.

Arturo llegó unos 20 minutos después de mi. Resultó que se entretuvo más de la cuenta en el servicio del control de Dreux, pero también logró su objetivo: Terminar la París-Brest-París Randonneur 2015.

 

Sólo puedo decir que Arturo y yo vivimos una experiencia inolvidable. Sólo el hecho de entrar en meta es estímulo suficiente para querer volver al ruedo. Por sentir otra vez el calor de tantos y tantos aficionados que, durante las tediosas horas de pedaleo nocturno, te ofrecen un caldo caliente o una taza de café para que llegues dignamente al siguiente control.

 

No sé qué ocurrirá dentro de 4 años, pero intentaré por todos los medios volver. Será duro. Lo sé. Será extenuante. Lo sé. Seguro que las condiciones inmejorables que tuvimos no se volverán a repetir. Lo sé.

Es una prueba donde se pone de manifiesto el enorme poder de la mente. Cuando la cabeza funciona el cuerpo te lleva donde quieras.

 

 

Imágenes irrepetibles:

-       El portorriqueño que iba con una bici de velódromo (sin cambio y con un freno delantero casero) y que en la mochila llevaba una marcha impresionante. (Música portorriqueña hecha con barriles de petróleo).

-       El francés de más de 70 años que nos ayudó a tirar del grupo 30 km antes de Carhaix-Plouguer (de ida) y que, cuando se vino abajo, le ofrecimos nuestra rueda para llegar hasta el control. Nos dimos la mano en el control y sólo pude decir “Merci”.

-       El australiano que llevaba en los rodamientos una rama metida, al que me dirigí primero en francés y cuando me dijo “I’m from Australia”, nos pusimos a hablar en inglés. Lo primero que le dije fue “I’m spanish”.

-       El alemán que se paró a nuestro lado en la última etapa y que al ver que no tenía casi nada para comer le ofrecí una cuantas zarzamoras que estaba comiendo en ese momento.

-       La pareja de tándem francesa que se paró a socorrer al “Capi” cuando cayó la primera noche y a los que fuimos encontrando durante los dos primeros días. A la salida del control de Brest fue la última vez que los vimos.

-       La inesperada aparición de Bienvenido en Mortagne-au-Perche y el magnífico trío que formamos hasta el control de Dreux. ¡Hasta contando chistes terminando la PBP! (Buena señal)

-       El calor de los habitantes de Villaines-la-Juhel, el mejor sitio de paso de la PBP, y que el alcalde de la población baje a saludarte tras mi concierto de ópera con una intérprete de español.

-       La entrada en el velódromo de Saint Quentin-en-Yvelines, y la mujer que me reconoció como el que cantó en Villaines-la-Juhel el día anterior y se dirigió a mí con la frase: <<Very good voice>>.

-       La multitud de ciclistas a los que saludé y que me saludaron en la entrada del velódromo, de todas las nacionalidades: portugueses, daneses, ingleses, franceses,…

-       El voluntario al que entregué el carnet de ruta e intentó hablarme en español. Al final le salió algo parecido al portuñol (mezcla de portugués y español) para terminar diciéndome -en portugués- algo así como: <<Domino mejor el portugués que el español>>.

-       La inestimable compañía de Arturo. En muchos momentos de debilidad, aunque él no lo notara, tenerlo cerca siempre era un estímulo para no ceder, no rendirse, o simplemente para amenizar la ruta.

-       El increíble poder que tiene el ciclismo. Capaz de unir fuerzas con multitud de personas de distintos países, culturas y tradiciones. Jamás dejará de sorprenderme eso.

 

Datos de la prueba:

-       Distancia:                                         1233 kilómetros recorridos

-       Tiempo:                                            79 horas 24 minutos y 59 segundos

-       Tiempo de pedaleo:                       52 horas 43 minutos y 50 segundos

-       Velocidad media:                            15,4 km/h

-       Velocidad media en movimiento:            23,4 km/h     

 

Dejadme que termine con esta frase: <<Siempre nos quedará París>>


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